La duda metódica

La duda metódica es el núcleo del escepticismo metodológico. Este escepticismo debe distinguirse del escepticismo sistemático o radical, que niega la posibilidad de todo conocimiento y por lo tanto afirma que la investigación es vana y la verdad inaccesible. Ambas variedades del escepticismo critican la ingenuidad y el dogmatismo, pero mientras el escepticismo metodológico nos insta a investigar, el sistemático bloquea la investigación y con ello, paradójicamente, conduce al mismo resultado que el dogmatismo, a saber, el inmovilismo.

El artesano y el técnico, el administrador y el organizador, así como el científico y el filósofo auténtico, obran como escépticos metodológicos aún cuando jamás hayan oído mencionar este enfoque. En efecto, en su trabajo profesional no son crédulos ni descreen sistemáticamente de todo, sino que desconfían de toda idea que no haya sido puesta a prueba y exigen el control de los datos y la contrastación de las hipótesis: buscan nuevas verdades en lugar de contentarse con un puñado de dogmas, pero también tienen creencias.

Por ejemplo, el electricista hace mediciones y pone a prueba su instalación antes de entregarla; el farmacólogo ensaya la nueva droga antes de recomendar su fabricación en masa; el administrador de empresas encarga una investigación de mercado antes de lanzar un nuevo producto a la venta; el editor da a leer los originales de una nueva obra antes de imprimirla; el profesor pone a prueba el aprovechamiento de sus alumnos; el matemático intenta demostrar el teorema que ha ideado; el físico, el químico y el biólogo revisan sus mediciones y cálculos, y diseñan y rediseñan sus experimentos para poner a prueba sus hipótesis; el sociólogo, el economista serio y el politólogo estudian muestras de las poblaciones que analizan antes de anunciar generalizaciones sobre ellas, y así sucesivamente.

(…) Este es un procedimiento metodológico y moral. Creemos que es a la vez imprudente e inmoral anunciar, poner en práctica o predicar creencias que no han sido puestas a prueba o, peor aún, que han sido refutadas fehacientemente. Puesto que tenemos fe en la investigación y en la acción guiadas por la ciencia, no somos escépticos radicales. Descreemos de lo falso y dudamos de lo no confirmado, pero creemos en lo contrastado, al menos por el momento, y estamos convencidos del valor cultural, práctico y moral de la búsqueda de la verdad. Somos, en suma, escépticos constructivos.
Los escépticos no creemos en fantasmas ni en ánimas en pena, porque no hay manera de separar la mente del cuerpo, así como no se puede separar el movimiento del móvil, el viento del aire, la respiración del aparato respiratorio, la sonrisa de la cara, ni el puñetazo del puño. La creencia en la posibilidad de tales separaciones no es un error menudo, sino un error conceptual básico, ya que involucra la confusión entre una cosa y sus propiedades y los cambios de ésta. Por este motivo, no hay ni puede haber prueba experimental de la existencia de fantasmas ni de ánimas en pena. Por el mismo motivo, toda investigación seria de presuntos fantasmas o ánimas en pena termina por revelar que se trata de un fraude o alucinación. Tampoco hay ni puede haber prueba teórica de la existencia de las almas descarnadas, ya que toda demostración teórica de la posibilidad de un hecho empírico se funda sobre postulados que han aprobado rigurosos exámenes experimentales, y no hay manera de someter a los presuntos espíritus inmateriales a experimento alguno, ya que todo experimento se hace sobre algún ente material capaz de enviar señales físicas captables por instrumentos de medición. Por la misma razón los escépticos no creemos en vida ultraterrena: porque esta creencia supone la inmortalidad del alma separada del cuerpo. En este caso hay una razón adicional, y es que tanto los religiosos como los escépticos estamos de acuerdo en que los muertos no pueden regresar a contar el cuento. Por consiguiente, no hay ni puede haber prueba empírica alguna de los mitos religiosos acerca de las ocupaciones de los habitantes del más allá. Si no hay ni puede haber pruebas empíricas o teóricas de una creencia ¿por qué adoptarla? ¿Simplemente porque fue inventada hace milenios y contribuye a distraer la atención de los problemas apremiantes de la vida terrenal? Nuestro escepticismo respecto a la parapsicología tiene un fundamento similar. Aunque las creencias en la telepatía, el preconocimiento o precognición, la telequinesis y otras presuntas capacidades paranormales son milenarias, hasta ahora nadie ha producido pruebas empíricas fehacientes de la existencia de individuos dotados de dichas habilidades. Todos los experimentos bien diseñados han arrojado resultados negativos.
(…) Los escépticos metodológicos o científicos no somos crédulos, pero tampoco dudamos de todo al mismo tiempo. Creemos lo demostrado, ponemos en duda o en suspenso lo que aún no ha sido probado y rechazamos cuanto no armonice con el grueso del conocimiento científico.

Por consiguiente, el nuestro no es un escepticismo total y desesperado, sino parcial y esperanzado: sustentamos muchos principios y tenemos fe en la capacidad del ser humano de avanzar en el conocimiento de la realidad.
Nuestra fe es crítica, no ciega. No creemos en supercherías, pero creemos en teoremas bien demostrados, experimentos bien diseñados y teorías bien confirmadas, así como en axiomas coherentes y fértiles. Al mismo tiempo estamos alertas ante la posibilidad de error y autoengaño y creemos en la posibilidad de detectarlos y corregirlos.

(…) La pseudociencia y la pseudotécnica constituyen la versión moderna del pensamiento mágico. Es preciso criticarlas, no sólo para limpiar los cerebros de basura intelectual, sino también para evitar que sus explotadores nos limpien los bolsillos. Y para criticarlas no basta mostrar que carecen de apoyo empírico, ya que se podría pensar que éste podría producirse en el futuro; también es preciso mostrar que esas doctrinas contradicen la filosofía inherente a la investigación científica.

Por este motivo la crítica del pensamiento mágico, y en particular de la pseudociencia y la pseudotécnica, es una empresa común de científicos, técnicos, filósofos y educadores. Dada la comercialización masiva de la basura intelectual, así como la decadencia de la enseñanza de la ciencia y de la técnica en numerosos países, si no ponemos más empeño en esa empresa crítica, Homo sapiens será totalmente desplazado por Homo ignarus.

M. BUNGE, Incredulidad y credo de un escéptico


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