Las tempestades, quizás nadie pueda detenerlas, pero alguien tiene que avisar de ellas, prevenirnos de que llegan, alertar de la desolación que provocan, vigilarlas. Alguien tiene que permanecer despierto cuando todos están dormidos (de EL LIBRO DE VISITAS) .


¿HASTA DÓNDE PUEDE LLEGAR EL SER HUMANO?



China, Diciembre de 1937. El país está en guerra con Japón. Beijing y Shanghai ya han caído. Las tropas japonesas llegan a las puertas de Nanking, la capital. Después de semanas de bombardeos los oficiales locales y extranjeros han huido de la ciudad en ruinas. Lu, un carismático general chino, se propone firmemente echar al enemigo y lidera a sus hombres en la defensa de la capital. Les queda poca munición y están llegando los tanques japoneses. Pero ellos, se niegan a abandonar la ciudad. El Sr. Tang es cautelosamente optimista. El y su familia son conducidos a la zona de Seguridad Internacional, donde un creciente número de chinos encuentran refugio. Bajo el mando de un pequeño grupo de extranjeros que se han quedado en la ciudad, la zona se ha convertido en un auténtico campo de refugiados. La Sra, Jiang, una joven profesora china con un fuerte sentido de la ayuda, coordina la vida en este lugar lleno de gente, tratando de proteger a tantas personas como pueda. Los japoneses se están apropiando de la ciudad e instalando sus tropas. Comienza la ocupación de Nanking. Kadokawa, un silencioso y romántico soldado japonés, observa la brutalidad de la guerra, incapaz de impedir sus acciones. Nanking se está convirtiendo en un infierno. Todos se esfuerzan en sobrevivir en una ciudad donde la muerte es más fácil que la vida.(http://www.hoycinema.com/)


Año: 2009, Producción: China
Dirección: Lu Chuan
Reparto: L. Ye, G. Yuanyuan, H. Nakaizumi, F. Wei, R. Kohata
El trailer de la película:

CONTRA EL DOLOR AJENO


Las tempestades, quizás nadie pueda detenerlas, pero alguien tiene que avisar de ellas, prevenirnos de que llegan, alertar de la desolación que provocan, vigilarlas. Alguien tiene que permanecer despierto cuando todos están dormidos (de EL LIBRO DE VISITAS) .

¿HASTA DÓNDE PUEDE LLEGAR EL SER HUMANO?



En pleno verano de 1943, durante un largo periodo de calor, la Royal Air Force, apoyada por la Octava Flota Aérea de los Estados Unidos, realizó una serie de ataques aéreos contra Hamburgo. El objetivo de esta empresa, llamada ‘Operación Gomorrah’, era la aniquilación y reducción a cenizas más completa posible de la ciudad. En el raid de la noche del 28 de julio, que comenzó a la una de la madrugada, se descargaron diez toneladas de bombas explosivas e incendiarias sobre la zona residencial densamente poblada situada al este del Elba. Siguiendo un método ya experimentado, todas las ventanas y puertas quedaron rotas y arrancadas de sus marcos mediante bombas explosivas de cuatro mil libras; luego, con bombas incendiarias ligeras, se prendió fuego a los tejados, mientras bombas incendiarias de hasta quince kilos penetraban hasta las plantas más bajas. En poco minutos enormes fuegos ardían por todas partes en el área del ataque, de unos veinte kilómetros cuadrados, y se unieron tan rápidamente que, ya un cuarto de hora después de la caída de las primeras bombas, todo el espacio aéreo, hasta donde alcanzaba la vista, era solo un mar de llamas. Y al cabo de otros cinco minutos, a la una y veinte, se levantó una tormenta de fuego de una intensidad como nadie hubiera creído posible hasta entonces. El fuego, que ahora se alzaba dos mil metros hacia el cielo, atrajo con tanta violencia el oxígeno, que las corrientes de aire alcanzaron una fuerza de huracán y retumbaron como poderosos órganos en los que se hubieran accionado todos los registros a la vez. Este fuego duró tres horas. En su punto culminante, la tormenta se llevó frontones y tejados, hizo girar vigas y vallas publicitarias por el aire, arrancó árboles de cuajo y arrastró a personas convertidas en antorchas vivientes. Tras las fachadas que se derrumbaban, las llamas se levantaban a la altura de las casas, recorrían las calles como una inundación, a una velocidad de más de 150 kilómetros por hora, y daban vueltas como apisonadoras de fuego, con extraños ritmos, en los lugares abiertos. En algunos canales, el agua ardía. En los vagones del tranvía se fundieron los cristales de las ventanas, y las existencias de azúcar hirvieron en los sótanos de las panaderías. Los que huían de sus refugios subterráneos se hundían con grotescas contorsiones en el asfalto fundido, del que brotaban grandes burbujas. Nadie sabe realmente cuántos perdieron la vida aquella noche ni cuantos se volvieron locos antes de que la muerte los alcanzara. Cuando despuntó el día, la luz del verano no pudo atravesar la oscuridad plomiza que reinaba sobre la ciudad.
W.G. SEBALD, Sobre la historia natural de la destrucción.


Durante la Segunda Guerra Mundial, 131 ciudades y pueblos alemanes fueron tomados como objetivo de las bombas de los aliados y buen número de ellos resultaron arrasados casi por completo. A consecuencia de esos bombardeos, murieron seiscientos mil civiles alemanes; una cifra que duplica el número de las bajas sufridas en conjunto por los americanos. Siete millones y medio de alemanes quedaron sin hogar. Dado el asombroso alcance de la devastación, el autor se hace una pregunta: ¿por qué este tema ocupa tan escaso espacio sobre la memoria cultural de Alemania?. En Sobre la historia natural de la destrucción, Sebald investiga a fondo este ominoso silencio, las consecuencias universales de la negación del pasado. (de la contraportada del libro)

Para Sebald, un escritor tiene el imperativo moral de escribir lo que ocurrió, renunciando a cualquier tipo de artificio, apelando a la “precisión y a la responsabilidad”: “El ideal de lo verdadero se encuentra, ante la destrucción total, como el único motivo legítimo para proseguir la labor literaria (G. Piro, en una reseña de la obra)

Sebald se resiste a admitir que, en ocasiones, es necesario olvidar para seguir viviendo, probablemente cegado por un ansia de justicia moral que viene demasiado grande incluso a alguien como él. Todo esto hace de este ensayo un extraño libro beligerante, una rareza en su obra, más por el tono adoptado que por el contenido (…) Sebald parece decir que sólo un análisis distanciado permite la supervivencia, pero que en ocasiones es necesario dirigir una crítica más aguda hacia todo lo que, poco a poco, va cayendo en la autocomplacencia. Se hace imprescindible la lucha contra el olvido. (D. Quinn)



'Ariadna, te amo'

De la carta enviada por F. NIETZSCHE a Cósima Wagner, en enero de 1888, cuando el filósofo avanza por el abismo de la enfermedad mental.



Nietzsche, de E. Munch, 1863

... y nunca se libraron de los lobos ni de los cazadores de lobos

Aún recuerdo aquella historia que me contó siendo muy pequeño, acerca de los cazadores de lobos. Una historia cuyo origen se remonta a buen seguro a los anarquistas rusos y que debió de escuchar en alguna reunión popular.
La historia hablaba de un pequeño pueblo de Liberia que, acosado por los lobos, decidió un buen día formar una partida para darles caza. La tarea no se presentaba sencilla y por ello se escogió a los más valientes, a los mejores tiradores, a los más fuertes de la aldea. Y para corresponder a tal servicio, la comunidad acordó hacerse cargo de sus trabajos, de sus rebaños, del cuidado de sus casas, durante todo el tiempo que durara la batida. Se hizo así y la decisión se mostró acertada. En pocos meses los ataques de las bestias se volvieron cada vez más ocasionales y en lo más crudo del invierno las pérdidas apenas fueron unas pocas ovejas y alguna que otra espantada en algún corral, consecuencia sin duda de la desesperación aislada de algún lobo hambriento y demasiado joven. Las gentes del lugar no cabían en sí de gozo; se felicitaban y colmaban a los cazadores de honores y pequeños presentes, al tiempo que se hacían cargo de sus tareas cotidianas con esmero. Por su parte, los cazadores llevaban una vida regalada; se levantaban tarde, haraganeaban todo el día y cuando el sol declinaba salían a sus puestos en los bosques cercanos. Una vez allí, tan pronto como se delataba la manada de lobos, acudían al punto con las escopetas prestas. Y abatían tantos lobos como podían, y no eran pocos. Y así cada noche. Y durante tiempo y tiempo todo les pareció de ese color redondo que tiene todo lo perfecto. Incluso vender las pieles resultó también un buen negocio.
Sin embargo, la historia seguía contando que no tardó en asomar la sombra de un grave problema: los hombres de la partida comenzaron a darse cuenta de que, de continuar con la eficacia de sus batidas, pronto se acabaría para siempre la amenaza de los lobos en toda la región, y con ella, la buena vida del cazador. Y habría que regresar a apacentar los rebaños, almacenar el forraje, remover el estiércol… en fin a esa sorda lucha por la existencia cotidiana de la que tan milagrosamente estaban exentos. La expectativa era grave y se comentó, se analizó, se discutió. Finalmente, alguien propuso la solución más extrema: se trataría de abatir las fieras necesarias como para que el pueblo siguiera considerando eficaces sus servicios pero no las suficientes como para que se pudiera prescindir de ellos. Habría que fijar un cupo exacto para que los lobos continuaran siendo, en adelante y para siempre, una amenaza aceptable. Se trataba de evitar a toda costa que la manda se extinguiera. Sólo así podrían ellos seguir gozando de una vida de cazadores de lobos. Así se propuso y así se hizo.
Y lo que la historia acabará contando es que de este modo el pueblo no acabó de librarse nunca, desde entonces, ni de los lobos ni de los cazadores de lobos.


M. MOREY, Deseo de ser piel roja

La muerte de SÉNECA

M. Domínguez Sánchez, La muerte de Séneca, 1871


Sin dejarse turbar, pide Séneca su testamento y, ante la negativa del centurión, se vuelve hacia sus amigos, diciendo que, “puesto que se le prohibía agradecer sus servicios, les deja al menos el único bien que le restaba, pero el más hermoso de todos: la imagen de su vida. Si guardaban su recuerdo hallarían en el renombre de la virtud la recompensa de su constante amistad”. Y como llorasen, Séneca les habló primero con sencillez; después, con tono más severo, les reprendió y aconsejó firmeza. Les preguntaba “qué había venido a ser sus lecciones de prudencia, dónde estaban los principios que habían meditado durante tantos años contra la fatalidad. Porque, en fin, ¿quién no conocía la crueldad de Nerón? Al martirio de su madre y de su hermano no le restaba más que ordenar también la muerte del hombre que le había educado e instruido”.
Después de estas exhortaciones, que parecían dirigirse a todos, instintivamente estrechó a su mujer en sus brazos, un poco enternecido, a pesar de la fortaleza de su espíritu, le rogó y suplicó que moderase su dolor y no lo hiciere perpetuo, sino que en la contemplación de una vida consagrada a la virtud encontrase el consuelo de la pérdida de su esposo. Pero Paulina aseguró que también ella estaba decidida a morir y reclamó el brazo del verdugo. Entonces Séneca no se opuso a su gloria; además su amor temíase que quedase expuesta al oprobio una mujer por quien sentía un sin igual afecto: “Yo te había mostrado, dijo, los encantos de la vida; tú prefieres el honor de morir; no me opondré a tal ejemplo; sea igual entre nosotros la constancia de un fin tan generoso, pero en él tú consigues la mayor gloria”. Después de estas palabras se cortaron, a un tiempo, las venas de los brazos. Séneca, cuyo cuerpo débil por su ancianidad y delgado por la abstinencia dejaba muy lentamente escapar la sangre, se abrió también las venas de las piernas y rodillas. Fatigado por el dolor, temiendo que su sufrimiento abatiese el valor de su esposa y también por no alterarse al presenciar los tormentos de ella, la persuadió a retirarse a otro aposento. Entonces, echando mano de su elocuencia aún en sus últimos momentos, llamó a sus secretarios y les dictó varias cosas. Como fueron literalmente publicadas, creo superfluo el comentarlas.
Pero Nerón no tenía resentimiento alguno contra Paulina y, temiendo hacer más odiosa su crueldad, ordenó que se impidiese la muerte de la esposa de Séneca. Por orden de los soldados, sus libertos y esclavos le vendaron las heridas y detuvieron la sangre. No se sabe si ella se dio cuenta de esto pues, como el vulgo se inclina siempre a pensar lo peor, no faltó quienes creyesen que mientras temió la ira de Nerón, deseó la gloría de acompañar a su marido, pero que después, con mejores esperanzas, se dejó vencer por la dulzura de la vida. Solamente vivió algunos años guardando el recuerdo de su marido y mostrando en su rostro y en sus descoloridos miembros que la vida languidecía en ella. Viendo Séneca que se prolongaba el dolor de la agonía rogó a Eustacio Anneo, en quien veía un amigo fiel y un hábil médico, que le sacase el veneno que ya tenía preparado (era el que daban los atenienses a los condenados a muerte), y cuando se lo trajeron lo tomó sin que le produjera efecto, pues sus miembros estaban fríos y en su cuerpo no obraba el veneno. Ordenó, a continuación, que le introdujesen en la sala de baños calientes y, rociando con el agua a los presentes, dijo que ofrecía aquella libación a Júpiter libertador. Por fin, entrando en el baño, lo sofocó el vapor. Su cuerpo fue incinerado sin ceremonia alguna. Así lo había prescrito en su testamento cuando, siendo rico y poderoso, pensaba en sus últimos momentos

Cayo Cornelio TÁCITO, La muerte de Séneca (Anales, libro XV)

9ª ETAPA

Hemos buscado caminos y árboles; astronautas, pájaros, perros y esfinges; personajes literarios y cinematográficos; pero por si se nos olvida quiénes somos y de dónde venimos, …




UNA DE FILÓSOFOS
(ya tocaba, ¿no?)
-¿o qué creíais, que no iba a aparecer por aquí la filosofía?-


Empezamos con un filósofo, muy célebre y conocido nuestro, que nos ha visitado varias veces (y lo seguirá haciendo; qué le vamos a hacer).
Pues bien, este filósofo, según nos cuenta él mismo, en un momento de su vida, andaba como dormido, inmerso en noséqué sueño raro del que salió por el encuentro con otro filósofo.
Este encuentro referido fue solo intelectual, primero porque este primer filósofo no era en absoluto amigo de viajes ni de citas, poco aventurero y menos explorador; y segundo, porque en realidad el encuentro fue la lectura de una obra de ese segundo filósofo.

Este segundo filósofo citado, tan importante para el devenir intelectual del anterior, había publicado un par de obras, una de ellas fundamental para la historia del pensamiento pero ignorada por su tiempo. Tan desconocido y nada reconocido era en su valía filosófica por sus contemporáneos, que había fracasado en dos intentos de entrar en la Universidad a dar clases (sí; también los filósofos fracasan en sus propósitos, incluso los filósofos buenos); dos veces intentó acceder a un puesto de profesor universitario, dos veces fue rechazado. Eso sí, tuvo suerte y consiguió otro empleo: bibliotecario (que, aunque no sea lo mismo, tampoco está nada mal)
Amigo del buen comer y buen beber, era también un amigo de sus amigos, es decir, un verdadero amigo. Enterado de que uno de ellos, otro filósofo, pasaba por graves problemas, pero problemas serios de verdad (prohibición de publicar obras, expulsión de algunas ciudades, persecución política…) decide acudir en su ayuda y acogerlo en su casa.
Y así nos encontramos al tercer filósofo, cogiendo un barco y poniendo rumbo hacia la protección que le brindaba la casa de su bienhechor amigo (sí; también los filósofos huyen cuando observan peligros alrededor, incluso los filósofos buenos).
Al principio del encuentro, todo fue estupendamente. Ambos se estimaban pero sobre todo respetaban y admiraban mutuamente sus pensamientos y obras. Sin embargo, la convivencia fue dificultándose, agriándose, hasta el punto de que en poco más de seis meses, la visita termina y de muy malos modos, con un intercambio epistolar muy poco agradable incluido.

Y de este modo, tenemos a ese tercer filósofo volviendo de nuevo a la ciudad de donde partió.
10 años después de aquella infortunada visita, lo volvemos a encontrar, y en no muy buenas condiciones. Tremendamente perturbado y angustiado (sí; también los filósofos se angustian y andan perturbados, incluso los mejores filósofos), sintiéndose despreciado por los que le rodeaban y peor aún perseguido, acorralado por multitud de poderosos enemigos que pretenden su humillación y más aún su aniquilación; ha concluido una nueva obra, un nuevo libro, de raro, muy raro título, y más raro contenido, una especie de conversaciones con quienpareceotroperonoesotro. Creyendo que esos tenaces y hostiles rivales harán todo lo posible por impedir su publicación, decide, como mejor opción, entregar a Dios el manuscrito, hacer a Dios el depositario de su obra. Para ello, se dirige la iglesia más importante de la ciudad donde vive, firmemente dispuesto a depositarla en el altar. Pero, mira por dónde, ¡¡horror!!, la verja del altar donde pensaba dejarla, se encuentra cerrada. Abatido, completamente derrotado, convencido de que está irremisiblemente perdido, pues tiene incluso a Dios en su contra, abandona el lugar.
Hay que reconocer que este filósofo era de carácter difícil, y según muchos, no es que estuviera en algunos momentos de su vida mentalmente perturbado sino que era un perturbado mental (sí; también entre los filósofos hay perturbados mentales y asimismo hay perturbados mentales que son filósofos). El agrio conflicto con aquel segundo filósofo, no fue el único que tuvo en su vida, porque lo cierto es que este hombre, de un modo u otro y por una u otra razón, acabó polemizando y rompiendo con todos y cada uno de los que en otros momentos pasaron por ser amigos suyos.

De entre todas sus disputas, que como decimos fueron muchas, innumerables, una destaca por célebre y significativa: la que tuvo con otro autor, el cuarto filósofo. Éste, unos cuantos años mayor que él, era ya un autor consagrado, reconocido y aplaudido por su tiempo cuando conoció a aquél.
Era, este cuarto filósofo, un talento enorme y tan extraordinariamente precoz que en plena juventud ya conocía las mieles del éxito, hasta el punto de que bien pronto se convierte en el maestro y el modelo a seguir de todos cuantos querrían dedicarse a la creación artística y filosófica. Precisamente lo que le ocurrió al filósofo anterior, el tercero: al principio, admiración, casi ciega veneración de un principiante ante quien era ya un autor consagrado, para poco a poco ir tornándose la situación hasta terminar en el odio más enconado y feroz, y además un odio recíproco.
Y, sin embargo, ¡lo que son las cosas!, las paradojas, más bien las ironías, que tiene la vida, o en este caso, la muerte: murieron (sí, también los filósofos mueren, incluso los filósofos buenos – los malos, también-) el mismo año y a alguien se le ocurrió enterrarlos en la misma sala, casi juntos, uno enfrente del otro en realidad. ¡¡Los enemigos irreconciliables enterrados uno al lado del otro!!. Todavía hoy los podemos ver así.

Este cuarto filósofo tiene una vida pródiga en lujos y boatos, de los que gusta en abundancia (sí, también entre los filósofos hay amantes del lujo, incluso entre los filósofos buenos), aunque eso no le priva de permanecer atento a lo que ocurre alrededor. Por eso, cuando en un otoño cualquiera, noviembre para más señas, que comienza desabrido y lluvioso como casi todos, recibe la noticia de un terrible acontecimiento que ha tenido lugar, queda profundamente consternado. Es cierto que ese hecho ha ocurrido lejos, muy lejos de donde él se encuentra y que ni personal ni directamente le afecta; pero es de tal magnitud, tan espantoso y horrible, tan inmensamente dañino, que le conmueve íntimamente dejándolo abandonado en un estado muy sombrío y apenado. De ese estado saldrá escribiendo una obra sobre tal acontecimiento tan profundamente perturbador para él y para sus contemporáneos.

Pues bien, en esa obra, en el escrito que el cuarto filósofo compone a partir de ese suceso, dirige una crítica dura, feroz, pero sin duda justificada, a un quinto filósofo, al que por cierto no conocía personalmente.





La TAREA: Una pregunta: ¿Quién es el quinto filósofo?

La PISTA: El perfil, en claroscuro, del primer filósofo citado es éste:







PLAZO: Desde ahora mismo, desde este mismo momento, desde ya… hasta el viernes, 11 de marzo, 10:30 horas.

PUNTUACIONES:
• 15 puntos para primera respuesta correcta
• 10 puntos para segunda, tercera, cuarta y quinta respuesta
• 8 puntos para respuestas sexta a décima
• 6 puntos para respuestas undécima a decimoquinta.
• 5 puntos para respuestas correctas posteriores

Y venga, vale, de acuerdo: puntos extra para las respuestas correctas de las cuestiones intermedias de la prueba. A saber, las siguientes:
• ¿Quién es el primer filósofo?
• ¿Qué despertar tuvo en su vida?
• ¿Quién es el segundo filósofo?
• ¿Qué obra tan fundamental para la historia del pensamiento escribió?
• ¿Quién es el tercer filósofo?
• ¿Qué obra intentó depositar en una iglesia?
• ¿Quién es el cuarto filósofo?
• ¿Qué obra escribió fruto de esa gran conmoción?
2 puntos extra por cada respuesta correcta.

La botella, la red, el LABERINTO

Wittgenstein ha escrito que la tarea de la filosofía es la de enseñar a la mosca a salir de la botella. Esta imagen elevada a representación global de la vida humana, refleja solo una de las posibles situaciones existenciales del hombre, y no la más desfavorable, es la situación en que existe una vía da salida; por otra parte, fuera de la botella hay alguien, un espectador, el filósofo, que ve claramente dónde está.
Pero ¿qué pasa si en lugar de la imagen de la mosca en la botella consideramos la del pez en la red? También el pez se debate en la red para salir de ella, con una diferencia: cree que hay un camino de salida, pero éste no existe. Cuando la red se abra (no por obra suya) la salida no será una liberación, es decir, un principio, sino la muerte, o sea el fin. En esta situación, la tarea del filósofo, del espectador externo que ve no solo el esfuerzo sino también la meta, no puede ser la ya descrita por Wittgenstein. Con toda probabilidad predicará la vanidad de la cura, de agitarse sin un objetivo, la renuncia a los bienes cuya posesión no es segura y en cualquier forma ya no depende de nosotros, la abstinencia, la resignación, la imperturbabilidad. Nos invitará a contentarnos con el breve tiempo de vida que aún no es dado vivir, a esperar la muerte con serenidad y tal vez a cultivar nuestro jardín.
(…) Pero nosotros, los hombres, ¿somos, moscas en la botella o peces en la red?
Tal vez ni una cosa ni otra. Tal vez la condición humana puede representarse globalmente de manera más apropiada con una tercera imagen: el camino de salida existe pero no hay afuera ningún espectador que conozca de antemano el recorrido. Estamos todos dentro de la botella. Sabemos que la vía de salida existe pero sin saber exactamente dónde se halla procedemos por tentativas, por aproximaciones sucesivas. En este caso, la tarea del filósofo es más modesta en relación con la primera situación y menos sublime en relación con la segunda: enseña a coordinar los esfuerzos, a no arrojarse de cabeza a la acción, y al mismo tiempo a no demorarse en la inacción, a hacer elecciones razonadas, a proponerse a título de hipótesis, metas intermedias, corrigiendo el itinerario durante el trayecto si es necesario, a adaptar los medios al fin, a reconocer los caminos equivocados y abandonarlos una vez reconocidos como tales. Para esta situación nos puede ser útil otra imagen, la del laberinto: quien entra en un laberinto sabe que existe una vía de salida, pero no sabe cuál de los muchos caminos que se abren ante él a medida que marcha conduce a ella. Avanza a tientas. Cuando se encuentra bloqueado un camino vuelve atrás y sigue otro. A veces el que parece más fácil no es el más acertado; otras veces, cuando cree estar más próximo a su meta, se halla en realidad más alejado, y basta un paso en falso para volver al punto de partida. Se requiere mucha paciencia, no dejarse confundir nunca por las apariencias, dar (como suele decirse) un paso cada vez, y en las encrucijadas, cuando no nos es posible calcular la razón de la elección y nos vemos obligados a correr el riesgo, estar siempre listos para retroceder. La característica de la situación del laberinto es que ninguna boca de salida está asegurada del todo, y cuando el recorrido es justo, es decir, conduce a una salida, no se trata nunca de la salida final. La única cosa que el hombre del laberinto ha aprendido de la experiencia (supuesto que haya llegado a la madurez mental de aprender la lección de la experiencia) es que hay calles sin salida: la única lección de laberinto es la de la calle bloqueada.


N. BOBBIO, El problema de la guerra y las vías de la paz.


EN EL LABERINTO, entonces.

Acerca de las creencias

Si no hay ni puede haber pruebas empíricas o teóricas de una creencia, ¿para qué adoptarla? ¿simplemente porque fue inventada hace milenios y porque contribuye a distraer la atención de los problemas apremiantes de la vida terrenal?


M. BUNGE, Incredulidad y credo de un escéptico

ELOGIO DEL FILÓSOFO

Cuando la vida humana yacía a la vista de todos torpemente postrada en tierra, abrumada por el peso de una religión, cuya cabeza asomaba en las regiones celestes amenazando con una horrible mueca caer sobre los mortales, un griego osó el primero elevar hacia ella sus perecederos ojos y rebelarse contra ella. No le detuvieron ni las fábulas de los dioses, ni los rayos, ni el cielo con un amenazante bramido, sino que aún más excitaron el ardor de su ánimo y su deseo de ser el primero en forzar los apretados cerrojos que guarnecen las puertas de la Naturaleza. Su vigoroso espíritu triunfó y avanzó lejos, más allá del llameante recinto del mundo, y recorrió el todo infinito con su mente y ánimo. De allí nos trae, botín de su victoria, el conocimiento de lo que puede nacer y de lo que no puede, las leyes, en fin, que a cada cosa delimitan su poder y sus mojones hincados hondamente. Con lo que la religión, a su vez sometida, yace a nuestros pies; a nosotros la victoria nos exalta hasta el cielo.
(…)
Atenas, de nombre glorioso, fue la primera que un día repartió la semilla productora de trigo a los míseros mortales, dio una nueva forma de vida y estableció leyes; fue también la primera en procurarles los dulces consuelos de la vida cuando dio a luz a este hombre de genio tan grande, de cuyos labios verídicos fluyó toda la sabiduría; aún después de extinto, sus divinos hallazgos han exaltado hasta el suelo su gloria, ya difundida de antiguo.
Pues cuando vio que casi todo lo necesario al sustento está ya aquí al alcance de los mortales, y que su existencia está, en lo posible, a resguardo de peligro; que los hombres, poderosos en gloria y honores, nadaban en riquezas y eran exaltados por la fama de sus hijos, y que, sin embargo, en su intimidad, cada uno sentía su corazón presa de una angustia que, a despecho del ánimo, atormentaba su vida sin pausa ninguna y les forzaba a alterarse en quejas amargas, comprendió entonces que todo el mal venía del vaso mismo, y por culpa de éste se corrompía en su interior todo lo que desde fuera se aportaba, incluso los bienes; en parte, porque lo veía roto y agrietado y no podía colmarse jamás por ningún medio; en parte porque infectaba con su repugnante sabor todo lo que en su interior recibía.
Así pues con sus palabras de verdad limpió los corazones, fijó un término a la ambición y al temor, expuso en qué consiste el sumo bien al que todos tendemos y nos mostró el camino, el atajo más breve y directo que nos puede conducir a él; y expuso los males que infestan las cosas mortales y se ciernen sobre ellas por causas naturales, o por azar o por fuerza, pues así lo ha dispuesto la Naturaleza; enseñó por qué puertas hay que salir al encuentro de cada uno; demostró que las más veces son vanas las olas de angustia que en sus pechos revuelven los hombres. Pues tal como los niños tiemblan y de todo se espantan en las ciegas tinieblas, así muchas veces nosotros en la luz tememos cosas que en nada son más espantables que las que en lo oscuro temen los niños. Preciso es, pues, este temor y tinieblas del ánimo disiparlos no con los rayos del sol y los lúcidos dardos del día, sino con la contemplación de la Naturaleza y la ciencia.

Tito LUCRECIO Caro, De la naturaleza de las cosas

Pocas veces palabras tan elogiosas se han pronunciado sobre filósofo alguno.
¿A quién van dirigidas? Al autor de la siguiente exigencia planteada a la filosofía:
Vana es la palabra del filósofo que no cura los sufrimientos del hombre. Pues de la misma manera que no es útil la medicina si no cura las enfermedades del cuerpo, tampoco lo es la filosofía si no sirve para suprimir las enfermedades del alma.

Naturalmente que merece la pena saber quién es, y más aún, conocerlo. Y por ello tiene en el LIBRO DE VISITAS un lugar destacado, especial, como corresponde a uno de nuestros más ilustres visitantes.