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Aristóteles y Alejandro

El discípulo más MAGNO de ARISTÓTELES

Filipo sólo pudo designar al tutor griego más conveniente para un hijo que ya había dejado atrás al séquito de su niñez. El puesto era codiciado, y los candidatos que aspiraban a él constituían una muestra de la nueva influencia de Filipo. Durante mucho tiempo, cuando era un niño, y también más tarde como político, el padre de Alejandro había mantenido estrechos vínculos con los discípulos de Platón; en Atenas, el orador y maestro más famoso de la época había intercambiado una continuada correspondencia con él, de manera que como contrapartida a sus aduladoras cartas podía esperar que el puesto de tutor recayera en alguno de sus antiguos alumnos. Se tanteó a los candidatos de las lejanas islas del Egeo y de las ciudades de Jonia, donde fueron sondeados con el usual enfrentamiento académico, pero mientras los aspirantes entonaban alabanzas hacia Filipo, el rey preparó su plan: desde Lesbos mandó llamar al discípulo más brillante de Platón, Aristóteles, hijo de Nicómaco, "de piernas delgadas y ojos pequeños", y cuyas publicaciones filosóficas eran desconocidas hasta entonces.

"Le enseñó a escribir griego, hebreo, babilonio y latín. Le enseñó la naturaleza del mar y de los vientos; le explicó el recorrido de las estrellas, las revoluciones del firmamento y la duración del mundo. Le enseñó justicia y retórica, y le previno contra las mujeres libertinas". Ésta, sin embargo, sólo es la opinión de un poeta francés medieval, pues en las obras de Aristóteles que se han conservado, éste nunca menciona a Alejandro ni alude directamente a su estancia en Macedonia. Según Bertrand Russell, Alejandro "debió de aburrirse con el viejo y prosaico pedante", pero esto también es la suposición de un colega filósofo.
Aristóteles se habría sentido atraído por Macedonia debido a ciertas conexiones de carácter personal, pues su padre había ejercido como médico en la corte del rey Amintas III; Filipo también había mantenido relaciones amistosas con su antiguo patrón, Hermias, que conservaba una formidable tiranía local en la costa occidental de Asia y había casado a su hija con el filósofo. Posteriormente se dijo que Aristóteles aceptó el trabajo a fin de persuadir a Filipo para que reconstruyera en Estagira su pueblo natal, que se encontraba en ruinas y que ahora había sido anexionado a la frontera oriental de Macedonia; sin embargo, esta historia se contaba de demasiados filósofos en la corte como para que resulte especialmente convincente, por lo que la destrucción de Estagira fue, con toda seguridad, un error de la leyenda; puede que el motivo hubiese ganado crédito como respuesta a los que se quejaron, probablemente de manera injusta, de que Aristóteles llegó incluso a desdeñar a sus conciudadanos. En privado, Aristóteles recibió una gran suma por sus servicios, y este hecho, así como su testamento, prueba que murió como un hombre rico: según los rumores, Filipo y Alejandro también financiaron sus investigaciones sobre historia natural, asignándole guardabosques para catalogar los animales salvajes de Macedonia. Puesto que es posible demostrar que las observaciones de sus asombrosas obras sobre zoología se hicieron casi exclusivamente en la isla de Lesbos, el rumor es falso.

"En opinión de Aristóteles", dijo el más fidedigno de sus biógrafos, "el hombre sabio debe de enamorarse, intervenir en la política y vivir en la casa de un rey". Esta afirmación, si es auténtica, sugiere que la visita a Macedonia le habría dejado a Aristóteles un grato recuerdo. Los críticos se quejaron de que el filósofo se hubiese ido a vivir a un "hogar de barro y cieno", en alusión al emplazamiento de Pela a orillas de un lago, a pesar de que, al poco tiempo, Alejandro y sus amigos fueran enviados a Mieza, en las tierras bajas, donde pudieron estudiar en un apacible refugio con grutas y paseos umbrosos que se creía que estaba consagrado a las Ninfas; recientemente se han encontrado rastros del entorno escolar cerca de la moderna Naousa, pero estamos lejos de saber cuánto tiempo duró este interludio y con qué continuidad se enseñó a los muchachos. Dos años después, Alejandro estaba involucrado en asuntos de gobierno, y aunque es sabido que Aristóteles permaneció en Macedonia el siguiente verano, posiblemente ya no estaba allí en calidad de tutor.

Tanto si fue por poco tiempo como si no, Alejandro pasó esas horas escolares con una de las mentes más infatigables y de intereses más amplios que jamás han existido. Hoy día, Aristóteles es recordado como filósofo aunque, además de obras filosóficas, también escribió libros sobre las constituciones de ciento cincuenta y ocho Estados distintos, editó una lista de los vencedores en los juegos de Delfos, se ocupó de temas de música, medicina, astronomía, magnetismo y óptica, hizo observaciones sobre Homero, analizó la retórica, esbozó las formas de la poesía, consideró las partes irracionales de la naturaleza humana y puso la zoología en una correcta trayectoria experimental, en una serie de compendios que constituyen obras maestras, cuyos hechos se convirtieron en arte gracias al amor de un raro observador de la naturaleza; le intrigaron las abejas y empezó el estudio de la embriología, aunque la disección de cuerpos humanos estaba prohibida y sólo tuvo ocasión de procurarse y examinar fetos procedentes de abortos. El contacto entre el mayor cerebro de Grecia y su mayor conquistador es un tema irresistible, y su mutua influencia ha despertado desde siempre la imaginación.

"Los jóvenes", escribió Aristóteles, "no son el auditorio más adecuado para la ciencia política; no tienen experiencia de la vida y, puesto que todavía siguen a sus emociones, sólo escucharán sin un propósito, de manera vana". Probablemente quien habla aquí es un hombre que intentó inculcarle la filosofía a Alejandro y fracasó, pues no hay ni la más pequeña prueba de que Aristóteles influyera en Alejandro, ni en sus objetivos políticos ni en sus métodos. Sin embargo, escribió panfletos para él, quizá a petición suya, aunque no se ha conservado ninguno que pueda fecharse: sus títulos Sobre el reino, En defensa de las colonias, y posiblemente también la Asamblea de Alejandro y losMéritos de las riquezas, parecen temas adecuados para un hombre que habría de convertirse en el más rico de los reyes y en el fundador de ciudades más prolífico del mundo; sin embargo, Aristóteles ya había demostrado que era capaz de adular a sus patronos, y puede que estas obras hubiesen sido más un halago a los logros de Alejandro que un medio para aconsejarle nuevas ideas. Mucho se ha dicho del supuesto consejo de Aristóteles de "tratar a los bárbaros como a plantas y animales", pero puede que el consejo pertenezca a la ficción. A pesar de que Aristóteles compartía el punto de vista común de sus contemporáneos griegos de que la cultura griega era superior a las costumbres del este bárbaro, no se lo puede condenar como a un racista recalcitrante; Aristóteles se interesó por la religión oriental y alabó abiertamente la constitución por la que se gobernaban los cartagineses. Cuando Alejandro nombró a orientales para ocupar altos cargos en su imperio, se ha dicho muchas veces que la práctica le demostró la estrechez de miras de su tutor en relación con los extranjeros, pero sus diferencias no son tan agudas. El pensamiento político de Aristóteles se basaba en la vida de una ciudad griega, y fueron estas mismas ciudades griegas las que su discípulo diseminó desde el Nilo hasta las faldas del Himalaya, donde perduraron y fueron importantes durante mucho más tiempo que ninguna etapa monárquica, y a menudo se ha criticado a Aristóteles por no haber sido capaz de prever su supuesta importancia. Alejandro no sólo siguió siendo un griego en el mundo oriental a tra-vés de las ciudades que fundó, sino también a través de la cultura, y aunque la política y las amistades lo llevaron a incluir a orientales en el gobierno de su imperio, nunca adoptó la religión persa y es probable que nunca llegara a aprender de manera fluida una lengua oriental.


Pese a que la política no fuera el tema, un muchacho no podía evitar aprender de Aristóteles la curiosidad. Y para el muchacho de catorce años que era Alejandro, Aristóteles debió de parecerle menos un filósofo abstracto que un hombre que conocía las costumbres de las sepias, que podía explicarle por qué los torcecuellos tienen lengua o que los erizos copulan de pie; Aristóteles era un hombre que había practicado la vivisección a una tortuga y que había descrito el ciclo vital de un mosquito del Egeo. La medicina, los animales, la naturaleza de la tierra o la forma de los mares eran intereses que Aristóteles podía contagiarle y que Filipo ya había tratado, y cada uno de ellos formó parte del Alejandro adulto. Alejandro prescribió curas para la mordedura de serpientes a sus amigos, sugirió que una nueva variedad de ganado debía enviarse por barco desde la India hasta Macedonia y compartió el interés de su padre por la canalización y el riego, así como por la recuperación de las tierras yermas; sus agrimensores midieron a pasos los caminos de Asia, y él destinó su flota para que explorara el mar Caspio y el océano Índico; su tesorero experimentó con plantas europeas en un jardín babilonio y, gracias a los hallazgos de la expedición, el discípulo más inteligente de Aristóteles pudo incluir el baniano, la canela y una mata de mirra en libros que marcan el inicio de la botánica. Alejandro fue algo más que un hombre duro y ambicioso; tenía el amplio arsenal de intereses de un hombre curioso, y durante los días que pasó en Mieza, hubo temas suficientes para que dichos intereses salieran a la luz. "Es el único filósofo", dijo amablemente un amigo refiriéndose a él, "al que he visto siempre armado".

R. LANE FOX, EL PAÍS, 9-XII-2007



Los filósofos y las mujeres. Acerca de SÓCRATES y de ARISTÓTELES

Las mujeres de los sabios



Se cuenta que Sócrates contrajo matrimonio a una edad avanzada con una mujer iracunda llamada Jantipa: “malhumorada y pendenciera”, informa el romano Aulo Gelio, y “brava y riñosa”, a decir de Erasmo de Rotterdam. Diversos autores han referido graciosas anécdotas que muestran la paciencia con la que Sócrates soportaba las injurias de su joven esposa. El sufrido varón, luz de su casa y de la calle, aseguraba que, al ejercitar en su morada el arte de la paciencia, se adiestraba para soportar fuera todo tipo de insolencias e injurias (Aulo). En una ocasión, enfadado por haber reñido mucho con Jantipa, se sentó con ánimo apacible fuera de su morada para huir de las recriminaciones. Pero el filósofo no calculaba que su tranquilidad encendió aún más los ánimos de su mujer, quien terminó por arrojarle un bacín de orines. Los vecinos, que observaron todo el espectáculo, no pudieron detener la risa por ver todo empapado de inmundicias al filósofo, quien, en vez de indignarse, también rió con ellos diciendo: “Bien lo adivinaba yo que tras tantos truenos la lluvia había de seguir” (Erasmo).
En otra ocasión, cuando Alcibíades amonestó a Sócrates por sufrir a su mujer, el sabio le preguntó a su acompañante: “¿Tú no sufres en tu casa el estruendo de las gallinas que cacarean?”. “Así es verdad –contestó Alcibíades- mas las gallinas dan huevos y pollos”. El filósofo entonces respondió: “También mi Xantipa me pare hijos” (Erasmo). La señora de Sócrates pasó a la historia no sólo como un temible basilisco, sino equiparable -por su fertilidad- a un ave de corral, una carga que había que aguantar porque aseguraba descendencia. Quizás Jantipa tenía razones de sobra para estar enojada, tal vez era víctima de severas críticas y chismes por parte de sus vecinos y conocidos, basta recordar que su esposo le advertía a sus discípulos que las costumbres de una mujer “mal acondicionada” había que sufrirlas. Sin embargo, dado el lugar que ocupaba el género femenino en la sociedad griega de esos tiempos, del punto de vista de Jantipa nada sabemos.

En la edad media, se popularizó una leyenda que fabulaba sobre los problemas que enfrentó otro gran filósofo a causa de una mujer: Aristóteles, protagonista de esta historia, fue víctima del amor, “que a todos prende y envuelve en su abrazo” (Henri). Según el imaginario de la época, Alejandro Magno le dedicaba demasiado tiempo a una “amiga”, dueña de su espíritu. Aristóteles, inquieto porque su discípulo dejaba de atender las obligaciones del gobierno, lo reprendió diciendo: “Pienso que ciego sois/ y se os puede llevar a pacer con las bestias. Tenéis trastornada la cabeza/ si por una muchacha extranjera se nubla/ de tal manera vuestro corazón/ y recobrar no puede la mesura” . Alejandro confiaba en el sabio e intentó alejarse de su dama, pero su deseo no disminuía, por el contrario, el “miedo y la inquietud de no verla dominan/ su voluntad. No puede disipar su recuerdo/ aunque deje de verla”. La joven, al enterarse de la reprimenda del filósofo, planeó vengarse del “encanecido y macilento maestro”, que poco sabía de los mandatos del deseo, y le aseguró a Alejandro: “podréis presenciar que ninguna dialéctica/ ni gramática acude en su socorro”.
La dama, “que Natura había hecho perfecta”, se presentó al pie de la vivienda de Aristóteles, y comenzó a entonar bellas canciones de amor. El filósofo pronto quedó embelesado por su hermosura: “¿Qué pasa con mi pecho? –se preguntaba Aristóteles- Amor me va perdiendo. Y viendo que no puedo/ librarme de él, que pase lo que debe pasar./ Venga Amor a alojarse”. Esta famosa leyenda, que recupera varios preceptos del código aristocrático de amor cortés, se conservó en el Lay de Aristóteles, una composición del siglo XIII, atribuida al trovador Henri d’Andeli.
En el finamor o amor cortés, la dama o dona es la imagen que perfora el corazón del hombre y lo enciende en deseo. En un juego de fatalidad, el amante le promete su servicio a una mujer inalcanzable –casada, de manera frecuente, con el señor o rey del cual el caballero es súbdito-, que también podía ser cautiva del amor, pues la pasión vulnera “con su ardiente saeta” y “sale ninguno bien librado./ Y la moza a su vez es poseída/ por todos los ardores que arrebatan su pecho”. Asimismo el caballero enamorado debía ser prudente, discreto, capaz de correr aventuras para demostrar su ardor y conseguir el afecto tanto emocional como carnal de su ama.
El Lay de Aristóteles comienza como una canción cortés que refiere el aristocrático amor de Alejandro, pero pronto se descubre un ánimo humorístico que rompe con el cerrado código del finamor. Una vez que Aristóteles conoce a la joven que conquistó al rey de Macedonia, el filósofo ya no es el sabio riguroso, sino un enloquecido anciano –figura que era ridiculizada desde la antigüedad, pues toda joven linda, decían los doctos, exige un vigoroso compañero- que arde ante el esbelto y magnifico cuerpo de una doncella.
Mientras la dama era un agente pasivo en las canciones trovadorescas, la mujer de El lay de Aristóteles logra lo impensable gracias a su astucia. Cuando Aristóteles, ávido de poseer a su amada, le solicita sus favores, esta le impone una condición: se los concederá, si el filósofo le consiente cabalgar sobre su espalda cual si fuera un corcel. Como el yugo del amor lo deja indefenso, lo enloquece y consume su razón, al anciano no le importa actuar de manera ridícula, “deja le coloquen encima una silla jineta”, y es montado por la intrépida dama. Alejandro, quien observaba divertido las argucias de su amada, increpa al filósofo: “Vos, que me prohibisteis verla, ¡estáis ahora tal punto mermado que ni una pizca guardáis de juicio y os comportáis igual que una bestia”. A Aristóteles no le queda más remedio que aceptar, una vez vivido estos embates, que cuando Amor llega, “Natura borra lo aprendido”. Y Henri d’ Andeli concluye su canción advirtiéndonos que si el amor -ese mal amargo y a la vez agradable- doma hasta al “Maestro en toda ciencia”, nosotros que somos mucho menos sabios no podemos negar su poder, pues mientras dure este mundo, “Amor todo lo vence y lo seguirá haciendo”.


La graciosa anécdota de Jantipa y la leyenda de Aristóteles desacralizan a los dos magnos filósofos, y se ríen de las convenciones sociales de su tiempo. La perspectiva marginal de la mujer, la acentuación de la vida cotidiana en vez de los altos vuelos del espíritu, abaten la solemnidad de los monumentos de la filosofía: los cubre de orines, los cabalga, los deja sin dialéctica y gramática, y quiebra la seriedad de la perspectiva dominante que rige el mundo.



Una buena introducción

El canal sudamericano EDUCATINA ofrece este vídeo que puede servir muy bien como introducción a ARISTÓTELES.

Ahí va; ¡que lo disfruten!



Testamento

Haya salud; pero por si algo sucediese, dispone Aristóteles en esta forma: ser ejecutor de todo y siempre Antípatro; y hasta que Nicanor se halle en estado de administrar mis bienes, serán curadores Aristómenes, Timarco, Hiparco, Dióteles y Teofrasto (si le pareciere bien y conveniente el serlo) y de mis hijos, de Herpilis y de todo lo restante. Cuando la muchacha sea casadera, se dará a Nicanor en matrimonio; y si muriese (lo que no suceda) antes de casarse, o bien después de casada, sin tener hijos, Nicanor será dueño de administrar, no sólo por lo que mira a mi hijo, sino también las demás cosas, ejecutándolo con la dignidad correspondiente a él y a mí. Cuidará también Nicanor de la muchacha y del niño Nicómaco, de modo que nada les falte, siéndoles como padre y hermano. Si a Nicanor aconteciese el morir (lo que no suceda) antes de recibir en mujer a la muchacha, o bien después de recibida antes de tener hijos, según él dispusiere, así se cumpla. Si Teofrasto quisiese estar con la muchacha, hágase todo como en Nicanor; pero si no, los curadores se aconsejaran con Antípatro, y dispondrán de la muchacha y muchacho según mejor les pareciere. Cuidarán, pues, mis curadores y Nicanor de tenerme en memoria a mí y a Herpilis, puesto que fue muy diligente para conmigo y demás cosas mías. Si quisiese casarse nuevamente, no sea con hombre desigual a mí; y se le dará de mis bienes, sobre lo ya dado, un talento de plata, tres criadas si las quisiere, la esclava que tiene y el niño Pirreo. También si quisiera vivir en Calcis, sea suya la hospedería que está junto al huerto; pero si en Estagira, la casa paterna. Cualquiera de estas dos habitaciones que elija, cuidarán mis ejecutores de amueblársela del modo que les parezca decente y bastante a Herpilis. Cuidará también Nicanor de que el muchacho Mirmeco sea devuelto a los suyos con la decencia a mí correspondiente, junto con el equipaje de él que recibí. Ambracis quede libre, y cuando se case se le den 500 dracmas y la esclava que tiene. También quiero se den a Tale, además de la esclava que tiene comparada, 1000 dracmas. Igualmente a Simo, además del primer dinero dado para comprar un muchacho, se le compre otro, o se le dé el dinero. Tacon será libre cuando case mi muchacha, como también Filón, y Olímpico con su hijito. Ningún niño de mis esclavos será vendido, sino que de ellos deberán servirse mis herederos, y en siendo adultos se les dará libertad según convenga. Cuidarán también de las imágenes mandadas esculpir a Grilón, y cuando estén concluidas se colocarán; como igualmente la de Nicanor, la de Proxeno que pensaba regalarle, y la de la madre de Nicanor. La de Arimnesto, que ya está hecha, se colocará para que les sirva de monumento, puesto que ha muerto sin hijos. La Ceres de mi madre será colocada en el Nemeo, o bien donde le pareciere. Cuando se construya mi sepulcro, se depositarán en él los huesos de Pythia, como ella ordenó. Pondránse también en Estagira los animales de piedra, altos cuatro codos, que ofrecí por voto a Júpiter conservador y a Minerva conservatriz".

DIÓGENES LAERCIO, Vidas de filósofos ilustres, 

Bárbaros


Etimología: Del latín barbarus y éste del griego βάρβαρος, "extranjero", una onomatopeya (hipotética) de sus lenguas
1
Propio de o relativo a cualquiera de las
tribus y pueblos fronterizos del limes romano, la mayoría germánicos y eslavos, que en el siglo V invadieron Roma, conquistando los territorios hasta entonces dominados por el Imperio Romano Occidental
2
Falto de
civilización y cultura
Sinónimos:
inculto, rústico, bruto, rudo, bestia, burro.
Antónimos:
culto, cultivado, civilizado, ilustrado, refinado, educado, cortés.
3
De carácter
cruel o salvaje
Sinónimos:
inhumano, atroz, fiero, feroz, bestial, sanguinario, sádico, vándalo, vandálico, despiadado.
Antónimos:
bondadoso, humano, piadoso.
4
De dimensiones
excesivas
Sinónimos:
colosal, desmesurado.
5
De muy buena calidad o factura
Sinónimos:
estupendo, magnífico, genial.
6
Que no manifiesta temor
Sinónimos:
valeroso, esforzado, imprudente, temerario
Antónimos:
cobarde, temeroso, prudente.
(WIKIPEDIA)

Lo que originalmente era un concepto puramente geográfico, territorial, para distinguir a nosotros de ellos, los que no son como nosotros, los de afuera, los distintos a nosotros; qué rápidamente se asocia a los que son inferiores a nosotros, los brutos, los salvajes, los bestias, los sin cultura ni civilización porque evidentemente nosotros somos los civilizados, los cultos, los educados, los refinados, los buenos en suma. Pero más aún: igualmente son los despiadados, feroces, inhumanos en una palabra. Lo que era un concepto geográfico se convierte rápidamente en un concepto moral, y muy negativamente moral.

Esa correlación, tan lejana en principio, tan apartada en un primer momento, entre lo que es distinto y lo que es peor, entre lo que es diferente y lo que es inferior, entre lo que es diverso y lo que es enemigo,… ¿cómo pudo darse con tanta facilidad, con tanta sencillez? ¿por qué vincular esos dos significados tan aparentemente sin relación?



ARISTÓTELES es uno - no el único por supuesto pero sí uno entre muchos, y además uno de los primeros- de los responsables:

…es cosa rara que exista un ‘hombre divino’ (…) así de rara es entre los hombres la condición brutal. Se da sobre todo entre los bárbaros y surge a veces por causa de enfermedades y taras físicas; y también se la aplicamos peyorativamente a los hombres que sobresalen por su maldad


Los (hombres) que de su natural condición son ajenos de toda buena razón, y que sólo se rigen por el sentido, son brutales, como algunas naciones de aquellos bárbaros que vienen de lejos de nosotros
(Ética a Nicómaco)

Hay cosas, en efecto, que necesariamente deben parecer temibles a todo hombre, cualquiera que él sea, y hacerle temblar, porque así como ciertos grados extremos de calor y de frío y otras influencias naturales son superiores a todas nuestras fuerzas, y en general, a la de la organización humana, es muy llano que debe de suceder lo mismo con las emociones del alma. A los cobardes y a los hombres bravos los engaña la disposición en que se encuentran. El cobarde teme cosas que no son temibles, y le parecen graves las que lo son muy poco. El temerario, por lo contrario, desprecia las cosas más temibles, y las que en realidad lo son, apenas le parecen tales a sus ojos. En cuanto al hombre valiente, reconoce el peligro allí donde realmente existe. No es uno verdaderamente valiente cuando arrostra un peligro que ignora; como, por ejemplo, si en un acceso de locura desprecia el rayo; así como cuando, conociendo toda la extensión del peligro, se deja uno arrastrar por una especie de rabia, como los celtas que empuñan las armas para marchar contra las olas. En general, puede decirse que el valor de los pueblos bárbaros siempre va acompañado de un ciego arrebato.
(Ética a Eudemo)

Entre los bárbaros, la mujer y el esclavo están en una misma línea, y la razón es muy clara; la naturaleza no ha creado entre ellos un ser destinado a mandar, y realmente no cabe entre los mismos otra unión que la de esclavo con esclava, y los poetas no se engañan cuando dicen:
Justo es que los griegos manden a los bárbaros’
Como si por naturaleza bárbaro y esclavo fuesen una misma cosa

Hay pueblos que, arrastrados por una tendencia natural a la servidumbre, inclinación mucho más pronunciada entre los bárbaros que entre los griegos, más entre los asiáticos que entre los europeos, soportan el yugo del despotismo sin pena y sin murmurar; y he aquí por qué los reinados que pesan sobre estos pueblos son tiránicos
(Política)


Pero ¿quienes son los bárbaros?
Pues quiénes van a ser, si los conocemos todos. Anda que no los hemos estudiado en Historia.
Pues éstos:




Naturalmente, bestias, salvajes, fieras, guerra, muerte, destrucción, pérdida de la civilización, desolación…
Pero sobre todo, y por encima de todos, uno, la verdadera encarnación del bárbaro:



Pero ¿quién es éste? Lo dicho: La encarnación, el símbolo máximo, el modelo auténtico del bárbaro. Que no es tan difícil. Pensar un poco.

Pues sí, por supuesto que a los bárbaros los conocemos todos, bien que los conocemos, y bien que quisiéramos no conocerlos, bien que quisiéramos que no hubieran existido y que no existan. Porque ahora quizás estamos hablando de otra cosa:

"Estábamos ilusionados por coincidir con la 'civilización' y la 'cultura' y pensábamos que fuera de nuestra área cultural estaban los 'primitivos' y los 'salvajes', la 'barbarie'...Varios siglos habían hecho arraigar en nosotros la convicción optimista de ser portadores de la cultura y los portaestandartes de la historia. Las nuevas ciencias humanas nos llevan a comprender que aquellos a quienes llamamos corriente e impropiamente 'los primitivos', aquellos grupos humanos que, de ordinario, ignoran la escritura y confían en la tradición oral, viviendo lejos de nuestra civilización mecánica e industrial, ya no son pueblos que no tengan historia o cultura, sino pueblos que viven fuera de nuestra historia y de nuestra cultura, desprovistos de nuestros aparatos e instrumentos materiales...
La noción de 'salvaje', cuando se trata de la especie humana, evoca en general características que el estudioso de la prehistoria, el historiador y el etnólogo no encuentran del todo en la realidad. Todos conocemos a los salvajes. El salvaje está junto a nosotros, en la esquina de la calle: es el maestro sádico que atormenta a los niños, el policía de mano dura que recurre al 'tercer grado', el violador que ataca a las niñas, y puede serlo también el jefe de gobierno. Algunas veces ocurre que nosotros mismos nos convertimos en salvajes, de repente."
R. CANTONI "El hombre etnocéntrico"

No hay que entender la barbarie sólo como sinónimo de extranjería sino como una destilación de intemperancia, fanatismo e irracionalidad. La barbarie como desmesura cruel del factor humano, con dosis de lesitud aviesa, de daño semántico que ya contiene en sí los otros males que se derivan de un acto de barbarie, ya sea crimen, allanamiento moral o físico o cometimiento desmedido de una violencia nunca justificable en el supuesto infierno de los otros. Tal los crímenes de ese psicópata o psicópatas americanos que se creen Dios dado que pueden disponer a su antojo de las vidas de sus semejantes. Tal los secuestradores chechenos en el teatro de Moscú o los secuestradores del ejército ruso en el gran teatro de Chechenia, con sus retahilas de muertos inocentes. No es necesario esperar a los bárbaros, como decían los versos de Constantino Cavafis. Porque los bárbaros están, siempre han estado entre nosotros. Los terroristas. Los maltratadores de mujeres, de niños, de homosexuales, de drogadictos, de negros, de mendigos. Los que defienden las purezas de sus etnias políticas, raciales o sociales frente a los de la otra acera maldita. Siempre hay una acera maldita que arrasar en el espíritu irracional de los bárbaros, en sus mentes imbuidas de fanatismo e intolerancia. Sin olvidar la barbarie del poder de los fuertes. La más sofisticada. La de los instalados en sus ínsulas frente a los excluidos del sistema. Demasiados paisajes para la eterna batalla que se extiende sobre el tejido social. No, nunca ha habido que esperar a los bárbaros. Siempre estuvieron entre nosotros, bajo cualquier nombre o especie, para provocarnos la nausea. (…)
Dándole la vuelta al significado del poema de Cavafis repudiamos sus lesas soluciones, sus egotismos fascistas y mesiánicos, sus pergaminos de incesable muerte. No nos importa qué será de nosotros sin los bárbaros, como se lamentaba el poeta griego. Ellos no serán nunca la solución de nada. Están de más en el foro de nuestras conciencias. Nuestra civilizada Europa, maestra moral del mundo, siempre supo muy bien qué es eso de los bárbaros. Desde Roma a la experiencia nazi. Desde las repetidas y olvidadas lecciones de sus guerras hasta las numerosas tragedias por Europa inspiradas, provocadas y protagonizadas. Desde los cátaros hasta los templarios Europa, la vieja y digna dama, ha sabido, como nadie, de sus propias barbaries interiores, incluyendo sus luchas de clases, sus desigualdades crecientes, sus infinitos estados de excepción convertidos en leyes de extranjería contra el diferente o contra el inmigrante de su misma piel. Europa, cuando no ha instigado la barbarie ha sido cómplice pasiva de la misma con una media y cínica sonrisa de deshonor entre los labios, como en el caso del conflicto entre Israel y Palestina. Europa ha desoído aquella seria advertencia de uno de sus ilustres hijos, Tomás de Quincey : “los que contemplan el crimen están en el implicados”.
(CARLOS RIVERA, de un blog)



Y una visión completamente distinta, citada como referencia en el texto anterior:
Un maravilloso poema: K. KAVAFIS, ‘Esperando a los bárbaros’

-¿Qué esperamos congregados en el foro?
Es a los bárbaros que hoy llegan.



-¿Por qué esta inacción en el Senado?

¿Por qué están ahí sentados sin legislar los Senadores?

Porque hoy llegarán los bárbaros.


¿Qué leyes van a hacer los senadores?

Ya legislarán, cuando lleguen, los bárbaros.



-¿Por qué nuestro emperador madrugó tanto

y en su trono, a la puerta mayor de la ciudad,

está sentado, solemne y ciñendo su corona?

Porque hoy llegarán los bárbaros.



Y el emperador espera para dar a su jefe la acogida.

Incluso preparó, para entregárselo, un pergamino.

En él muchos títulos y dignidades hay escritos.



-¿Por qué nuestros dos cónsules y pretores salieron

hoy con rojas togas bordadas;

por qué llevan brazaletes con tantas amatistas

y anillos engastados y esmeraldas rutilantes;

por qué empuñan hoy preciosos báculos

en plata y oro magníficamente cincelados?

Porque hoy llegarán los bárbaros;

y espectáculos así deslumbran a los bárbaros.



-¿Por qué no a acuden, como siempre, los ilustres oradores

a echar sus discursos y decir sus cosas?

Porque hoy llegarán los bárbaros

y les fastidian la elocuencia y los discursos.



-¿Por qué empieza de pronto este desconcierto

y confusión? (¡Qué graves se han vuelto los rostros!)

¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían

y todos vuelven a casa compungidos?

Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.


Algunos han venido de las fronteras

y contado que los bárbaros no existen.



¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?

Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

Contra Aristóteles

ARISTÓTELES había escrito:
El que por una ley natural no se pertenece a sí mismo, sino que, no obstante ser hombre, pertenece a otro, es naturalmente esclavo. Es hombre de otro el que en tanto que hombre se convierte en una propiedad, y como propiedad es un instrumento de uso y completamente individual.

Tenemos aquí, en esta entrada, el fragmento.

Pero no todo el mundo está de acuerdo con el griego:


Aristóteles había dicho que los hombres no son en modo alguno iguales por naturaleza, sino que unos nacen para la esclavitud y otros para la dominación. Aristóteles tenía razón pero tomaba el efecto por la causa. Todo hombre nacido en la esclavitud nace para la esclavitud; nada hay más cierto. Los esclavos lo pierden todo con sus cadenas, hasta el deseo de liberarse de ellas, aman su servidumbre. Si hay esclavos por naturaleza es porque antes hubo esclavos contra naturaleza. La fuerza hizo los primeros esclavos; su cobardía los ha perpetuado.



J.J. ROUSSEAU, Del contrato social

Retrato del tirano

La tiranía sólo quiere a los malvados, precisamente porque gusta de la adulación, y no hay corazón libre que se preste a esta bajeza. El hombre de bien sabe amar, pero no adula. Además, los malos son útiles para llevar a cabo proyectos perversos; pues «un clavo saca otro clavo», como dice el proverbio. Lo propio del tirano es rechazar a todo el que tenga un alma altiva y libre, porque cree que él es el único capaz de tener estas altas cualidades; y el brillo que cerca de él producirían la magnanimidad y la independencia de otro cualquiera anonadaría esta superioridad de señor que la tiranía reivindica para sí sola. El tirano aborrece estas nobles naturalezas, que considera atentatorias a su poder. También es costumbre del tirano convidar a su mesa y admitir en su intimidad a extranjeros más bien que a ciudadanos; porque éstos son a sus ojos enemigos, mientras que aquéllos no tienen ningún motivo para hacer nada contra su autoridad.


y además, unos consejos para el tirano:


Por lo que hace a las tiranías, se sostienen de dos maneras absolutamente opuestas; la primera es bien conocida y empleada por casi todos los tiranos. A Periandro de Corinto se atribuyen todas aquellas máximas políticas de que la monarquía de los persas nos presenta numerosos ejemplos. Ya hemos indicado algunos de los medios que la tiranía emplea para conservar su poder hasta donde es posible.



Reprimir toda superioridad que en torno suyo se levante;

deshacerse de los hombres de corazón; prohibir las comidas en común y las asociaciones;

ahogar la instrucción y todo lo que pueda aumentar la cultura; es decir, impedir todo lo que hace que se tenga valor y confianza en sí mismo;

poner obstáculos a los pasatiempos y a todas las reuniones que proporcionan distracción al público, y hacer lo posible para que los súbditos permanezcan sin conocerse los unos a los otros, porque las relaciones entre los individuos dan lugar a que nazca entre ellos una mutua confianza.



Además,



saber los menores movimientos de los ciudadanos,

y obligarles en cierta manera a que no salgan de las puertas de la ciudad, para estar siempre al corriente de lo que hacen,

y acostumbrarles, mediante esta continua esclavitud, a la bajeza y a la pusilanimidad:


tales son los medios puestos en práctica entre los persas y entre los bárbaros, medios tiránicos que tienden todos al mismo fin. Pero he aquí otros:


saber todo lo que dicen y todo lo que hacen los súbditos;

tener espías semejantes a las mujeres que en Siracusa se llaman delatoras;

enviar, como Hierón, gentes que se enteren de todo en las sociedades y en la reuniones, porque es uno menos franco cuando se teme el espionaje, y si se habla, todo se sabe;

sembrar la discordia y la calumnia entre los ciudadanos;

poner en pugna unos amigos con otros,

e irritar al pueblo contra las clases altas, que se procura tener desunidas.



A todos estos medios se une otro procedimiento de la tiranía, que es



el empobrecer a los súbditos,

para que por una parte no le cueste nada sostener su guardia, y por otra, ocupados aquéllos en procurarse los medios diarios de subsistencia, no tengan tiempo para conspirar.



(...)


Es preciso que el tirano aparezca ante sus súbditos no como déspota, sino como un administrador, como un rey; no como un hombre que hace su propio negocio, sino como un hombre que administra los negocios de los demás. Es preciso que en su conducta muestre moderación y no cometa excesos. Es preciso que admita a su trato a los ciudadanos distinguidos, y que con sus maneras se capte el afecto de la multitud. De este modo podrá, con infalible seguridad, no sólo hacer su autoridad más bella y más querida, porque sus súbditos serán mejores y no estarán envilecidos, y por su parte no excitará odios y temores, sino hacer también más durable su autoridad. En una palabra, es preciso que se muestre completamente virtuoso, o por lo menos virtuoso a medias, y nunca vicioso, o por lo menos nunca tanto como se puede ser. Y, sin embargo, y a pesar de todas estas precauciones, los gobiernos menos estables son la oligarquía y la tiranía.






ARISTÓTELES,


Política, libro VIII, capítulo VI








El análisis completo de la tiranía que hace Aristóteles, en PARA SABER aún MÁS

El esclavo

Ocupémonos desde luego del señor y del esclavo, para conocer a fondo las relaciones necesarias que los unen, y ver al mismo tiempo si podemos descubrir en esta materia ideas que satisfagan más que las recibidas hoy día.
Se sostiene por una parte, que hay una ciencia, propia del señor, la cual se confunde con la del padre de familia, con la del magistrado y con la del rey, de que hemos hablado al principio. Otros, por lo contrario, pretenden que el poder del señor es contra naturaleza; que la ley es la que hace a los hombres libres y esclavos, no reconociendo la naturaleza ninguna diferencia entre ellos; y que por último la esclavitud es inicua, puesto que es obra de la violencia.

(...)

Por otro lado, la propiedad es una parte integrante de la familia; y la ciencia de la posesión forma igualmente parte de la ciencia doméstica, puesto que sin las cosas de primera necesidad, los hombres no podrían vivir y menos vivir dichosos. Se sigue de aquí que, así como las demás artes necesitan, cada cual en su esfera, de instrumentos especiales, para llevar a cabo su obra, la ciencia doméstica debe tener igualmente los suyos. Pero entre los instrumentos, hay unos que son inanimados y otros que son vivos; por ejemplo, para el patrón de una nave, el timón es un instrumento sin vida, y el marinero de proa un instrumento vivo, pues en las artes al operario, se le considera como un verdadero instrumento. Conforme al mismo principio, puede decirse que la propiedad no es más que un instrumento de la existencia, la riqueza una porción de instrumentos, y el esclavo una propiedad viva; sólo que el operario, en tanto que instrumento, es el primero de todos. Si cada instrumento pudiese, en virtud de una orden recibida o, si se quiere, adivinada, trabajar por sí mismo, como las estatuas de Dédalo o los trípodes de Vulcano «que se iban solos a las reuniones de los dioses»; si las lanzaderas tejiesen por sí mismas; si el arco tocase solo la cítara, los empresarios prescindirían de los operarios, y los señores de los esclavos. Los instrumentos, propiamente dichos, son instrumentos de producción; la propiedad, por lo contrario, es simplemente para el uso. Así, la lanzadera produce algo más que el uso que se hace de ella; pero un vestido, una cama, sólo sirven para este uso. Además como la producción y el uso difieren específicamente, y estas dos cosas tienen instrumentos que son propios de cada una, es preciso que entre los instrumentos de que se sirven haya una diferencia análoga. La vida es el uso y no la producción de las cosas, y el esclavo sólo sirve para facilitar estos actos que se refieren al uso. Propiedad es una palabra que es preciso entender como se entiende la palabra parte: la parte no sólo es parte de un todo, sino que pertenece de una manera absoluta a una cosa distinta que ella misma. Lo mismo sucede con la propiedad; el señor es simplemente señor del esclavo, pero no depende esencialmente de él; el esclavo, por lo contrario, no es sólo esclavo del señor, sino que depende de éste absolutamente. Esto prueba claramente lo que el esclavo es en sí y lo que puede ser. El que por una ley natural no se pertenece a sí mismo, sino que, no obstante ser hombre, pertenece a otro, es naturalmente esclavo. Es hombre de otro el que en tanto que hombre se convierte en una propiedad, y como propiedad es un instrumento de uso y completamente individual.

Es preciso ver ahora si hay hombres que sean tales por naturaleza o si no existen, y si, sea de esto lo que quiera, es justo y útil el ser esclavo, o bien si toda esclavitud es un hecho contrario a la naturaleza. La razón y los hechos pueden resolver fácilmente estas cuestiones. La autoridad y la obediencia no son sólo cosas necesarias, sino que son eminentemente útiles. Algunos seres, desde el momento en que nacen, están destinados, unos a obedecer, otros a mandar; aunque en grados muy diversos en ambos casos. La autoridad se enaltece y se mejora tanto cuanto lo hacen los seres que la ejercen o a quienes ella rige. La autoridad vale más en los hombres que en los animales, porque la perfección de la obra está siempre en razón directa de la perfección de los obreros, y una obra se realiza donde quiera que se hallan la autoridad y la obediencia. Estos dos elementos, la obediencia y la autoridad, se encuentran en todo conjunto formado de muchas cosas, que conspiren a un resultado común, aunque por otra parte estén separadas o juntas. Esta es una condición que la naturaleza impone a todos los seres animados, y algunos rastros de este principio podrían fácilmente descubrirse en los objetos sin vida: tal es, por ejemplo, la armonía en los sonidos. Pero el ocuparnos de esto nos separaría demasiado de nuestro asunto.

(...)

Esta es también la ley general, que debe necesariamente regir entre los hombres. Cuando es uno inferior a sus semejantes, tanto como lo son el cuerpo respecto del alma y el bruto respecto del hombre, y tal es la condición de todos aquellos en quienes el empleo de las fuerzas corporales es el mejor y único partido que puede sacarse de su ser, se es esclavo por naturaleza. Estos hombres, así como los demás seres de que acabamos de hablar, no pueden hacer cosa mejor que someterse a la autoridad de un señor; porque es esclavo por naturaleza el que puede entregarse a otro; y lo que precisamente le obliga a hacerse de otro, es el no poder llegar a comprender la razón, sino cuando otro se la muestra, pero sin poseerla en sí mismo. Los demás animales no pueden ni aun comprender la razón, y obedecen ciegamente a sus impresiones. Por lo demás, la utilidad de los animales domesticados y la de los esclavos son poco más o menos del mismo género. Unos y otros nos ayudan con el auxilio de sus fuerzas corporales a satisfacer las necesidades de nuestra existencia. La naturaleza misma lo quiere así, puesto que hace los cuerpos de los hombres libres diferentes de los de los esclavos, dando a éstos el vigor necesario para las obras penosas de la sociedad, y haciendo, por lo contrario, a los primeros incapaces de doblar su erguido cuerpo para dedicarse a trabajos duros, y destinándolos solamente a las funciones de la vida civil, repartida para ellos entre las ocupaciones de la guerra y las de la paz.


ARISTÓTELES, Política, libro I, cap. 2








J.L. GEROME, El mercado de esclavos, 1884



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