
¿Cabe, pues, oponerse a los mandatos de un rey? ¿Podrá resistírsele cada vez que uno se sintiera vejado, y tuviera una sombra de sospecha de que no se le guardó justicia?
J. LOCKE, Tratado sobre el gobierno civil


Ocurre precisamente lo mismo en lo tocante al caso de deber político, o civil, de obediencia, que en el de los deberes naturales de justicia y fidelidad. Nuestros instintos primarios nos llevan, o bien a obrar con libertad ilimitada, o bien a buscar el dominio sobre otros, y sólo la reflexión nos conduce a sacrificar tan poderosas pasiones a los intereses de la paz y el orden públicos. Un poco de experiencia y observación nos bastan para enseñarnos que no es posible mantener la sociedad sin la autoridad de los magistrado, y que esta autoridad no tardaría en caer en desprecio si no se le prestase estricto acatamiento. La observación de estos intereses generales y evidentes es la fuente de toda obediencia, y de esta obligación moral que le atribuimos.
Por lo tanto, ¿qué necesidad hay de fundar el deber de obediencia o acatamiento a los magistrados, en el de la fidelidad, o del respeto de las promesas, y suponer que es el consentimiento de cada individuo lo que sujeta al gobierno, cuando se ve que así la obediencia como la fidelidad se levantan ambas sobre el mismo fundamento, y la humanidad se somete a las dos por razón de los intereses y necesidades manifiestos de la sociedad humana? Se dice que debemos obedecer a nuestro soberano porque hemos otorgado una promesa tácita a ese respecto. Pero, ¿por qué estamos obligados a respetar nuestra promesa? Es preciso afirmar, aquí, que el intercambio y comercio de la humanidad, tan enormemente convenientes como son, no podrán tener seguridad cuando los hombres no cumplan sus compromisos. De igual manera, podrá decirse que los hombres no podrán vivir, en modo alguno, en sociedad, o por lo menos en una sociedad civilizada, sin leyes, magistrados y jueces que impidan los abusos de los fuertes contra los débiles, de los violentos contra los justos y equitativos. Como la obligación de obediencia tiene igual fuerza y autoridad que la obligación de fidelidad, nada ganamos reduciendo la una de la otra. Los intereses o necesidades generales de la sociedad son suficientes para fundar ambas obligaciones .
Si se preguntase por la razón de la obediencia que debemos prestar al gobierno, respondería inmediatamente, "porque, de otra manera, la sociedad no podría subsistir"; y esta respuesta es clara e inteligible para toda la humanidad

D. HUME, Ensayos políticos

Un filósofo danés, S. KIERKEGAARD,, del siglo XIX, reflexiona sobre la figura de Abraham:
‘Abraham habría de ser probado de nuevo. Había luchado contra el tiempo y había preservado su fe. Y ahora todo el espanto se acumula en un instante. Dios quiso aprobar a Abraham y le dijo: ve y toma a tu hijo unigénito, a quien tanto amas, a Isaac, y ve con él al país de Moriah y ofrécemelo allí en holocausto.
¡Así que todo había sido en vano, y más terrible que si nunca hubiera sucedido! ¿Así pues, el Señor se mofaba de Abraham? Prodigioso había sido que lo absurdo llegase a ser realidad, y he aquí que ahora quería aniquilar su obra. Pero esta vez Abraham no rió, como lo había hecho él y Sara cuando se les anunció la promesa del hijo. Todo había sido en vano. Setenta años de esperanza fiel y la breve alegría de la fe al ver cumplida la promesa. Pero ¿quién es ese que le exige consumar personalmente el acto? ¿quién es ese que deja sin consuelo a un hombre de cabeza cana? ¿es que no hay compasión para el venerable anciano ni para el inocente muchacho?. Y sin embargo, Abraham era el elegido de Dios y quien le imponía la prueba era el mismo Señor. …Y Abraham creyó y aceptó, no dudó y creyó en lo absurdo. (…) Muchos padres ha habido que perdieron a su hijo, pero fue la mano de Dios –la voluntad inamovible e insondable del Todopoderoso- la que se lo arrebató. Pero a Abraham no le ocurrió así: le estaba destinada una prueba más dura, y tanto la suerte de Isaac como el cuchillo estaban en su propia mano.
¡Y allí seguía aquel viejo, a solas con su única esperanza! Pero no dudó, no dirigió a derecha e izquierda miradas angustiosas, no provocó al cielo con sus súplicas. Sabía que el Todopoderoso lo estaba sometiendo a prueba; sabía que aquel sacrificio era el más difícil que se le podía pedir, pero también sabía que no hay sacrificio demasiado duro cuando es Dios quien lo exige y levantó el cuchillo.
S. KIERKEGAARD, Temor y temblor
Aunque ese mismo autor, en esa misma obra, escribe estas frases:
Si no existiera una conciencia eterna en el hombre, si como fundamento de todas las cosas se encontrase sólo una fuerza salvaje y desenfrenada que retorciéndose en oscuras pasiones generase todo, tanto lo grandioso como lo insignificante, si una abismo sin fondo, imposible de colmar, se ocultase detrás de todo, ¿qué otra cosa podría ser la existencia sino deseperación?
Y J. SARAMAGO, monumental e imprescindible autor contemporáneo, rescribe la escena de esta manera:
El señor le dijo a Abraham, llévate contigo a su único hijo, isaacs, a quien tanto quieres, vete a la región del moria, y me lo ofreces en sacrificio sobre uno de los montes. El lector ha leído bien, el señor ordenó a abraham que le sacrificase al propio hijo, con la mayor simplicidad, como quien pide un vaso de agua cuando se tiene sed, lo que significa que era costumbre suya y muy arraigada. Lo lógico, lo natural, lo simplemente humano hubiera sido que abraham mandara al señor a la mierda, pero no fue así.
(…) Imaginemos un diálogo entre el frustrado verdugo y la víctima salvada in extremis. Preguntó isaac, padre, qué mal te he hecho para que quisieras matarme, a mí que soy tu único hijo, Mal no me has hecho, isaac, Entonces por qué quisiste cortarme el cuello como si fuese un borrego, preguntó el chiquillo, …La idea fue del señor que quería la prueba, La prueba de qué, De mi fe, de mi obediencia, Y qué señor es ese que ordena a un padre que mate a su propio hijo, Es el señor que tenemos, el señor de nuestros antepasados, el señor que estaba aquí cuando nacimos, Y si ese señor tuviera un hijo, también lo mandaría matar, preguntó isaac, El futuro lo dirá, Entonces el señor es capaz de todo, de lo bueno y de lo malo y de lo peor,…
re, al cortar el cordón umbilical, el hombre emergió de una armonía prehumana y fue capaz de dar el primer paso hacia la independencia y la libertad.
de la evolución del hombre. No habría historia humana si no fuera por el “crimen” de Prometeo. Él, como Adán y Eva, es castigado por su desobediencia. Pero no se arrepiente ni pide perdón. Por el contrario, dice orgullosamente: “Prefiero estar encadenado a esta roca, antes que ser el siervo obediente de los dioses”.
el ejemplo clásico de esta dicotomía. Si obedece a las leyes inhumanas del Estado, Antígona debe desobedecer necesariamente a las leyes de la humanidad. Si obedece a estas últimas, debe desobedecer a las primeras. Todos los mártires de la fe religiosa, de la libertad y de la ciencia han tenido que desobedecer a quienes deseaban amordazarlos, para obedecer a su propia conciencia, a las leyes de la humanidad y de la razón. Si un hombre solo puede obedecer y no desobedecer, es un esclavo; si solo puede desobedecer y no obedecer, es un rebelde (no un revolucionario); actúa por cólera, despecho, resentimiento, pero no en nombre de una convicción o de un principio.