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¿Cabe oponerse a los mandatos de un rey?



¿Cabe, pues, oponerse a los mandatos de un rey? ¿Podrá resistírsele cada vez que uno se sintiera vejado, y tuviera una sombra de sospecha de que no se le guardó justicia?



J. LOCKE, Tratado sobre el gobierno civil









En esta ocasión, la pregunta viene con respuesta incluida por parte su mismo formulador.


Obedeced a los poderes .... pero ¿a todos? ¿a cualquier poder?

El más fuerte nunca lo es bastante para dominar siempre, si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en obligación. De aquí viene el derecho del más fuerte; derecho que al parecer se toma irónicamente, pero que en realidad está erigido en principio. ¿Habrá, no obstante, quien nos explique qué significa esta palabra? La fuerza no es más que un poder físico; y no sé concebir qué moralidad puede resultar de sus efectos. Ceder a la fuerza es un acto de necesidad y no de voluntad; cuando más es un acto de prudencia. ¿En qué sentido, pues, se considerará como derecho?
Supongamos por un momento este pretendido derecho. Tendremos que sólo resultará de él un galimatías inexplicable; pues admitiendo que la fuerza es la que constituye el derecho, el efecto cambiará cuando cambie su causa: cualquiera fuerza que supere a la anterior modificará el derecho de ésta. Desde que se puede desobedecer impunemente, se puede hacerlo legítimamente: y teniendo siempre razón el más fuerte, sólo se trata de procurar llegar a serlo. Según esto, ¿en qué consiste un derecho que se acaba cuando la fuerza cesa? Si se ha de obedecer por fuerza, no hay necesidad de obedecer por deber; y cuando a uno no le pueden forzar a obedecer, ya no está obligado a hacerlo. Se ve pues que esta palabra derecho nada añade a la fuerza, ni tiene aquí significación alguna.



Obedeced al poder. Si esto quiere decir, ceded a la fuerza, el precepto es bueno, aunque del todo inútil. Garantizo que no será violado jamás. Todo poder viene de Dios, es verdad; pero también vienen de él las enfermedades. ¿Se dirá por esto que está prohibido llamar al médico? Si un bandido me sorprende en medio de un bosque, ¿se pretenderá acaso que no sólo le dé por fuerza mi bolsa, sino que, aun pudiendo ocultarla y quedarme con ella, estoy obligado en conciencia a dársela? Al fin y al cabo, la pistola que el ladrón tiene en la mano no deja de ser también un poder. Convengamos, pues, en que la fuerza no constituye un derecho, y en que sólo hay obligación de obedecer a los poderes legítimos.




J.J. ROUSSEAU, Del contrato social

Obedecer a la conciencia

"Siempre hay que obedecer a la propia conciencia"
Antología de los tópicos más tontos

Obedecer a la conciencia es nada menos que un derecho constitucional, además de un supuesto deber moral. Entonces, ¿por qué esta frase me parece una tontería? Porque no especifica qué es esa conciencia a la que hay que obedecer, y los requisitos de esa obediencia. Todo el embrollo se debe a la antiquísima idea de que la voz de la conciencia era el eco íntimo de la ley moral, y, si me apuran, del mismo Dios. Al obedecer la voz de la conciencia, se estaba obedeciendo a Dios. Por desgracia, esa voz divina debía de decir cosas distintas a los distintos sujetos, que se enzarzaron en terribles guerras de religión. Para librarse de inquisiciones y otras pedagogías contundentes, se apeló a la obligación de no interferir en las conciencias ajenas. Apareció el derecho a la libertad de conciencia. Pero este derecho era meramente defensivo. Prohibía que alguien me persiguiera por mis convicciones, pero ni las justificaba, ni garantizaba que el comportamiento que se siguiera de ellas fuera bueno. La conciencia nos puede soplar una imbecilidad o una injusticia supina. La conciencia del fanático es fanática. Estoy seguro de que muchos terroristas matan siguiendo la voz de su conciencia. Conclusión: no es a la propia conciencia a quien hay que obedecer, sino a la propia inteligencia cuando se ilustra, reflexiona, argumenta con los demás y se critica a sí misma.


J.A. MARINA, EL MUNDO, Crónica, 13 octubre 2002

Una nueva especie

LOS ‘YAYOFLAUTAS’ SE CUELAN EN UN BUS DE BARCELONA CONTRA LOS RECORTES
Los ancianos han entrado sin pagar en el transporte en protesta por las subidas de precio de los servicios públicos como preludio del #yonopago en el metro de esta tarde

Las protestas de los indignados contra los recortes sociales, el pago de la deuda y los rescates a la banca están diversificándose y apuntando cada vez a más objetivos. Hace dos semanas veíamos como bajo el lema 'yo no pago' decenas de personas intentaron denunciar en Madrid, y en otras ciudades españolas, la subida del precio del transporte público, entrando sin pagar en el metro, que acabó con tres detenidos y varios heridos.
En esta ocasión han sido los ancianos los que se han colocado a la vanguardia de la reivindicación en Barcelona, son los autodenominados 'yayoflautas'. Esta mañana han irrumpido en un autobús de Barcelona y han gritado y coreado consignas contra los recortes.


María, una de las 'yayoflautas', ha explicado que los ancianos se han subido al autobús, de la línea 47, en la Plaza Catalunya, y han seguido la ruta hacia su final, en el barrio de Canyelles, de Nou Barris, montando un gran alboroto, aunque el vehículo puede seguir su recorrido con normalidad y los demás pasajeros pueden subir y bajar.
El objetivo de estos 'yayoflautas' es que, una vez que lleguen a su destino, se les sumen varios integrantes de la Asociación de Vecinos de Nou Barris, para volver a coger la misma línea de autobús y regresar hasta Plaza Catalunya, donde prevén celebrar una asamblea.
Muchos de los jubilados que protagonizan esta iniciativa han participado activamente los últimos meses en las actividades y protestas organizadas por el movimiento 15-M, a algunos de cuyos seguidores se les denomina "perroflautas", por lo que han optado por autodenominarse con un nombre similar al de aquellos.

Por su parte, un portavoz de Transportes Metropolitanos de Barcelona (TMB) ha señalado a Efe que, por el momento, ningún conductor de autobús les ha comunicado ninguna alteración del orden ni del servicio, por lo que no tienen constancia de ninguna incidencia.


Para esta tarde, el movimiento #yonopago, apoyado por el 15-M y Juventud Sin Futuro, ha hecho un llamamiento a través de las redes sociales para repetir la acción a las 19:00 horas en las principales plazas de Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y Bilbao.

El movimiento #yonopago, inspirado en una iniciativa que nació en Grecia, pretende también reclamar que no se pague con dinero de los contribuyentes la deuda con la banca y visibilizar el hecho de que cada vez son más caros los servicios públicos mientras siguen existiendo altos niveles de corrupción y de evasión fiscal.


PÚBLICO, 1/2/12



LOS YAYOFLAUTAS


Ahora que los perroflauta parecen diluidos en un olvido asambleario de 15-M y Puerta del Sol, emerge en esta España impredecible la figura del yayoflauta, el anciano indignado, octubrero, marchoso y contrasistema. Esta semana los abuelos se dedicaron, en Barcelona, a subirse al autobús por lo gratis para protestar por sus cosas, por nuestras cosas, por la injusticia, por la explotación y por lo caro que han puesto el billete de autobús.
O realmente la viagra hace más milagros de los que dice el prospecto, o van a tener razón los posfascistas y hay que subir la edad de jubilación hasta los cien años. Uno que se salta al metro o al bus, aunque peine canas, también tiene que ser capaz de trabajar o de apuntarse a las castas olimpiadas en pantalón largo de sor Ana Botella.
Alguien dijo una vez que no es cierto que los viejos regresen a la niñez. Pasa que, al llegar a viejo, la vida no te ha concedido aun el tiempo suficiente como para dejar de ser un niño. Y ahí están estos abuelos, asaltando tranvías como Buth Cassidy y Sundance Kid para oponerse al poder establecido que nos estabula, oprime, reprime y subprime, con perdón.


Siempre he estado orgulloso de mis mayores, pero verlos asaltar autobuses con sus bastones y sus refajos me inclina hasta la adoración.
El octubrismo de nuestros jubilados tiene una explicación sociológica: son la primera generación de ancianos que ha vivido tantos años en dictadura como en democracia, y por eso son los primeros que han perdido el miedo a significarse que alcanforó el silencio de sus padres durante 40 años. Hoy me he prometido beber y fumar menos desde ya. No quiero morirme sin llegar a ser algún día yayoflauta.

Aníbal MALVAR, PÚBLICO, 5/2/12

¿Por qué la obediencia?

Todos los deberes morales pueden dividirse en dos clases. Los primeros son aquellos a que se ven empujados los hombres por obra de un instinto natural o de una propensión, inmediata que opera en ellos, independientemente de cualesquiera ideas de obligación y de cualesquiera opiniones respecto de la utilidad pública o privada. De esta naturaleza son el amor a los niños, la gratitud que se siente por los benefactores y la conmiseración por los desdichados. Cuando reflexionamos en las ventajas que tienen para la sociedad tales instintos humanos, les rendimos el justo tributo de la aprobación y la estimación morales. pero la persona que es movida por ellos, siente que su poder e influencias es antecedente a tal reflexión

La segunda clase de deberes morales está constituida por aquellos que no se apoyan en ningún instinto natural original, sino que se cumplen, enteramente, en virtud de un sentimiento de obligación, que nace en nosotros cuando consideramos las necesidades de la sociedad humana y la imposibilidad de mantenerlas si se descuidasen estos deberes. Es así como la justicia, o consideración por la propiedad de otro, la fidelidad o respeto de las promesas se convierten en obligatorias y cobran autoridad sobre la humanidad, Pues, así como es evidente que todo hombre se ama más a sí mismo que a cualquiera otra persona, así se ve naturalmente impulsado a ampliar sus adquisiciones todo lo más posible, y nada puede contenerlo en esta propensión, como no sean la reflexión y la experiencia, mediante las cuales entiende los efectos perniciosos de la licencia y la disolución total de la sociedad que habrían de ser consecuencia de ella. Su inclinación original, o instinto, pues, están frenados y contenidos por un juicio, y observación, subsiguientes.




Ocurre precisamente lo mismo en lo tocante al caso de deber político, o civil, de obediencia, que en el de los deberes naturales de justicia y fidelidad. Nuestros instintos primarios nos llevan, o bien a obrar con libertad ilimitada, o bien a buscar el dominio sobre otros, y sólo la reflexión nos conduce a sacrificar tan poderosas pasiones a los intereses de la paz y el orden públicos. Un poco de experiencia y observación nos bastan para enseñarnos que no es posible mantener la sociedad sin la autoridad de los magistrado, y que esta autoridad no tardaría en caer en desprecio si no se le prestase estricto acatamiento. La observación de estos intereses generales y evidentes es la fuente de toda obediencia, y de esta obligación moral que le atribuimos.



Por lo tanto, ¿qué necesidad hay de fundar el deber de obediencia o acatamiento a los magistrados, en el de la fidelidad, o del respeto de las promesas, y suponer que es el consentimiento de cada individuo lo que sujeta al gobierno, cuando se ve que así la obediencia como la fidelidad se levantan ambas sobre el mismo fundamento, y la humanidad se somete a las dos por razón de los intereses y necesidades manifiestos de la sociedad humana? Se dice que debemos obedecer a nuestro soberano porque hemos otorgado una promesa tácita a ese respecto. Pero, ¿por qué estamos obligados a respetar nuestra promesa? Es preciso afirmar, aquí, que el intercambio y comercio de la humanidad, tan enormemente convenientes como son, no podrán tener seguridad cuando los hombres no cumplan sus compromisos. De igual manera, podrá decirse que los hombres no podrán vivir, en modo alguno, en sociedad, o por lo menos en una sociedad civilizada, sin leyes, magistrados y jueces que impidan los abusos de los fuertes contra los débiles, de los violentos contra los justos y equitativos. Como la obligación de obediencia tiene igual fuerza y autoridad que la obligación de fidelidad, nada ganamos reduciendo la una de la otra. Los intereses o necesidades generales de la sociedad son suficientes para fundar ambas obligaciones .



Si se preguntase por la razón de la obediencia que debemos prestar al gobierno, respondería inmediatamente, "porque, de otra manera, la sociedad no podría subsistir"; y esta respuesta es clara e inteligible para toda la humanidad






D. HUME, Ensayos políticos






ABRAHAM; la orden.

Las tres religiones del libro (judaísmo, cristianismo, islam) aclaman y reconocen la grandeza de ABRAHAM (literalmente, en hebreo, padre de muchos pueblos). Abraham encarna al hombre de fe. Y no sin razón. Creyó a Dios cuando, siendo él de edad avanzada y su mujer estéril, le prometió una numerosa descendencia. Mantuvo su fe en El, contra toda esperanza, cuando los años pasaban y su ya anciana mujer no concebía el hijo prometido. Todos se daban cuenta de que, sencillamente, era esperar lo imposible.

Aquel viejo, cercano ya a la muerte, y sin descendencia, debió ser, con su absurda pretensión, el hazmerreír de familiares, siervos y conocidos, siempre confiado en que, contra toda evidencia, había de ser el padre de un gran pueblo.

Sin embargo nació Isaac, hijo tan confiada y largamente esperado, hijo amadísimo. El era la prueba viva de que su fe no había sido en vano, y en él se veían confundidos cuantos de Abraham se habían mofado. No había sido vana su esperanza.

Pero en medio de esa alegría, llega el momento terrible.

Aconteció después de estas cosas, que Dios probó a Abraham. Le dijo:
--Abraham.
Este respondió:
--Aquí estoy.
Y Dios le dijo:
--Toma ahora a tu hijo, tu único hijo, Isaac, a quien amas, vete a tierra de Moriah y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré.

Abraham se levantó muy de mañana, ensilló su asno, tomó consigo a dos de sus siervos y a Isaac, su hijo. Después cortó leña para el holocausto, se levantó y fue al lugar que Dios le había dicho.
Al tercer día alzó Abraham sus ojos y vio de lejos el lugar.
Entonces dijo Abraham a sus siervos:
--Esperad aquí con el asno. Yo y el muchacho iremos hasta allá, adoraremos y volveremos a vosotros.
Tomó Abraham la leña del holocausto y la puso sobre Isaac, su hijo; luego tomó en su mano el fuego y el cuchillo y se fueron los dos juntos.
Después dijo Isaac a Abraham, su padre:
--Padre mío.
Él respondió:
--Aquí estoy, hijo mío.
Isaac le dijo:
--Tenemos el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?
Abraham respondió:
--Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío.
E iban juntos.
Cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, edificó allí Abraham un altar, compuso la leña, ató a Isaac, su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña.
Extendió luego Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo.





La Biblia, Génesis







¿QUÉ DEBE HACER ABRAHAM?





Un filósofo danés, S. KIERKEGAARD,, del siglo XIX, reflexiona sobre la figura de Abraham:

‘Abraham habría de ser probado de nuevo. Había luchado contra el tiempo y había preservado su fe. Y ahora todo el espanto se acumula en un instante. Dios quiso aprobar a Abraham y le dijo: ve y toma a tu hijo unigénito, a quien tanto amas, a Isaac, y ve con él al país de Moriah y ofrécemelo allí en holocausto.
¡Así que todo había sido en vano, y más terrible que si nunca hubiera sucedido! ¿Así pues, el Señor se mofaba de Abraham? Prodigioso había sido que lo absurdo llegase a ser realidad, y he aquí que ahora quería aniquilar su obra. Pero esta vez Abraham no rió, como lo había hecho él y Sara cuando se les anunció la promesa del hijo. Todo había sido en vano. Setenta años de esperanza fiel y la breve alegría de la fe al ver cumplida la promesa. Pero ¿quién es ese que le exige consumar personalmente el acto? ¿quién es ese que deja sin consuelo a un hombre de cabeza cana? ¿es que no hay compasión para el venerable anciano ni para el inocente muchacho?. Y sin embargo, Abraham era el elegido de Dios y quien le imponía la prueba era el mismo Señor. …Y Abraham creyó y aceptó, no dudó y creyó en lo absurdo. (…) Muchos padres ha habido que perdieron a su hijo, pero fue la mano de Dios –la voluntad inamovible e insondable del Todopoderoso- la que se lo arrebató. Pero a Abraham no le ocurrió así: le estaba destinada una prueba más dura, y tanto la suerte de Isaac como el cuchillo estaban en su propia mano.
¡Y allí seguía aquel viejo, a solas con su única esperanza! Pero no dudó, no dirigió a derecha e izquierda miradas angustiosas, no provocó al cielo con sus súplicas. Sabía que el Todopoderoso lo estaba sometiendo a prueba; sabía que aquel sacrificio era el más difícil que se le podía pedir, pero también sabía que no hay sacrificio demasiado duro cuando es Dios quien lo exige y levantó el cuchillo.


S. KIERKEGAARD, Temor y temblor

Aunque ese mismo autor, en esa misma obra, escribe estas frases:

Si no existiera una conciencia eterna en el hombre, si como fundamento de todas las cosas se encontrase sólo una fuerza salvaje y desenfrenada que retorciéndose en oscuras pasiones generase todo, tanto lo grandioso como lo insignificante, si una abismo sin fondo, imposible de colmar, se ocultase detrás de todo, ¿qué otra cosa podría ser la existencia sino deseperación?




Y J. SARAMAGO, monumental e imprescindible autor contemporáneo, rescribe la escena de esta manera:

El señor le dijo a Abraham, llévate contigo a su único hijo, isaacs, a quien tanto quieres, vete a la región del moria, y me lo ofreces en sacrificio sobre uno de los montes. El lector ha leído bien, el señor ordenó a abraham que le sacrificase al propio hijo, con la mayor simplicidad, como quien pide un vaso de agua cuando se tiene sed, lo que significa que era costumbre suya y muy arraigada. Lo lógico, lo natural, lo simplemente humano hubiera sido que abraham mandara al señor a la mierda, pero no fue así.
(…) Imaginemos un diálogo entre el frustrado verdugo y la víctima salvada in extremis. Preguntó isaac, padre, qué mal te he hecho para que quisieras matarme, a mí que soy tu único hijo, Mal no me has hecho, isaac, Entonces por qué quisiste cortarme el cuello como si fuese un borrego, preguntó el chiquillo, …La idea fue del señor que quería la prueba, La prueba de qué, De mi fe, de mi obediencia, Y qué señor es ese que ordena a un padre que mate a su propio hijo, Es el señor que tenemos, el señor de nuestros antepasados, el señor que estaba aquí cuando nacimos, Y si ese señor tuviera un hijo, también lo mandaría matar, preguntó isaac, El futuro lo dirá, Entonces el señor es capaz de todo, de lo bueno y de lo malo y de lo peor,…


J. SARAMAGO, Caín


El valor de la desobediencia





Reyes, sacerdotes, señores feudales, patrones de industrias y padres han insistido durante siglos en que la obediencia es una virtud y la desobediencia es un vicio. Para presentar otro punto de vista, enfrentemos esta posición con la formulación siguiente: la historia humana comenzó con un acto de desobediencia, y no es improbable que termine por un acto de obediencia.

Según los mitos de hebreos y griegos, la historia humana se inauguró con un acto de desobediencia. Adán y Eva, cuando vivían en el Jardín del Edén, eran parte de la naturaleza; estaban en armonía con ella, pero no la trascendían. Estaban en la naturaleza como el feto en el útero de la madre. Eran humanos, y al mismo tiempo aún no lo eran. Todo esto cambio cuando desobedecieron una orden. Al romper vínculos con la tierra y madre, al cortar el cordón umbilical, el hombre emergió de una armonía prehumana y fue capaz de dar el primer paso hacia la independencia y la libertad.
El acto de desobediencia liberó a Adán y a Eva y les abrió los ojos. Se reconocieron uno a otro como extraños y al mundo exterior como extraño e incluso hostil. Su acto de desobediencia rompió el vínculo primario con la naturaleza y los transformó en individuos. El “pecado original”, lejos de corromper al hombre, lo libero; fue el comienzo de la historia. El hombre tuvo que abandonar el Jardín del Edén para aprender a confiar en sus propias fuerzas y llegar a ser plenamente humano.
Los profetas, con su concepción mesiánica, confirmaron la idea de que el hombre había tenido razón al desobedecer; que su “pecado” no lo había corrompido, sino que lo había liberado de las cadenas de la armonía prehumana. Para los profetas la historia es el lugar en que el hombre se vuelve humano; al irse desplegando la historia el hombre desarrolla sus capacidades de razón y de amor, hasta que crea una nueva armonía entre el, sus congéneres y la naturaleza. Esta nueva armonía se describe como “el fin de los días”, ese periodo de la historia en que hay paz entre el hombre y el hombre, y entre el hombre y la naturaleza. Es un “nuevo” paraíso creado por el hombre mismo, y que él solo pudo crear porque se vio forzado a abandonar el “viejo” paraíso como resultado de su desobediencia.

Como para el mito hebreo de Adán y Eva, también para el mito griego de Prometeo toda la civilización humana se basa en un acto de desobediencia. Prometeo, al robar el fuego a los dioses, echó los fundamentos de la evolución del hombre. No habría historia humana si no fuera por el “crimen” de Prometeo. Él, como Adán y Eva, es castigado por su desobediencia. Pero no se arrepiente ni pide perdón. Por el contrario, dice orgullosamente: “Prefiero estar encadenado a esta roca, antes que ser el siervo obediente de los dioses”.

El hombre continuó evolucionando mediante actos de desobediencia. Su desarrollo espiritual solo fue posible porque hubo hombres que se atrevieron a decir no a cualquier poder que fuera, en nombre de su conciencia y de su fe, pero además su evolución intelectual dependió de su capacidad de desobediencia -desobediencia a las autoridades que trataban de amordazar los pensamientos nuevos, y a la autoridad de acendradas opiniones según las cuales el cambio no tenía sentido-.
Si la capacidad de desobediencia constituyó el comienzo de la historia humana, la obediencia podría muy bien, como he dicho, provocar el fin de la historia humana. No estoy hablando en términos simbólicos o poéticos. Existe la posibilidad, o incluso la probabilidad, de que la raza humana destruya la civilización y también toda la vida sobre la tierra en los cinco o diez años próximos. Esto no tiene ninguna racionalidad ni sentido. Pero el hecho es que si bien estamos viviendo técnicamente en la Era Atómica, la mayoría de los hombres -incluida la mayoría de los que están en el poder- viven aun emocionalmente en la Edad de Piedra; que si bien nuestras matemáticas, astronomía y ciencias naturales son del siglo XX, la mayoría de nuestras ideas sobre política, el Estado y la sociedad están muy rezagadas respecto de la era científica. Si la humanidad se suicida, será porque la gente obedecerá a quienes le ordenan apretar los botones de la muerte; porque obedecerá a las pasiones arcaicas de temor, odio y codicia; porque obedecerá a clichés obsoletos de soberanía estatal y honor nacional.


(...)

Pero no quiero significar que toda desobediencia sea una virtud y toda obediencia sea un vicio. Tal punto de vista ignoraría la relación dialéctica que existe entre obediencia y desobediencia.
Cuando los principios a los que se obedece y aquellos a los que se desobedece son inconciliables, un acto de obediencia a un principio es necesariamente un acto de desobediencia a su contra-parte, y viceversa.
Antígona constituye el ejemplo clásico de esta dicotomía. Si obedece a las leyes inhumanas del Estado, Antígona debe desobedecer necesariamente a las leyes de la humanidad. Si obedece a estas últimas, debe desobedecer a las primeras. Todos los mártires de la fe religiosa, de la libertad y de la ciencia han tenido que desobedecer a quienes deseaban amordazarlos, para obedecer a su propia conciencia, a las leyes de la humanidad y de la razón. Si un hombre solo puede obedecer y no desobedecer, es un esclavo; si solo puede desobedecer y no obedecer, es un rebelde (no un revolucionario); actúa por cólera, despecho, resentimiento, pero no en nombre de una convicción o de un principio.




(...)

¿Por qué se inclina tanto el hombre a obedecer y por qué le es tan difícil desobedecer? Mientras obedezco al poder del Estado, de la Iglesia o de la opinión publica, me siento seguro y protegido. En verdad, poco importa cuál es el poder al que obedezco. Es siempre una institución, u hombres, que utilizan de una u otra manera la fuerza y que pretenden fraudulentamente poseer la omnisciencia y la omnipotencia. Mi obediencia me hace participar del poder que reverencio, y por ello me siento fuerte. No puedo cometer errores, pues ese poder decide por mi; no puedo estar solo, porque él me vigila; no puedo cometer pecados, porque él no me permite hacerlo, y aunque los corneta, el castigo es solo el modo de volver al poder omnímodo.
Para desobedecer debemos tener el coraje de estar solos, errar y pecar. Pero el coraje no basta.
La capacidad de coraje depende del estado de desarrollo de una persona. Solo si una persona ha emergido del regazo materno y de los mandatos de su padre, solo si ha emergido como individuo plenamente desarrollado y ha adquirido así la capacidad de pensar y sentir por si mismo, puede tener el coraje de decir “no” al poder, de desobedecer. Una persona puede llegar a ser libre mediante actos de desobediencia, aprendiendo a decir no al poder. Pero no solo la capacidad de desobediencia es la condición de la libertad; la libertad es también la condición de la desobediencia. Si temo a la libertad no puedo atreverme a decir “no”, no puedo tener el coraje de ser desobediente. En verdad, la libertad y la capacidad de desobediencia son inseparables; de ahí que cualquier sistema social, político y religioso que proclame la libertad pero reprima la desobediencia, no puede ser sincero.

(...)

La lucha contra la autoridad en el Estado y también en la familia era a menudo la base misma del desarrollo de una persona independiente y emprendedora. La lucha contra la autoridad era inseparable de la inspiración intelectual que caracterizaba a los filósofos del Iluminismo y a los hombres de ciencia. Esta “inspiración critica” se traducía en fe en la razón, y al mismo tiempo en duda respecto de todo lo que se dice o piensa, en tanto se base en la tradición, la superstición, la costumbre, la autoridad. Los principios sapere aude y de omnibus est dubitandum -“atrevete a usar tu sensatez” y “hay que dudar de todo” -eran característicos de la actitud que permitía y promovía la capacidad de decir “no”.

El caso de Adolf Eichmann es simbólico de nuestra situación y tiene un significado que va mucho más allá del que les preocupaba a sus acusadores en el tribunal de Jerusalén. Eichmann es un símbolo del hombre-organización, del burócrata alienado para el cual hombres, mujeres y niños se han transformado en números. Pero lo que más impresiona respecto de este, es que después de relatados todos los hechos con su propia admisión, procedió con perfecta buena fe a alegar su inocencia. Está claro que si volviera a encontrarse en la misma situación, lo haría de nuevo. Y también lo haríamos nosotros -y lo hacemos-.
El hombre-organización ha perdido su capacidad de desobedecer, ni siquiera se da cuenta del hecho de que obedece. En este punto de la historia, la capacidad de dudar, de criticar y de desobedecer puede ser todo lo que media entre la posibilidad de un futuro para la humanidad, y el fin de la civilización.




E. FROMM, La desobediencia como problema psicológico y moral (1961)


En PARA SABER aún MÁS, tienes el artículo completo.

Obedecer las leyes

Estamos, otra vez, de vuelta a Sócrates, y a su muerte.

El juicio terminó hace ya unos días, la sentencia tiene que posponerse, el maestro permanece encarcelado en espera de su cumplimiento. Pero algunos discípulos no se resignan al fatal desenlace y han realizado el último intento: de la mano de Critón han planificado un plan de huida, y es el mismo Critón el que ha ido a exponérselo al maestro tratando asimismo de convencerlo para que lo siga y ponga su vida a salvo.



Y no es poco el esfuerzo que éste ha hecho en ese intento. Conociendo a Sócrates como debe conocerlo, sabe que solo a través de la reflexión y la argumentación será capaz de persuadirlo.




Sin embargo, ese enorme esfuerzo ha sido finalmente en vano. Sócrates ha rechazado el plan de huida, ha rechazado salvar su vida al precio de incumplir la sentencia, de incumplir las leyes.




En la justificación de su actitud, ha hecho venir a las Leyes, con las que ha mantenido este memorable diálogo:




Si cuando nosotros estemos a punto de escapar de aquí, o como haya que llamar a esto, vinieran las leyes y el común de la ciudad y, colocándose delante, nos dijeran: «Dime, Sócrates, ¿qué tienes intención de hacer? ¿No es cierto que, por medio de esta acción que intentas, tienes el propósito, en lo que de ti depende, de destruirnos a nosotras y a toda la ciudad? ¿Te parece a ti que puede aún existir sin arruinarse la ciudad en la que los juicios que se producen no tienen efecto alguno, sino que son invalidados por particulares y quedan anulados?» ¿Qué vamos a responder, Critón, a estas preguntas y a otras semejantes? ¿Acaso les diremos: «La ciudad ha obrado injustamente con nosotros y no ha llevado el juicio rectamente»? ¿Les vamos a decir eso?
CRIT. - Sí, por Zeus, Sócrates.
SÓC .- Pero entonces ellas dirían: “Tenemos grandes pruebas, Sócrates, de que nosotras y la ciudad te parecemos bien. En efecto, de ningún modo hubieras permanecido en la ciudad más destacadamente que todos los otros ciudadanos, si ésta no te hubiera agradado especialmente, sin que hayas salido nunca de ella. Aún más, te hubiera sido posible, durante el proceso mismo, proponer para ti el destierro, si lo hubieras querido, y hacer entonces, con el consentimiento de la ciudad, lo que ahora intentas hacer contra su voluntad. Entonces tú te jactabas de que no te irritarías, si tenías que morir, y elegías, según decías, la muerte antes que el destierro. En cambio, ahora, ni respetas aquellas palabras ni te cuidas de nosotras, las leyes, intentando destruirnos; obras como obraría el más vil esclavo intentando escaparte en contra de los pactos y acuerdos con arreglo a los cuales conviniste con nosotras que vivirías como ciudadano”.¿Qué vamos a decir a esto, Critón? ¿No es cierto que estamos de acuerdo?
CRIT. - Necesariamente, Sócrates.
SÓC. – “¿No es cierto -dirían ellas- que violas los pactos y los acuerdos con nosotras? Hasta tal punto a ti más especialmente que a los demás atenienses, te agradaba la ciudad y evidentemente nosotras, las leyes. ¿Pues a quién le agradaría una ciudad sin leyes? ¿Ahora no vas a permanecer fiel a los acuerdos? Sí permanecerás, si nos haces caso, Sócrates, y no caerás en ridículo saliendo de la ciudad.
Si tú violas estos acuerdos y faltas en algo, examina qué beneficio te harás a ti mismo y a tus amigos.. Tú mismo, en primer lugar, si vas a una de las ciudades próximas, Tebas o Megara, pues ambas tienen buenas leyes, llegarás como enemigo de su sistema político y todos los que se preocupan de sus ciudades te mirarán con suspicacia considerándote destructor de las leyes; confirmarás para tus jueces la opinión de que se ha sentenciado rectamente el proceso. En efecto, el que es destructor de las leyes, parecería fácilmente que es también corruptor de jóvenes y de gentes de poco espíritu. ¿Acaso vas a evitar las ciudades con buenas leyes y los hombres más honrados? ¿Y si haces eso, te valdrá la pena vivir? O bien si te diriges a ellos y tienes la desvergüenza de conversar, ¿con qué pensamientos lo harás, Sócrates? ¿Acaso con los mismos que aquí, a saber, que lo más importante para los hombres es la virtud y la justicia, y también la legalidad y las leyes? ¿No crees que parecerá vergonzoso el comportamiento de Sócrates? Hay que creer que sí.
Pues bien, si te vas ahora, te vas condenado injustamente no por nosotras, las leyes, sino por los hombres. Pero si te marchas tan torpemente, devolviendo injusticia por injusticia y daño por daño, violando los acuerdos y los pactos con nosotras y haciendo daño a los que menos conviene, a ti mismo, a tus amigos, a la patria y a nosotras, nos irritaremos contigo mientras vivas, y allí, en el Hades, nuestras hermanas las leyes no te recibirán de buen ánimo, sabiendo que, en la medida de tus fuerzas has intentado destruirnos. Procura que Critón no te persuada más que nosotras a hacer lo que dice.»
Sabe bien, mi querido amigo Critón, que es esto lo que yo creo oír. Sabe que esto es lo que yo pienso ahora y que, si hablas en contra de esto, hablarás en vano.




PLATÓN, Critón








Si quieres más, ...


recuerda que tenemos una PREGUNTA que surge de ahí


pero también puedes acceder al diálogo entre Critón y Sócrates, en el que aquél defiende la huida del maestro, y éste lo rechaza. En PARA SABER aún MÁS, lo tienes


o aquí, en este enlace, puedes llegar a la obra completa de Platón:



¿Por qué se inclina tanto el hombre a obedecer y por qué le es tan difícil desobedecer?



E. FROMM