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Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica



¿Qué sucede cuando un Gobierno deja de procurar el bienestar de sus ciudadanos para servir a los intereses de una minoría acaudalada? Es una pregunta retórica: sabemos cuál es la respuesta. Hay grupos con gran poder económico, empresas e individuos, que influyen sobre las instituciones y que, en ocasiones, incluso las ‘capturan’, consiguiendo tratos a favor de unas élites en la definición de leyes y normativas. Son privilegios para unos pocos, mientras el esfuerzo, sobre todo la mayor carga fiscal, recae sobre la gran mayoría.


Como cada año, el Foro Económico Mundial se reúne en Davos. Del 22 al 25 de enero de 2014, los principales líderes financieros, empresariales y políticos del mundo analizaran los problemas más apremiantes que enfrenta el planeta.

Hoy la mitad de la renta mundial está en manos del 1% más rico de la población, cuya riqueza asciende a 110 billones de dólares. Esta cifra es 65 veces mayor que el total de la riqueza que posee la mitad más pobre de la población mundial.

Exigimos a los líderes que acuerden un objetivo de reducción urgente de la desigualdad, no sólo por su impacto negativo en términos económicos y de justicia social, sino por la amenaza que el incremento de la desigualdad supone para el ejercicio de una verdadera democracia basada en el interés de la mayoría. Lee nuestra nota de prensa.


A través del informe "Gobernar para las élites", denunciamos que el aumento de la concentración de poder genera una riqueza extrema que perpetúa la desigualdad, supone una amenaza para un modelo social basado en la inclusión e igualdad de oportunidades, y pone en peligro los sistemas democráticos.



INTERMON OXFAM publica el informe Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica



¿Y España, qué?

Exiliados

LA SORPRESA

 
 Esto es un regalo para toda la gente que esta lejos, para todos los que se han ido y para todos los que se han quedado para luchar por el cambio.#dejadnosvolver http://www.youmaykiss.tv

Un cañón en el culo


Si lo hemos entendido bien, y no era fácil porque somos un poco bobos, la economía financiera es a la economía real lo que el señor feudal al siervo, lo que el amo al esclavo, lo que la metrópoli a la colonia, lo que el capitalista manchesteriano al obrero sobreexplotado. La economía financiera es el enemigo de clase de la economía real, con la que juega como un cerdo occidental con el cuerpo de un niño en un burdel asiático. Ese cerdo hijo de puta puede hacer, por ejemplo, que tu producción de trigo se aprecie o se deprecie dos años antes de que la hayas sembrado. En efecto, puede comprarte, y sin que tú te enteres de la operación, una cosecha inexistente y vendérsela a un tercero que se la venderá a un cuarto y este a un quinto y puede conseguir, según sus intereses, que a lo largo de ese proceso delirante el precio de ese trigo quimérico se dispare o se hunda sin que tú ganes más si sube, aunque te irás a la mierda si baja. Si baja demasiado, quizá no te compense sembrarlo, pero habrás quedado endeudado sin comerlo ni beberlo para el resto de tu vida, quizá vayas a la cárcel o a la horca por ello, depende de la zona geográfica en la que hayas caído, aunque no hay ninguna segura. De eso trata la economía financiera.

Estamos hablando, para ejemplificar, de la cosecha de un individuo, pero lo que el cerdo hijo de puta compra por lo general es un país entero y a precio de risa, un país con todos sus ciudadanos dentro, digamos que con gente real que se levanta realmente a las seis de mañana y se acuesta de verdad a las doce de la noche. Un país que desde la perspectiva del terrorista financiero no es más que un tablero de juegos reunidos en el que un conjunto de Clicks de Famóbil se mueve de un lado a otro como se mueven las fichas por el juego de la Oca.
La primera operación que efectúa el terrorista financiero sobre su víctima es la del terrorista convencional, el del tiro en la nuca. Es decir, la desprovee del carácter de persona, la cosifica. Una vez convertida en cosa, importa poco si tiene hijos o padres, si se ha levantado con unas décimas de fiebre, si se encuentra en un proceso de divorcio o si no ha dormido porque está preparando unas oposiciones. Nada de eso cuenta para la economía financiera ni para el terrorista económico que acaba de colocar su dedo en el mapa, sobre un país, este, da lo mismo, y dice “compro” o dice “vendo” con la impunidad con la que el que juega al Monopoly compra o vende propiedades inmobiliarias de mentira.

Cuando el terrorista financiero compra o vende, convierte en irreal el trabajo genuino de miles o millones de personas que antes de ir al tajo han dejado en una guardería estatal, donde todavía las haya, a sus hijos, productos de consumo también, los hijos, de ese ejército de cabrones protegidos por los gobiernos de medio mundo, pero sobreprotegidos desde luego por esa cosa que venimos llamando Europa o Unión Europea o, en términos más simples, Alemania, a cuyas arcas se desvían hoy, ahora, en el momento mismo en el que usted lee estas líneas, miles de millones de euros que estaban en las nuestras.
Y se desvían no en un movimiento racional ni justo ni legítimo, se desvían en un movimiento especulativo alentado por Merkel con la complicidad de todos los gobiernos de la llamada zona euro. Usted y yo, con nuestras décimas de fiebre, con nuestros hijos sin guardería o sin trabajo, con nuestro padre enfermo y sin ayudas para la dependencia, con nuestros sufrimientos morales o nuestros gozos sentimentales, usted y yo ya hemos sido cosificados por Draghi, por Lagarde, por Merkel, ya no poseemos las cualidades humanas que nos hacen dignos de la empatía de nuestros congéneres. Ya somos mera mercancía a la que se puede expulsar de la residencia de ancianos, del hospital, de la escuela pública, hemos devenido en algo despreciable, como ese pobre tipo al que el terrorista por antonomasia está a punto de dar un tiro en la nuca en nombre de Dios o de la patria.
A usted y a mí nos están colocando en los bajos del tren una bomba diaria llamada prima de riesgo, por ejemplo, o intereses a siete años, en el nombre de la economía financiera. Vamos a reventón diario, a masacre diaria y hay autores materiales de esa colocación y responsables intelectuales de esas acciones terroristas que quedan impunes entre otras cosas porque los terroristas se presentan a las elecciones y hasta las ganan y porque hay detrás de ellos importantes grupos mediáticos que dan legitimidad a los movimientos especulativos de los que somos víctimas.
La economía financiera, si vamos entendiéndolo, significa que el que te compró aquella cosecha inexistente era un cabrón con los papeles en regla. ¿Tenías tú libertad para no vendérsela? De ninguna manera. Se la habría comprado a tu vecino o al vecino de tu vecino. La actividad principal de la economía financiera consiste en alterar el precio de las cosas, delito prohibido cuando se da a pequeña escala, pero alentado por las autoridades cuando sus magnitudes se salen de los gráficos.
Aquí están alterando el precio de nuestras vidas cada día sin que nadie le ponga remedio, es más, enviando a las fuerzas del orden contra quienes tratan de hacerlo. Y vive Dios que las fuerzas del orden se emplean a fondo en la protección de ese hijo de puta que le vendió a usted, por medio de una estafa autorizada, un producto financiero, es decir, un objeto irreal en el que usted invirtió a lo mejor los ahorros reales de toda su vida. Le vendió humo el muy cerdo amparado por las leyes del Estado que son ya las leyes de la economía financiera, puesto que están a su servicio.
En la economía real, para que una lechuga nazca hay que sembrarla y cuidarla y darle el tiempo preciso para que se desarrolle. Luego hay que recolectarla, claro, y envasarla y distribuirla y facturarla a 30, 60 o 90 días. Una cantidad enorme de tiempo y de energías para obtener unos céntimos, que dividirás con el Estado, a través de los impuestos, para costear los servicios comunes que ahora nos están reduciendo porque la economía financiera ha dado un traspié y hay que sacarla del bache. La economía financiera no se conforma con la plusvalía del capitalismo clásico, necesita también de nuestra sangre y en ello está, por eso juega con nuestra sanidad pública y con nuestra enseñanza y con nuestra justicia al modo en que un terrorista enfermo, valga la redundancia, juega metiendo el cañón de su pistola por el culo de su secuestrado.

Llevan ya cuatro años metiéndonos por el culo ese cañón. Y con la complicidad de los nuestros.

J.J.MILLÁS,  EL PAÍS, 14/VIII/12

Desahucio






Una serie fotográfica de OLMO CALVO que ha ganado el Premio Internacional de fotografía humanitaria que concede Médicos del Mundo.

En el enlace de eldiario.es, la serie completa galardonada.

¿Qué hacemos con la comida?


EL FUNESTO CAMINO DE LA GRANJA AL CONTENEDOR

En España, 7,7 millones de toneladas de alimentos —163 kilos por persona, de media— que podrían haberse consumido, o a los que se pudo haber dado otro uso, acaban en la basura cada año. Son productos que se desechan a causa de los malos hábitos de consumo, los altos estándares de calidad de las empresas —que rechazan los que no cumplen sus cánones estéticos— o la mala planificación de comercios y ciudadanos. Una realidad escandalosa que se hace aún más aberrante a medida que aumentan los estragos causados por la crisis: el 27% de la población se encuentra en riesgo de pobreza. El Gobierno busca ponerle coto ahora a este problema con una estrategia para concienciar del valor de los alimentos, y estudia cambiar la normativa para que aquellos productos que vayan a desecharse se reutilicen o se donen.
Su objetivo es, además, analizar las reglas con las que las empresas hacen sus cribas antes de que el producto llegue al consumidor. Patrones que llevan a rechazar alimentos perfectamente buenos solo por criterios estéticos. Estándares “excesivamente estrictos”, según el experto británico Tristram Stuart, profesor de Historia Medioambiental en la Universidad de Sussex. Stuart pone varios ejemplos: kilos de tomates que se consideran demasiado pequeños para la venta, manojos de zanahorias retorcidas y algo rajadas... Alimentos que nadie garantiza que no terminen en los contenedores. Algo que las autoridades tratarán de evitar. También que aquellos productos cuya fecha de consumo preferente vaya a pasar —siguen siendo seguros pero no conservan todo su sabor, color o aroma— se reintroduzcan en el ciclo alimentario de alguna forma y no se destruyan sin más.
La idea satisface a las organizaciones de consumidores, que no obstante se muestran cautas sobre la verdadera suerte de los productos rescatados y la intención última de la estrategia del Ministerio de Agricultura. “Hay que evitar el despilfarro, pero sospechamos que cualquier cambio regulatorio irá orientado a que la industria pueda acabar comercializando esos productos desechados a un precio menor y obtenga un beneficio”, opina Ruben Sánchez, portavoz de Facua. “Lo primero que debería hacerse es prohibir que se tiren los excedentes de producción. La industria tira los alimentos que superan el cupo determinado para evitar que bajen los precios. Les sale más barato desecharlos”, añade.
El diputado de Compromis-Equo Joan Baldoví propuso hace poco una iniciativa parlamentaria para frenar el desperdicio. En ella se incluían medidas coercitivas para aquellos que despilfarrasen con prácticas como la de eliminar los excedentes. Sin embargo, a pesar de la contradicción que supone que el Gobierno prepare ahora su propia estrategia, su propuesta fue rechazada por el PP. Baldoví pretendía aplicar el principio de “quien contamina paga” para frenar unos residuos que tienen un elevado coste medioambiental y social.
Porque el problema se produce a lo largo de toda la cadena. Desde el campo o la granja hasta la mesa. Pero uno de los principales problemas, reconoce Fernando Burgaz, director general de Industria Alimentaria, es que no se tiene información exacta de cuánto ni de todos los factores que influyen en esta práctica. “Se revisarán las normas de calidad, se tendrán en cuenta los tipos y la tecnología de envasado, si las fechas de caducidad y consumo preferente son las correctas, los tiempos de distribución, los hábitos de consumo. Todo eso cuenta en el despilfarro de alimentos”, explica Burgaz.
Los datos de la Comisión Europea sitúan a España como el sexto país de la UE que más despilfarra. Por delante están Alemania, Holanda, Francia, Polonia e Italia. En toda Europa tiran a la basura 89 millones de toneladas de alimentos. Una cifra que el Parlamento Europeo ha instado a reducir. En Reino Unido, Holanda o Irlanda ya han iniciado programas para hacerlo. Sobre todo, con campañas de sensibilización para consumidores y distribuidores.
En España, el ministerio de Miguel Arias Cañete ha firmado un convenio con la Federación Española de Bancos de Alimentos y la Asociación Multisectorial de Fabricantes y Distribuidores (AECOC), al que se han adherido más de 100 empresas, para frenar el desperdicio. Las compañías se comprometen a reducir ese despilfarro siendo más eficientes en la producción, reduciendo los tiempos de distribución y planificando mejor sus producciones para evitar que las mercancías se acumulen, cuenta el secretario general de AECOC, José María Bonmatí.
“Tenemos que optimizar y reducir el desperdicio casi a cero. Es una cuestión social, pero también medioambiental”, afirma Bonmatí, que reconoce que hay margen de mejora. “Muchas veces, por ejemplo, la propia dinámica comercial hace que las fechas de retirada sean anteriores a las del fin de la vida útil de los productos. También hay que vigilar el transporte y la logística. Hay que hacer una planificación correcta”, apunta el responsable de AECOC, que explica que, dentro del acuerdo con Agricultura, las empresas se comprometen a aprovechar al máximo los excedentes que se generen. Sea elaborando otro tipo de productos —alimentación animal, cosméticos— o redistribuyéndolos.
Una de las formas de darles uso es donarlos a organizaciones o bancos de alimentos. Ya se hace en algunos casos con excedentes de frutas y verduras. También, explica Tomás Fuertes, presidente de ElPozo Alimentación —una de las compañías firmantes del acuerdo—, con otros productos cuyo envase, por ejemplo, se ha deteriorado. “Nosotros cada día hacemos una revisión de todos los productos que se van a expedir y aquellos que tienen cualquier defecto de etiquetado o de presentación, como una arruga, pero que son productos perfectamente óptimos para el consumo, se donan a las distintas ONG e instituciones con las que colaboramos”, apunta.
Los que no se donan son aquellos productos cuya fecha de consumo preferente acaba de pasar o está cerca. Algo “incomprensible”, según los responsables de las organizaciones que tienen programas de ayuda para alimentación a personas en riesgo de exclusión. “Son alimentos que son sanos e inocuos, pero que quizá no estén tan frescos. Se podrían donar perfectamente”, apunta José Antonio Busto Villa, director general de los Bancos de Alimentos, entidades que el año pasado dieron de comer a dos millones de personas en España. A Carlos Susías, presidente en España de la Red Europea contra la Pobreza, la idea no le parece mal, pero avisa: “Tienen que ser alimentos buenos y seguros. No deben ser alimentos de desecho para personas consideradas de desecho”. La estrategia, dicen los expertos, podría ayudar algo a paliar los recortes sociales y la reducción de fondos que la UE planea para esos programas en los próximos presupuestos —propone una partida de 2.500 millones de euros para gastar de 2014 a 2020, pero no todos los países apoyan la modesta cifra—. “Reducir el despilfarro es bueno, pero no soluciona el problema. El Gobierno debe centrarse en mejorar las condiciones de acceso a los alimentos para todos los ciudadanos”, incide Susías.
A Busto Villa le satisface que Agricultura revise las condiciones de la donación, y aspira a que se fomente la entrega de alimentos en buenas condiciones, pero cuya fecha de consumo preferente ha pasado. Pero esa opción no convence a los fabricantes. “Cualquier empresa que esté envasando su marca quiere que ese producto responda a sus estándares de calidad. Vaya donde vaya. Y hay algunos productos que van perdiendo condiciones organolépticas”, dice el responsable de AECOC. Lo que harán los fabricantes, recalca, es revisar a fondo y más habitualmente las fechas límite de sus productos. “Ahí se puede trabajar”, opina.
Y es que ese es otro de los posibles factores del desperdicio masivo. El tiempo de duración de un alimento se vuelve a medir cuando cambia alguno de los ingredientes o su envase. Sin embargo, expertos como Stuart, que ha liderado investigaciones sobre desperdicio, creen que esas fechas límite son “demasiado prudentes”.
Las autoridades españolas estudiarán, dentro de la estrategia de Agricultura, si ese tiempo límite que la industria impone a sus alimentos es correcto. “Las tecnologías de envasado han evolucionado, con lo que muchos productos pueden tener más vida útil de la que tienen reconocida oficialmente”, apunta el director general de Industria Alimentaria, que explica que también se tendrá en cuenta si el tamaño de los envases se adapta a las necesidades de los consumidores o promueve el desperdicio.
Esta, opina, puede ser una de las claves. El 42% de los desechos alimentarios se produce en los hogares, según estimaciones europeas. “Ahí se tira una parte importante de productos. Sea porque la gente puede tender a acumular, porque no los conservan bien o porque no tienen información suficiente de cómo hacerlo. También porque la mayoría confunde la fecha de caducidad con la de consumo preferente”, argumenta el responsable de los Bancos de Alimentos. Una opinión que comparte Sánchez, de Facua. Ambos piden que se cree una regulación para que en los envases conste una sola fecha, “la del último día que se puede consumir el producto sin riesgo”, pide Busto Villa. “Además, las etiquetas deberían tener información de qué propiedades pierde el producto a partir de una fecha”, dice Sánchez.
Pero la industria no tiene planes de cambiar el etiquetado, por el momento. Sin embargo, el responsable de AECOC explica que las compañías iniciarán —junto a Agricultura— una campaña de información al consumidor sobre las condiciones de conservación y consumo. También participarán las superficies comerciales, porque mercados, supermercados y tiendas generan el 5% de los desperdicios. No parece una cifra muy alta, pero aún así son muchos los productos acaban en el contenedor.
¿Qué se hace para evitarlo? Beatriz García Cabredo, directora de Responsabilidad Social Corporativa de Makro, explica que una buena planificación es vital. También el tratamiento del producto. “Se cuida la mercancía desde que llega para que no se produzcan roturas y se trata de conservar bien la cadena de frío en los productos frescos para que no se estropeen”, dice. Aun así, reconoce, hay alimentos que ya no se pueden vender y que se donan: latas golpeadas, productos que ya no son vistosos y que los restaurantes no querrán, alimentos cuya fecha va a vencer ¿Y aquellos cuya fecha ha vencido? “Esos se destruyen. Pero intentamos que no pase”, dice Cabredo.
Antes de llegar a la tienda también se desperdicia. Las empresas productoras generan el 39% de los desechos. Y es que a veces las normas por las que se rige la comercialización de productos frescos —verduras, hortalizas— impiden la venta de los que tienen alguna imperfección o no tienen el tamaño adecuado. Por ejemplo, una patata de la variedad nueva que tenga un brote de más de tres milímetros no se puede vender. “No pasa la criba de la empresa que las lava y las envasa y puede que acabe en la basura. Las empresas creen que el consumidor no querrá esos productos un poco imperfectos o temen que meterlos en el mercado baje el precio”, apunta Diego Juste, de la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA). Ellos son el primer eslabón de la cadena y también originan desperdicios.
“Se intenta derivar los excedentes a la industria para fabricación de derivados. Se dona lo que se puede. Se busca tirar lo menos posible”, dice. Pero, como denuncia la Organización de Naciones Unidas para Agricultura (FAO), a veces a las empresas les resulta más caro reutilizar el producto —fabricando otra cosa o donándolo— que tirarlo. La distribución de la mercancía a los bancos de alimentos cuesta, y además debe ser ágil.
M.R. SAHUQUILLO, El País, 9/XII/12

y además...
SALVADOS, La Sexta



Las tempestades, quizás nadie pueda detenerlas, pero alguien tiene que avisar de ellas, prevenirnos de que llegan, alertar de la desolación que provocan, vigilarlas. Alguien tiene que permanecer despierto cuando todos están dormidos (de EL LIBRO DE VISITAS) .


                         ¿HASTA DÓNDE PUEDE LLEGAR EL SER HUMANO?

Pues seguramente hasta donde no llegaría animal alguno, aunque...


En muy poco tiempo los animales habían destruido todo lo que podía hacerles recordar el dominio del señor Jones. Entonces Napoleón los llevó nuevamente al depósito de forrajes y sirvió una doble ración de maíz a cada uno, con dos bizcochos para cada perro. Luego cantaron «Bestias de Inglaterra» de cabo a rabo siete veces seguidas, y después de eso se acomodaron para pasar la noche y durmieron como nunca lo habían hecho anteriormente.

Pero se despertaron al amanecer, como de costumbre, y, acordándose repentinamente del glorioso acontecimiento, se fueron todos juntos a la pradera. A poca distancia de allí había una loma desde donde se dominaba casi toda la granja. Los animales se dieron prisa en llegar a la cumbre y miraron en su torno, a la clara luz de la mañana. Sí, era de ellos; ¡todo lo que podían ver era suyo! Poseídos por este pensamiento, brincaban por doquier, se lanzaban al aire dando grandes saltos de alegría. Se revolcaban en el rocío, mordían la dulce hierba del verano, coceaban levantando terrones de tierra negra y aspiraban su fuerte aroma. Luego hicieron un recorrido de inspección por toda la granja y miraron con muda admiración la tierra labrantía, el campo de heno, la huerta, el estanque, el soto. Era como si nunca hubieran visto aquellas cosas anteriormente, y apenas podían creer que todo era de ellos.

(…)

Camaradas —dijo Snowball—, son las seis y media y tenemos un largo día ante nosotros. Hoy debemos comenzar la cosecha del heno. Pero hay otro asunto que debemos resolver primero. Los cerdos revelaron entonces que, durante los últimos tres meses, habían aprendido a leer y escribir mediante un libro elemental que había sido de los chicos del señor Jones y que, después, fue tirado a la basura. Napoleón mandó traer unos botes de pintura blanca y negra y los llevó hasta el portón que daba al camino principal. Luego Snowball (que era el que mejor escribía) tomó un pincel entre los dos nudillos de su pata delantera, tachó «Granja Manor» de la traviesa superior del portón y en su lugar pintó «Granja Animal». Ése iba a ser, de ahora en adelante, el nombre de la granja. Después volvieron a los edificios, donde Snowball y Napoleón mandaron traer una escalera que hicieron colocar contra la pared trasera del granero principal. Entonces explicaron que, mediante sus estudios de los últimos tres meses, habían logrado reducir los principios del Animalismo a siete Mandamientos.

Esos siete Mandamientos serían inscritos en la pared; formarían una ley inalterable por la cual deberían regirse en adelante, todos los animales de la «Granja Animal». Con cierta dificultad (porque no es fácil para un cerdo mantener el equilibrio sobre una escalera), Snowball trepó y puso manos a la obra con la ayuda de Squealer que, unos peldaños más abajo, le sostenía el bote de pintura. Los Mandamientos fueron escritos sobre la pared alquitranada con letras blancas, y tan grandes, que podían leerse a treinta yardas de distancia. La inscripción decía así:

LOS SIETE MANDAMIENTOS

1. Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo.
2. Todo lo que camina sobre cuatro patas, o tenga alas, es un amigo.
3. Ningún animal usará ropa.
4. Ningún animal dormirá en una cama.
5. Ningún animal beberá alcohol.
6. Ningún animal matará a otro animal.
7. Todos los animales son iguales.

(…)

Fue más o menos en esa época cuando los cerdos, repentinamente, se mudaron a la casa de la granja y establecieron allí su residencia. De nuevo los animales creyeron recordar que en los primeros tiempos se había aprobado una resolución en contra de tal medida, y de nuevo Squealer hubo de convencerlos de que no era así. Resultaba absolutamente necesario, dijo él, que los cerdos, que eran el cerebro de la granja, dispusieran de un lugar tranquilo para trabajar.

También era más apropiado para la dignidad del Líder (porque últimamente había comenzado a referirse a Napoleón con el título de «Líder») que viviera en una casa en vez de en una simple pocilga. No obstante, algunos animales se molestaron al saber que los cerdos, no solamente comían en la cocina y usaban la sala como lugar de recreo, sino que también dormían en las camas. Boxer lo pasó por alto, como de costumbre, repitiendo «¡Napoleón siempre tiene razón!» , pero Clover, que creyó recordar una disposición concreta contra las camas, fue hasta el extremo del granero e intentó descifrar los siete mandamientos, que estaban allí escritos. Al ver que sólo podía leer las letras una por una, trajo a Muriel.

—Muriel —le dijo—, léeme el cuarto mandamiento. ¿No dice algo respecto a no dormir nunca en una cama?
Con un poco de dificultad, Muriel lo deletreó. —Dice: «Ningún animal dormirá en una cama con sábanas».
Lo curioso era que Clover no recordaba que el Cuarto Mandamiento mencionara las sábanas; pero como figuraba en la pared, debía de haber sido así. Y Squealer, que pasaba en aquel momento por allí, acompañado por dos o tres perros, pudo aclarar el asunto y dejarlo en su lugar

(…)

Más o menos por esa época ocurrió un raro incidente que casi nadie fue capaz de entender. Una noche, a eso de las doce, se oyó un fuerte estrépito en el patio, y los animales salieron corriendo. Era una noche clara, de luna. Al pie de la pared del granero principal, donde figuraban inscritos los siete mandamientos, se encontraba una escalera rota en dos pedazos. Squealer, momentáneamente aturdido, estaba tendido en el suelo y muy cerca estaban una linterna, un pincel y un tarro volcado de pintura blanca. Los perros formaron inmediatamente un círculo alrededor de Squealer, y lo escoltaron de vuelta a la casa, en cuanto pudo caminar. Ninguno de los animales lograba entender lo que significaba eso, excepto el viejo Benjamín, que movía el hocico con aire enterado, aparentando comprender, pero sin decir nada.

Pasados unos cuantos días, cuando Muriel estaba leyendo los siete mandamientos, notó que había otro que los animales recordaban malamente. Ellos creían que el quinto mandamiento decía: «Ningún animal beberá alcohol», pero pasaron por alto dos palabras. Ahora el Mandamiento indicaba: «Ningún animal beberá alcohol en exceso».

(…)

Una tarde tranquila, al poco tiempo de haber vuelto las ovejas de su retiro —los animales ya habían terminado de trabajar y regresaban hacia los edificios de la granja—, se oyó desde el patio el relincho aterrado de un caballo. Alarmados, los animales se detuvieron bruscamente. Era la voz de Clover. Relinchó de nuevo y todos se lanzaron al galope entrando precipitadamente en el patio. Entonces contemplaron lo que Clover había visto.

Era un cerdo, caminando sobre sus patas traseras.

Sí, era Squealer. Un poco torpemente, como si no estuviera totalmente acostumbrado a sostener su gran volumen en aquella posición, pero con perfecto equilibrio, estaba paseándose por el patio. Y poco después, por la puerta de la casa apareció una larga fila de tocinos, todos caminando sobre sus patas traseras. Algunos lo hacían mejor que otros, si bien unto o dos andaban un poco inseguros, dando la impresión de que les hubiera agradado el apoyo de un bastón, pero todos ellos dieron con éxito una vuelta completa por el patio. Finalmente se oyó un tremendo ladrido de los perros y un agudo cacareo del gallo negro, y apareció Napoleón en persona, erguido majestuosamente, lanzando miradas arrogantes hacia uno y otro lado y con los perros brincando alrededor.

Llevaba un látigo en la mano.

Se produjo un silencio de muerte. Asombrados, aterrorizados, acurrucados unos contra otros, los animales observaban la larga fila de cerdos marchando lentamente alrededor del patio.

Era como si el mundo se hubiera vuelto del revés. Llegó un momento en que pasó la primera impresión y, a pesar de todo —a pesar de su terror a los perros y de la costumbre, adquirida durante muchos años, de nunca quejarse, nunca criticar—, estaba a punto de saltar alguna palabra de protesta. Pero en ese preciso instante, como obedeciendo a una señal, todas las ovejas estallaron en un tremendo balido: «¡Cuatro patas sí, dos patas mejor! ¡Cuatro patas sí, dos patas mejor! ¡Cuatro patas sí, dos patas mejor! ».

El cántico siguió durante cinco minutos sin parar. Y cuando las ovejas callaron, la oportunidad para protestar había pasado, pues los cerdos entraron nuevamente en la casa.

Benjamín sintió que un hocico le rozaba el hombro. Se volvió. Era Clover. Sus viejos ojos parecían más apagados que nunca. Sin decir nada; le tiró suavemente de la crín y lo llevó hasta el extremo del granero principal, donde estaban inscritos los siete mandamientos. Durante un minuto o dos estuvieron mirando la pared alquitranada con sus blancas letras.

—La vista me está fallando —dijo ella finalmente—. Ni aun cuando era joven podía leer lo que estaba ahí escrito.. Pero me parece que esa pared está cambiada. ¿Están igual que antes los siete mandamientos, Benjamín?

Por primera vez Benjamín consintió en romper la costumbre y leyó lo que estaba escrito en el muro. Allí no había nada excepto un solo Mandamiento. Éste decía:

TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES, PERO ALGUNOS ANIMALES SON MÁS IGUALES QUE OTROS



y, al final...

Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales, asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro

Dimitris Christulas










Las tempestades, quizás nadie pueda detenerlas, pero alguien tiene que avisar de ellas, prevenirnos de que llegan, alertar de la desolación que provocan, vigilarlas. Alguien tiene que permanecer despierto cuando todos están dormidos (de EL LIBRO DE VISITAS) .


Un hombre de 77 años se ha quitado la vida tras afirmar que se negaba a buscar comida en la basura

La desesperación ha llevado hoy a un jubilado de 77 años a suicidarse frente al Parlamento griego, en Atenas, tras afirmar que se negaba a buscar comida entre la basura. Solo unas horas después de su muerte, la gente ha colocado velas, flores y mensajes manuscritos contra la crisis en la céntrica plaza de Sintagma, donde el hombre se quitó la vida con una pistola.
Varios testigos han contado que el hombre se disparó en la cabeza después de gritar: "¡Tengo deudas, no puedo soportarlo más!". Un transeúnte ha declarado a la televisión griega que el pensionista dijo: "No quiero dejar mis deudas a mis hijos".


En una nota de suicidio hallada en un bolsillo de su abrigo, el hombre, un farmacéutico jubilado, culpa a los políticos y a los problemas económicos de su decisión de quitarse la vida, según la Policía.
"El gobierno de Tsolakoglou ha aniquilado toda esperanza para mi supervivencia, que estaba basada en una pensión muy digna que, yo solo, pagué durante 35 años sin ayuda del Estado. Y ya que mi avanzada edad no me permite un modo de responder activamente —aunque si un compañero griego fuera a coger un kalashnikov, yo estaría detrás de él—, no veo otra solución que darle este final digno a mi vida, ya que no me quiero ver buscando en los cubos de basura mis medios de subsitencia. Creo que esa juventud sin ningún futuro se levantará algún día en armas y colgarán a los traidores de este país en la plaza Syntagma, justo comohicieron los italianos con Mussolini en 1945", dice la nota hallada por la policía.

La alusión a Georgios Tsolakoglou establece un paralelismo entre la actual situación y la que se vivió bajo el mandato del primer presidente griego colaboracionista con el régimen nazi, durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial.


Indignación en Atenas
En una nota, el jubilado culpa a los políticos y la crisis de quitarse la vida
Decenas de personas han acudido a la plaza de Sintagma para rendir homenaje al hombre. Una nota colocada en un árbol dice "Basta ya", y en otra se lee la pregunta "¿Quién será la próxima víctima?".
Los indignados griegos, que han estado protestando en las calles contra las medidas de austeridad aprobadas en Grecia por la presión ejercida por la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional, que han ofrecido dos rescates económicos al Estado griego, han dicho que van a manifestarse esta tarde.


Humillación nacional
Uno de cada cinco griegos está desempleado y en la sociedad hay un sentimiento de humillación nacional que ha acompañado a los recortes en los salarios y las pensiones. El portavoz del Gobierno, Pantelis Kapsis, ha reconocido que el suicidio del hombre por la situación en la que se encontraba es "una tragedia humana".


"Cuando gente digna llega a esta situación, alguien tiene que responder por ello"
Costas Lourantos, presidente del sindicato de farmacéuticos de la región de Ática, donde se encuentra Atenas, ha señalado que recuerda que se reunió con el hombre hace varios años y le llamó la atención su dignidad.
"Cuando gente digna como él llega a esa situación, alguien tiene que responder por ello", ha opinado Lourantos, que considera que hay un "instigador moral de este crimen", y es "el Gobierno, que ha llevado a la gente a esa situación de desesperación".
Lourantos ha añadido que ha recibido una llamada anónima de una farmacéutica que le ha dicho que ella será la próxima que se suicide. "Estoy como loco tratando de descubrir quién era para poder evitarlo", ha explicado.
El Gobierno griego informó el año pasado de que el número de suicidios se había incrementado un 40 por ciento en los dos años anteriores.


La crisis dispara los suicidios
La tasa de suicidios en Grecia ha pasado, en solo tres años, de ser la más baja a la más alta de Europa a causa de la gravísima crisis económica que sufre el país y a los problemas de depresión y ansiedad que se derivan de ella, según informaron hace unos meses las autoridades sanitarias y los expertos psiquiátricos.
Antes de la crisis, Grecia presentaba la tasa más baja de suicidios del continente
Hace solo tres años, antes del inicio de la crisis financiera, Grecia presentaba la tasa más baja de suicidios del continente, con 2,8 casos por cada 100.000 habitantes. En la actualidad, la tasa de suicidios casi duplica la de entonces, a pesar de las fuertes prevenciones contra el suicidio de la Iglesia Ortodoxa, que prohíbe el enterramiento en campo santo a quienes se quiten la vida.
"Nunca se debe a un solo motivo, pero las personas que nos telefonean para avisarnos de que podrían quitarse la vida casi siempre citan como causa las deudas, la falta de trabajo y el miedo al despido", declaró al diario Eleni Beikari, una psiquiatra de la organización no gubernamental Klimaka, que mantiene una línea telefónica abierta las 24 horas para atender a posibles suicidas.

PÚBLICO.ES 4/4/2012




Dimitris Christulas, farmacéutico retirado de 77 años, llegó el miércoles en metro hasta la plaza Sintagma, frente al Parlamento griego. Eran las nueve de la mañana y el pensionista buscó el amparo de un árbol (la plaza hervía en hora punta), sacó una pistola de la chaqueta y se disparó un tiro en la sien. “No quiero dejar deudas a mi hija”, fueron sus últimas palabras.

“Con su suicidio, quiso enviar un mensaje político. Era un hombre muy comprometido, pero también muy indignado [por la situación de Grecia]”, dijo el jueves al diario Ta Nea la destinataria de esas palabras. Lejos de ser un acto a la desesperada —uno de tantos jubilados cada vez más privados de recursos, uno más de los cientos de suicidas desde que empezó la crisis—, la muerte de Christulas puede leerse también en clave política: llevaba en el bolsillo una nota incendiaria, en la que culpaba de su decisión a las autoridades (“el Gobierno de ocupación” de Lukas Papademos, un guiño a la de los nazis en los años cuarenta) y lamentaba no tener menos años, y más fuerzas, para empuñar un arma contra “los traidores a la nación”, contra
los “políticos y financieros”

“Dado que tengo ya una edad que no me permite recurrir a la fuerza —y a fe que si un griego agarrara un Kaláshnikov, yo sería el segundo en hacerlo—, no encuentro otra solución que un final digno antes de empezar a rebuscar comida entre la basura”. Como acto de resistencia, Christulas animaba en la carta a “los jóvenes griegos sin futuro” a colgar en la misma plaza Sintagma, “como los italianos hicieron con Mussolini [en Milán] en 1945”, a los citados traidores.

La muerte de Christulas —separado, propietario de una farmacia que vendió a un colega en 1994 y afín al movimiento de los aganaktismeni (indignados)— ha puesto de relieve dos fenómenos cada vez más concatenados: la crisis económica y el incremento de las enfermedades mentales y los suicidios. En los primeros cinco meses de 2011, se suicidaron un 40% más de griegos que en el mismo periodo de 2010, según el Ministerio de Sanidad. Fuentes de la policía griega señalan que los casos documentados de suicidio —intentos incluidos— han sido 1.730 desde principios de 2009 hasta diciembre de 2011. Pero para el responsable de la ONG Klimaka, en declaraciones al diario Eleftheros Typos, el número simplemente se ha duplicado en el último año.

Los jubilados han visto reducidas sus pensiones un promedio del 15% desde que empezó la crisis, a comienzos de 2010; las superiores a 1.200 euros mensuales han sufrido una merma adicional del 20%. Con una pensión media de 550 euros, y un gasto en medicinas de 150 —el que se calcula puede verse obligado a desembolsar un pensionista con una enfermedad crónica, ahora que las subvenciones al gasto farmacéutico desaparecen—, la liquidez disponible para afrontar los gastos mínimos de manutención no alcanza: el litro de leche ronda los 1,5 euros; cuatro yogures, otro tanto; el IVA del gasóleo de calefacción se eleva ya al 18%, y la controvertida tasa inmobiliaria que aprobó el Gobierno en septiembre —otro recurso a la desesperada para hacer caja— encarece los recibos de la contribución (y deja sin luz en caso de impago).
Los jubilados son uno de los colectivos más afectados por la crisis. “Junto con los menores y los inmigrantes, son los beneficiarios naturales de nuestros programas de reparto de medicinas y alimentos”, explicaba recientemente a EL PAÍS un portavoz de la ONG Médicos del Mundo-Grecia, que, junto con otras organizaciones y la Iglesia ortodoxa, apenas si consigue paliar los embates más descarnados de la crisis. “Hemos constatado numerosos casos de desnutrición entre ellos, producto de restricciones en la dieta o, directamente, de ayunos forzosos por falta de comida y de dinero para comprarla. Los pensionistas son asimismo los principales usuarios de nuestras clínicas callejeras, a las que hace solo dos años recurrían únicamente colectivos marginales, como drogadictos o prostitutas”, concluía el portavoz.


Sus vecinos del barrio de Ambelokipi, zona residencial a unos pasos del centro, recuerdan a Dimitris Christulas como un hombre comprometido, en la órbita de la izquierda, que participaba en la asociación de vecinos, en el foro de los indignados y el movimiento Den Plirono (Yo no pago). Algunos aluden a hipotéticos problemas de salud como desencadenantes de la decisión; otros, a la suma de vejez, soledad y desesperanza. Horas antes de morir, Christulas pagó el alquiler del apartamento donde vivía, solo. Luego cogió el metro hasta Sintagma y se pegó un tiro, con una nota en el bolsillo animando a la lucha armada.


EL PAÍS, 5/4/2012



ALEGATO CONTRA LA CODICIA


Tras subir lentamente las escaleras,
arrastrado por la apretada multitud de pasajeros,
sale por la boca del metro de Syntagma,
justo delante del Parlamento, en el momento mismo
en que el reloj señala las nueve en punto.
A esta hora la muchedumbre llena la plaza,
y Dimitris Christulas, desconcertado
por el movimiento que observa a su alrededor,
busca refugio detrás de un árbol.
Enseguida saca el revólver
del bolsillo derecho de su americana
para dirigirlo a su sien.
Cuando su dedo índice roza el gatillo
se da cuenta de que su escondite no es perfecto.
Le observan, en efecto, una mujer empeñada
en arreglar una rueda del cochecito de su hijo;
y un vendedor ambulante de Senegal
que acaba de extender en la acera
una manta para los falsos bolsos de marcas caras;
y un muchacho montado en una bicicleta,
quien es el más cercano a Christulas
y el único que escucha sus palabras:
"no quiero dejar deudas a mi hija".
De inmediato se produce el silencio,
el silencio sobre Syntagma, sobre Atenas, sobre el mundo.


Al día siguiente, escandalizados, los noticieros
informan de la muerte de Dimitris Christulas.
Dan detalles: se había trasladado en el metro
desde su barrio de Ambelokipi hasta Syntagma.
Era un farmacéutico jubilado de 77 años,
y la tarde anterior le había pagado al casero
el importe del último alquiler de su piso.
En el bolsillo izquierdo de su americana
tenía, redactada cuidadosamente, una nota
con los motivos de su acción: era -según afirmaba-
demasiado viejo para empuñar un kalasnishkov y rebelarse,
como aconsejaba que hicieran los jóvenes,
y se negaba a buscar en la basura,
en contenedores y papeleras,
el alimento al que creía tener derecho
después de decenas de años de trabajo.
Los noticieros se extienden en estadísticas
sobre la difícil vida de los ancianos
y el terrible azote que cae sobre Grecia,
con la propagación de la epidemia de suicidios;
entretanto, muchos atenienses rodean el árbol
de la plaza Syntagma con flores y cirios.


Pero volvamos al silencio que se apodera del escenario
mientras Christulas percibe en la yema de su dedo
el extraño frío del gatillo. Ese silencio tenso,
abrumador, cargado de presagios,
más estruendoso que cualquier ruido.
Nadie puede escapar a ese silencio
porque está alojado en la boca del estómago,
en el hígado, en el pulmón, en la víscera más íntima.


Yo, os aseguro, no consigo arrancarlo de mí mismo
cuando veo a los Christulas
que no han tenido el arrojo de Christulas,
hurgar en los contenedores y papeleras de mi barrio,
la cara azorada, los ojos evasivos,
en ceremonias repetidas bajo el estigma de la deshonra.
Los nuevos mendigos, a diferencia de los antiguos,
-curtidos en la tarea, supervivientes de hierro-
se sumergen torpemente en la basura,
vacilantes, inexpertos, al borde del pánico,
como si estuvieran inmersos en una pesadilla
de la que ya no lograrán despertar.
Los hay a cientos por el centro de la ciudad,
con sus mejillas afeitadas, sus corbatas
y sus dignos trajes raídos, al principio.
Luego, a medida en que pasan los días,
desaparecen las corbatas, brotan las barbas
y los pantalones, ya sin raya, se exhiben sucios y arrugados.
El nuevo mendigo ya compite con el viejo mendigo
en el áspero dominio de la calle:
"un euro para comer, amigo";
"un euro para comer, hermano".
Algunos nada dicen mientras representan
en la obra el papel que nunca imaginaron.


Un anciano, en mi calle,
-un anciano de no menos de 90 años-,
vestido con un elegante abrigo negro,
con gesto digno deja el sombrero también negro
a sus pies, para las monedas,
y empieza a tocar con un oboe una pieza de Mozart.
Siempre es la misma,
una única pieza en su repertorio,
y la toca rematadamente mal;
y cuando alguien acerca la mano a su sombrero
para soltar una moneda, se sonroja
antes de saludar militarmente.
Otro, cerca de él, canta
-con mayor habilidad-
unas cuantas arias de ópera;
otro, ya enajenado,
hace ademán de bailar entre los turistas;
otro, quieto, muy quieto,
sentado en una sillita plegable
-de esas de pescador de caña-
mira con ojos despavoridos a la gente que pasa.


Y es difícil no sentir el silencio aniquilante
que rodea a la hermandad del asfalto,
el mismo silencio, el mismo
que se agolpa en la plaza Syntagma
cuando Dimitris Christulas
acerca la pistola a su cabeza.
Ese es asimismo el silencio
en el que se enroscan
las extrañas palabras del hombre
que tengo delante -un viejo, como todos,
aunque todos son viejos, ese tipo de hombres.
Busca también él algo en la papelera
y luego, de repente, señala con el dedo
a un edificio que está a su frente:
la sede de la Bolsa, neoclásica,
anodina, cerrada a cal y canto,
pues hoy es domingo, y las finanzas
también descansan en el Día del Señor.
Es un hombre encorvado, de aspecto tímido,
que me recuerda a mi padre
-a como era mi padre en sus últimos años,
bastante más bajo que en mi infancia.
Compro el periódico en el quiosco
situado frente a la Bolsa,
sin perder de vista el dedo que señala.
Hasta que veo que el dedo se hace puño
y el hombre amenaza al invisible adversario
que acecha detrás mío. Exclama:
"¡los codiciosos!, ¡los codiciosos!"
Lo dice con vehemencia pero sin gritar,
en voz muy baja, casi un murmullo,
como hacía también, airado, mi padre, en raras ocasiones.
"¡Los codiciosos!, ¡los codiciosos!".
Pasa junto a mi y se acerca
a la puerta acristalada de la Bolsa.
Algunos transeúntes se quedan observándolo
mientras sigue levantando el puño contra el edificio
y su imagen se agiganta en la distorsión del cristal.
Súbitamente el planeta deja de girar.


El sol del mediodía
clava en tierra los pasos y los gestos
-la ciudad, los paseantes, el puño amenazador-,
y otra vez estalla el silencio
que envuelve el último ademán de Christulas
allá en Syntagma, en el corazón de Atenas.
"¡Los codiciosos!, ¡los codiciosos!".
Detrás de la gran fachada de cristal
-como si fuera la gigantesca bola de un mago-
puedo contemplarlos claramente,
juntos, en el nervioso tropel de la compraventa,
y uno a uno, el depredador dispuesto
al asalto final sobre la presa.
"¡Los codiciosos!, ¡los codiciosos!".
En el espejo deformante
todos somos codiciosos o cómplices de la codicia,
pues, por cobardía o miedo,
renunciamos al deber de explicar que el hombre
era el único animal que se había preguntado
por lo que había tras la línea del horizonte,
y nos rendimos a lo más cruel y sangriento,
el único animal que atesora con avaricia
mucho más de lo que pueda necesitar en una vida,
y a costa de destruir la vida de los otros.
Todos somos codiciosos o cómplices de la codicia,
porque hemos permitido que un ser implacable,
nacido en la cloaca de la peor pasión,
se apoderara de la entera condición humana
y dictara sus brutales leyes al universo.
De modo que el codicioso,
bárbaro adorador del ídolo de oro,
avanza a cara descubierta, libre de toda atadura,
saqueador de la belleza, dueño del mundo.
Somos, pues, culpables.
Nuestro delito ha sido dejar
que el depredador que hay en nosotros
expulsara a todo lo noble y digno
que estábamos obligados a preservar
para seguir siendo considerados seres humanos.
Hemos dejado que se nos robaran
hasta las palabras, y ahora nuestro lenguaje
ya es el lenguaje del mercado, del beneficio,
del tráfico de almas,
sin ningún lugar para la compasión.
Nos hemos ofrecido en sacrificio
para ser carne de una rapiña sin límites
y nuestros restos yacen, esparcidos,
alrededor del altar.
Y falta ya muy poco
para que también la libertad
nos sea arrebatada
por el amor a la codicia,
que parece ya el único amor permitido.
O eso es lo que cree
ese hombre que amenaza sin ira a un edificio
-ese hombre que me recuerda a mi padre anciano-
mientras entona una acusación a los espectros:
"¡los codiciosos!, ¡los codiciosos!".


Y eso mismo es lo que cree
Dimitris Christulas, la mano apretada en la culata,
al observar la plaza Syntagma, centro de Atenas,
situada tan sólo a unos quilómetros
del corazón antiguo, la Acrópolis,
donde hace exactamente 2.454 años
se representó por primera vez Antígona,
y el hombre cantó a lo más elevado de sí mismo:
"Muchas cosas hay portentosas,
pero ninguna tan portentosa como el hombre"
proclama, en el teatro, el coro de ancianos.
Dimitris Christulas dispara.
Al caer se lleva consigo un retazo
del azulísimo cielo de Grecia.


R. ARGULLOL, 6/4/2012


Esclavos







Las tempestades, quizás nadie pueda detenerlas, pero alguien tiene que avisar de ellas, prevenirnos de que llegan, alertar de la desolación que provocan, vigilarlas. Alguien tiene que permanecer despierto cuando todos están dormidos (de EL LIBRO DE VISITAS) .


Ningún imperio se ha hecho sin eslavos. Egipto y Mesopotamia dominaron grandes territorios e impusieron su hegemonía gracias a un genio que, en vez de pasar a cuchillo al enemigo después de la victoria, pensó que era mucho más rentable respetarle la vida, hacerlo prisionero y condenarlo a trabajar como esclavo hasta la muerte.

El latido de la Historia comenzó a exigir esta carne humana cada vez en mayor cantidad para erigir templos a los dioses y morir en los campos de batalla. Fueron sus esclavos los que permitieron a los griegos y romanos tener tiempo libre crear la democracia y el derecho mientras ellos levantaban el Partenón y el Coliseo a golpe de látigo. Los romanos creían que la familia estaba protegida por los dioses lares, pero en realidad los dioses lares eran los propios esclavos sin los cuales resultaba imposible mantener el fuego sagrado del hogar.

Aun hoy la falta de criados es la que ha destruido a la familia burguesa. El Papado tuvo esclavos mientras ejerció el poder temporal y el negrero fue la figura crucial del siglo de oro español e inglés, la correa de transmisión de la conquista de América.


Tampoco en nuestros días se puede desarrollar un imperio hegemónico sin la esclavitud. Hoy la carne humana más barata se halla en China y en la India. Son más de 1.500 millones de seres dispuestos a ser sacrificados al dios del mercado a cambio de una ración de subsistencia, la necesaria para seguir trabajando. Norteamérica aún es asaltada por las oleadas de hambrientos hispanos que suben desde el fondo de los países del sur a ofrecerse como carne de cañón. Alemania, el motor de la economía europea, solo tiene la cantidad ridícula de 80 millones de habitantes para hacer frente a esa infame necesidad de empujar la Historia hacia adelante. Europa no puede hacer nada porque carece de esclavos y si los hay son todos renuentes a humillar la cerviz, acostumbrados al bienestar social y a toda clase de derechos humanos. ¿Dónde están los esclavos italianos, franceses, ingleses, escandinavos y españoles? En este momento los está fabricando la crisis económica. Si por casualidad oyes sonar de noche las trompetas del Apocalipsis, deberás saber cuál es su pérfido augurio: solo si te conviertes en esclavo podrás sobrevivir.


Manuel VICENT, EL PAÍS, 18/III/12

Abu Ghraib


Las tempestades, quizás nadie pueda detenerlas, pero alguien tiene que avisar de ellas, prevenirnos de que llegan, alertar de la desolación que provocan, vigilarlas. Alguien tiene que permanecer despierto cuando todos están dormidos (de EL LIBRO DE VISITAS) .





¿HASTA DÓNDE PUEDE LLEGAR EL SER HUMANO?





En abril de 2004, el mundo conoció el horror que se perpetraba en la prisión de Abu Ghraib, cerca de Bagdad, donde soldados estadounidenses torturaron y mataron a los prisioneros iraquíes. Aquellas imágenes impactaron a Fernando Botero (Medellín, 1932), un artista que ya se había asomado al infierno de la violencia en obras sobre los conflictos armados en Colombia. Unos meses más tarde, en un vuelo transoceánico, Botero comenzó a esbozar "lo que imaginaba que pasaba allí". Lo hizo "como envenenado", dominado por "una ira profunda", y, desde sus entrañas, salió una serie de 24 pinturas y 22 dibujos que forman la serie Abu Ghraib, una obra sobre "la hipocresía de un país que alardea de ser el modelo del respeto a los derechos humanos en todo el mundo". (EL PAÍS, mayo 2008)



























Fragmento de la conversación entre Fernando Botero y el poeta Robert Haas en el estreno de “Botero: Abu Ghraib” el 29 de enero de 2007 en la Universidad de California en Berkeley.

Robert Haas: Una de las cosas más impresionantes de las pinturas es que, con pocas excepciones, no se ve a los perpetradores de la violencia. Se centran en las víctimas. A lo mucho, lo que se ve de los torturadores son las manos —los guantes— y las botas.
Fernando Botero: Una de las cosas que más me impactó de las fotos que vimos es que se ponían guantes verdes para tocar a los prisioneros. Para mí esa fue una enorme humillación. Eso me impactó profundamente, las manos en guantes verdes tocando al preso. Me pareció más impactante darles todo el espacio a las víctimas y solo mostrar los guantes tocando a los presos. Si hubiera tenido que compartir el espacio, no hubiera tenido tanto impacto. Pero mostrar a la víctima y la mano o la víctima y la bota, para mí eso era más impactante. Quería enfocarme en la víctima.

Robert Haas: Cuando mi esposa estaba viendo una pintura, señaló que al fondo de uno de los lienzos claustrofóbicos se ve una pequeña ventana alumbrada al final de un pasillo, y me di cuenta que ese era un pequeño símbolo de esperanza.
Fernando Botero: Efectivamente. Para contrastar con los colores oscuros, el verde oscuro y el rojo oscuro de la sangre, en cada pintura puse una pequeña ventana blanca que traza el contraste entre la luz de afuera, la esperanza, y la tortura dentro de la prisión. Para crear ese contraste, puse una ventanilla en cada pintura.

Robert Haas: Unas pinturas tienen una dimensión casi bíblica.
Fernando Botero: Me impresionó la nobleza de algunas de las personas de las fotos. Muchos eran ancianos barbudos que parecían profetas de la Biblia. Se dejaban crecer la barba por sus creencias religiosas, se sentían orgullosos de su religión, y esas personas estaban en manos de adolescentes que no sabían nada de su religión, que les faltaban al respeto y los llamaban “cabezas de trapo”. Eso fue un horror. No respetaban a esos ancianos. Por eso es que en algunas pinturas los pinté como si fueran profetas, para demostrar que son personas de profunda dignidad, a quienes unos ignorantes trataban de una manera terrible. Naturalmente, esos soldados eran pobres que no tienen ningún conocimiento de lo que no es americano, pero para mí fue importante devolverles la dignidad a las víctimas



Más obras en:



http://amnistiacatalunya.org/edu/3/botero/index.html
http://www.infoartedigital.com/arte/index.php?option=com_content&task=view&id=30&Itemid=27




THICH QUANG DUC


Las tempestades, quizás nadie pueda detenerlas, pero alguien tiene que avisar de ellas, prevenirnos de que llegan, alertar de la desolación que provocan, vigilarlas. Alguien tiene que permanecer despierto cuando todos están dormidos (de EL LIBRO DE VISITAS) .



¿HASTA DÓNDE PUEDE LLEGAR EL SER HUMANO?




QUEMARSE A LO BONZO: los orígenes de un desesperado acto de protesta

La lucha de los monjes budistas
La palabra 'bonzo', en sí, es un término utilizado para referirse a los monjes budistas; sin embargo, recibe su actual significado durante la turbulenta época de la guerra del Vietnam
. Aunque la inmolación se ha practicado en esta religión de forma aislada desde hace siglos, -con el objetivo de ofrecer sacrificios a Buda-, la expresión se adoptó de forma general en el resto del mundo a partir de 1963. Fue entonces cuando tuvo lugar un episodio que el mundo tardó mucho tiempo en olvidar; la imagen del dolor quedó grabada en sus retinas.

El 11 de junio de 1963, Thich Quang Duc, un monje vietnamita, se prendió fuego en una transitada calle de Saigón (hoy en día, la ciudad de Ho Chi Minh) para protestar por la persecución de los budistas por parte del gobierno de Ngo Dinh Diem, el primer presidente de la República de Vietnam del Sur.
El telón de fondo era la guerra de Vietnam, uno de los conflictos más largos y sangrientos del siglo XX. (…) Pese a tener una población mayoritariamente budista, el presidente de Vietnam del Sur, Ngo Dinh Diem, era fervientemente católico y reprimía la religión budista. Perseguía a los monjes, permitía el incendio de pagodas budistas y desviaba la ayuda humanitaria para que beneficiase a los que profesaban su religión.

Historia de una muerte anunciada
Un día antes de la trágica muerte de Thich Quang Duc, un portavoz de los budistas informó a varios corresponsales estadounidenses en Vietnam de que algo importante iba a ocurrir al día siguiente frente a la embajada de de Camboya en Saigón. Sin embargo, muy pocos tomaron el aviso en serio.
Las imágenes del suceso dieron la vuelta al mundo. Aquel día de junio, el monje de 70 años llegó a una concurrida calle de Ho Chi Minh en un automóvil, precedido por un séquito de más de 300 monjes que llevaban pancartas en inglés y en vietnamita reclamando la igualdad religiosa. Thich Quang Duc salió del automóvil mientras otro monje colocaba una almohada en el suelo. Se sentó en la almohada en la posición de loto mientras otro monje sacaba un bidón de gasolina del maletero del coche y rociaba al monje anciano. Tras pronunciar una breve frase -"Homenaje a Buda"-, Duc encendió una cerilla y se prendió fuego.

Los policías intentaron acercarse para apagar las llamas que lo consumían, pero la multitud reunida alrededor no lo permitió. La mayoría contemplaba la escena en silencio, al igual que el monje, que durante aquellos devastadores minutos, no se movió.

Así lo contó después el periodista David Halberstam, corresponsal del periódico The New York Times,
uno de los pocos que sí acudió a aquella siniestra cita con la muerte: "Las llamas venían de un ser humano; su cuerpo se marchitaba y secaba lentamente, su cabeza se ennegrecía. Detrás de mí pude escuchar los sollozos de los vietnamitas que se reunían a su alrededor. Mientras se quemaba nunca movió un músculo, nunca pronunció un sonido". Tanto él como el fotógrafo testigo del horror, Malcom Browne, del Associated Press, ganaron el Premio Pulitzer en 1964. La imagen dio la vuelta al mundo convirtiéndose en manifiesto por la libertad y reflejo de la desesperación humana.

¿...Y después?
Diem llamó al pueblo a la "serenidad" y anunció que negociaría con los budistas. Pero no fue así. La violencia extrema no consiguió paralizar el mundo. Sin embargo, el sacrificio fue considerado como un punto de inflexión en el régimen autoritario de Diem. En los próximos meses, decenas de monjes repitieron la acción del primer mártir, por lo que pasó a llamarse "quemarse a lo bonzo". Antes que terminara el año, Diem -enormemente impopular- fue derrocado por sus propios militares (ayudados por los servicios secretos estadounidenses) y asesinado en noviembre de 1963.

Sin embargo, el acto de protesta del monje no dejó de ser copiado por personas en todas partes del mundo, y a lo largo de estas últimas cinco décadas. En los años que duró la guerra de Vietnam, ocho estadounidenses copiaron la acción y se quemaron como protesta por la participación de su gobierno en el conflicto.
En 1969 el universitario checo Jan Palach inspiró similares suicidios por toda Checoslovaquia, actos de protesta en contra de la ocupación soviética. Incluso en España hubo un caso: en 1970 el nacionalista vasco Joseba Elosegi se inmoló delante de Franco durante un juego de pelota en San Sebastián, aparentemente para protestar en contra del bombardeo de Guernika en 1937.

En las últimas semanas, el acto de Thich Quang Duc se ha repetido por gran parte del Magreb. De igual forma que ahora se recuerda que la llama de la revolución de los jazmines fue la acción de un joven que se quemó a lo bonzo, otros muchos han actuado así con la esperanza de provocar un cambio. Pero la desesperación no siempre consigue alterar el rumbo de la Historia.


EL MUNDO, 23/1/11

En una carta que escribió antes de su suicidio, Thich Quang Đuc dejó sus últimas palabras:
Antes de cerrar los ojos y dirigirme hacia la figura de Buda, suplico respetuosamente al presidente Ngô Đình Diệm que tenga compasión de los habitantes de la nación y que desarrolle una igualdad religiosa... Llamo a los venerables reverendos, miembros de la sangha y predicadores budistas para que se organicen y hagan ofrendas con el objetivo de proteger el budismo.






LA DESESPERACIÓN DEL BONZO


La imagen de una multitud que va a cuerpo descubierto y da gritos en la calle mientras que unos uniformados, intimidantes y encasquetados señores les muelen a palos, arrastran, gasean, disparan y detienen es una imagen ancestral desde que se inventaron las cámaras, ocurre en todos los sitios del universo, independientemente de las ideologías que encarnen los gobernantes (todos se llaman Poder) y te plantean el interrogante de qué fuerza superior o qué intolerables desgracias motivan el ánimo de los protestones para que se expongan a tantas modalidades de castigo físico, al terror, a la certidumbre de que los soldados del rey les van a machacar, en vez de estar tocándose los genitales en su casa y resignados al estado de las cosas.


Conscientes de que el instinto animal hace que te agarres por encima de todo a la supervivencia, cuesta entender la actitud del kamizake, del que decide morir masacrando al enemigo. Pero lo que te rompe todos los esquemas, te provoca tanto estupor como piedad, te hacen intuir el horror y la desesperación absolutas, es esa desolada gente cuya suprema forma de protesta consiste en inmolarse sin agredir al causante de sus males, los que deciden hacer una pira con su cuerpo ante la mirada de los que les han jodido la existencia.


Cuentan que tres de esos estremecedores y compadecibles bonzos acaban de inmolarse en Egipto. También que el pobre y asfixiado hombre que decidió quemarse en Túnez influyó poderosamente en que la gente se echara a la calle logrando que el corrupto sátrapa saliera corriendo de su maltratado reino. Y cómo no, forrado de oro, en la certeza de casi todos los abyectos dictadores de cualquier parte acostumbran a morir de viejos, ricos, en su camita, rodeados por esa familia que tanto les quiere y les debe. En Occidente, los manifestantes no suelen inmolarse, pero está claro que la plebe se está mosqueando aquí y allá, que por muchos soldados que tengan los eternos estafadores, la brasa de la calle puede acabar en generalizado incendio.
C. BOYERO, EL PAÍS, 23/01/2011

PUNTO FINAL A LA PESADILLA


Las tempestades, quizás nadie pueda detenerlas, pero alguien tiene que avisar de ellas, prevenirnos de que llegan, alertar de la desolación que provocan, vigilarlas. Alguien tiene que permanecer despierto cuando todos están dormidos (de EL LIBRO DE VISITAS) .




¿HASTA DÓNDE PUEDE LLEGAR EL SER HUMANO?





PUNTO FINAL A LA PESADILLA

La democracia española ha triunfado contra los fanáticos que, arrogándose una representación que los ciudadanos vascos jamás les concedieron, asesinaron a más de 800 personas. ETA ha anunciado que abandona la violencia, la pesadilla ha terminado.

Los asesinatos de la banda terrorista sumieron en el desconsuelo a miles de hijos condenados a crecer sin el amor y la protección de sus padres, a los que nunca volverían a ver vivos después de un día fatídico en que salieron de sus casas, y violaron, en fin, el elemental derecho, no ya de cualquier ciudadano, sino de cualquier ser humano, a una vida cotidiana y sin miedo. Esa y no otra es la cosecha de los 43 años de historia criminal de ETA; esa y no otra es la responsabilidad que, al margen de la que incumbe a las leyes, han asumido los terroristas ante quienes padecieron su azote y quienes solo el azar libró de padecerlo, pero también ante ellos mismos. Porque son ellos, mejor que nadie, quienes saben que necesitan exhibir un impostado orgullo de patriotas revolucionarios para no verse reflejados cada mañana en el espejo como lo que son, hombres y mujeres con las manos manchadas de sangre.


Aseguran en su comunicado de renuncia al crimen que un tiempo nuevo se ha abierto en Euskadi, y tienen razón. Pero se cuidan mucho de decir que se ha abierto ese tiempo nuevo porque ellos, y solo ellos, han decidido no seguir manteniéndolo cerrado recurriendo a la mayor indignidad en la que ha incurrido desde siempre la violencia que se quiere política, y que consiste en elogiar el mal además de perpetrarlo. Si la democracia española ha triunfado es porque, gracias a su inquebrantable resistencia, ha llevado a los terroristas al punto en el que hoy se encuentran, y es que, como no se atreven a elogiar el mal, tampoco se atreven ya a perpetrarlo. Podrán decir que en estos interminables años de sufrimiento, también la democracia perpetró el mal en contadas ocasiones de furia y extravío. Y es verdad que lo perpetró, para vergüenza de los demócratas. Pero también para su honra, la democracia nunca lo elogió y nunca lo dejó impune, aplicando las mismas leyes, exactamente las mismas, con las que los terroristas eran enjuiciados por sus crímenes.

Crímenes inútiles


El tiempo nuevo que se ha abierto en Euskadi no es resultado de que la democracia se haya acercado a los terroristas, sino de que los terroristas, enfrentados a la inutilidad de sus crímenes, han decidido acogerse a ella. Podían haberlo decidido hace un año, una década, dos décadas o, incluso, más tiempo todavía. Por ejemplo, cuando la frágil democracia que ellos querían poner en jaque, provocando la reacción de los reductos todavía activos del franquismo, tuvo el inmenso coraje de concederles una amnistía completa y de ofrecerles la ocasión de publicar un comunicado exactamente en los mismos términos que el de ayer. Aquel sí era un tiempo verdaderamente nuevo para todos, no como este, que solo lo es para quienes, obstinándose en el crimen durante 30 años más, han terminado por convencerse de que nunca, nunca, conseguirían sus propósitos mediante el terror, y tratan ahora de salvar sus conciencias diciendo que abandonan porque el mundo a su alrededor ha cambiado, no porque ellos han asumido finalmente su derrota ante una democracia que es la misma de entonces, solo que con inconmensurable lastre de dolor.


La conferencia internacional a la que han recurrido los terroristas para solemnizar su final no merece ser enjuiciada, puesto que no ha sido otra cosa que un capítulo de su liturgia para anunciar lo único que, en definitiva, importaba, que es la renuncia al terror. La presencia de personalidades internacionales no pudo ocultar, sin embargo, que en esa ceremonia no se presentaron dos partes para firmar ninguna paz. La supuesta guerra, el supuesto conflicto cuyo final anticipaba era tan solo la guerra, el conflicto de una secta fanática que, entregada a un juego macabro, se erigió en ejército alucinado y se inventó otro enemigo, compuesto de ciudadanos que desarrollaban sus oficios ateniéndose a las leyes democráticas. Si alguna paz se ha firmado con el comunicado de ayer, es la de los terroristas consigo mismos. Y esa paz, tan unilateral como lo fue la supuesta guerra y el supuesto conflicto, no sirve para lo que, en último extremo, pretendían y pretenden los terroristas: para dotar de un sentido a sus crímenes, para convencerse ellos y convencer a quienes hasta ayer podían ser sus víctimas de que tanta muerte y destrucción ha servido para algo.


El mérito de todos
Se acerca una campaña electoral, la primera en la historia de la democracia española en la que los terroristas no estarán presentes. Lo estarán, en cambio, quienes durante todos estos años han defendido idénticas ideas a las que invocaban los terroristas y sin, además, rechazar sus execrables métodos. Si la democracia ha triunfado contra quienes asesinaban y extorsionaban, no hay razones para temer que sucumba a manos de quienes, sin armas, se han plegado a aceptar sus reglas. El triunfo de la democracia española sobre el terrorismo es el mérito de todos. Pero pocos responsables políticos españoles han trabajado más y mejor para arrinconar a ETA que Alfredo Pérez Rubalcaba. En sus cinco años como ministro del Interior, obviamente, pues ha sido la peor y definitiva época para la banda. Pero también en su participación como representante del PSOE en la firma del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. A partir de ahora es también la responsabilidad de todos hacer que la renuncia de los terroristas sea irreversible, que las instituciones democráticas sigan demostrando su fortaleza y que las víctimas de esta interminable locura no sufran, ahora que la violencia no les acecha, el oprobio que no logró mientras estuvo presente.


El más trágico problema que ha padecido la democracia española ha desaparecido, no porque haya llegado la paz, sino porque una secta de fanáticos ha desistido cuando esperaban que fuera la democracia española la que desistiera. Es la más poderosa razón para el orgullo, pero también para el recuerdo y el duelo por tantos ciudadanos que hoy no pueden contarse entre los que forman un país que quiere enfrentarse a sus muchas dificultades, sabiendo que la discrepancia no se volverá a pagar con la vida.

EL PAÍS, Editorial, 21 de octubre de 2011



En este enlace, las 829 víctimas de ETA:

http://www.elpais.com/especial/eta/victimas.html