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¿Es posible una sociedad, un mundo, sin la Filosofía?
Por supuesto que sí, pero...
una tertulia en la CADENA SER, con ESPERANZA RODRÍGUEZ, profesora de Filosofía, y MANUEL CRUZ, filósofo.
una tertulia en la CADENA SER, con ESPERANZA RODRÍGUEZ, profesora de Filosofía, y MANUEL CRUZ, filósofo.
DESCARTES: PONER EL MUNDO EN PIE
En la educación, la filosofía es esencial porque es la
historia de lo que somos
Los proemios son
declaraciones de intenciones y tenemos por cierto que siempre son buenas. El de
la ley de Educación también. Cuenta que el aprendizaje “va dirigido a formar
personas autónomas, críticas con pensamiento propio”. No añade “que no sepan
quién es Platón, Descartes ni Kant”, pongamos por caso. Eso que no dice, sin
embargo es lo que sucedería si el asunto no se arregla. Y bien, pudiera bien
ocurrir que alguien se preguntara por qué hay que saberse esos nombres. La
razón es elemental: sucede que son nuestros primeros maestros en eso de ser
personas autónomas, etc, etc. Escribimos con sus palabras y pensamos con los esquemas
de que nos proveyeron.
El pensamiento es la
energía más sutil y necesaria de cuantas existen. Una cosa hay que decir
además, es una energía cara. Para producir personas capaces de generarla
necesitamos todo el completo sistema educativo, que cuesta mucho, y una
sociedad que, con confianza, lo pague. En esos largos años en que nos educamos
aprendemos una larga cantidad de cosas que tienen de suyo el ser inútiles. Las
ciencias no son inmediatamente útiles, aunque puedan tener muy buenos
resultados. Quienes las cultivan lo hacen porque les gusta. Aristóteles fue el
primero que sepamos que se paró a pensar qué hacia diferente a las habilidades
de los saberes. Había gente habilidosa que sabía hacer cosas, edificios,
muebles .. y otra que sabía quedarse con la idea. Los primeros solían ser
buenos albañiles y los segundos eran algo más. Aquellos griegos, como que
estaban edificando mucho y bien, tenían afición a ejemplificar con los
arquitectos.
Volvamos a los que
sabían ese “algo más”. Estaba claro que no era útil el “algo más”. La utilidad
quedaba para hacer las cosas, pero pensarlas exigía un cierto talento y
entrenamiento en dejar vagar el pensamiento en libertad. Sigo con Aristóteles
porque lo tenía muy claro. Las teorías, las ciencias, son hijas del ocio, de la
falta de presión, del haber superado el diario buscarse la vida. Así lo cuenta
en la Metafísica. “Las teorías se desarrollaron allí donde primero
pudieron los hombres tener ocio, vagar; por eso las matemáticas aparecieron en
Egipto donde tenía ocio la gente sacerdotal”. El verbo que emplea para decir
“vagar o no trabajar con las manos” es esjolaso, una palabra
interesante porque de ella sacaron los romanos schola y nosotros
“escuela”. Si no hay tiempo de libertad no hay matemáticas, ni teoría alguna.
Es cosa sabida que el
mundo antiguo, que nos enseñó a vivir, porque seguimos siendo un remedo y
herencia del Imperio Romano, no tenía universidades. Había Maestros afamados
que abrieron escuelas donde se recibían las gentes de condición aristocrática y
futuros gobernantes. La de Posidonio en Rodas llegó a ser la mejor. Pero no
había enseñanzas regladas, exámenes ni títulos. Simplemente un alguien que
fuera a tener un gran papel en el mundo debía, imperiosamente, haber pasado una
parte de su vida practicando ese verbo que Aristóteles escribe, vagando,
haciendo un acúmulo de teoría, lo que significa de conocimientos y por ende
debates no inmediatamente útiles. Ya sabría esa persona sacarles utilidad
cuando, madura, tuviera ocasión para ello.
Bien pensado, aquí
seguimos esa estela: durante nuestra primera y media formación aprendemos una
larga serie de cosas que probablemente usemos muy pocas veces. Nociones de casi
todo, de las dichas matemáticas, de gramática, de geografía, de física, de
historia, de cristalografía o de prehistoria.. que no usaremos probablemente
nunca. Pero nos gusta saber que se quedan ahí, porque son además como escalones
que nos permitirán acceder después a otros saberes más complejos. Nos vamos
entrenando, por así decir.
De entre esas cosas
algunas son extrañas y la filosofía la más extraña. Porque es un saber del que
muchas sociedades han prescindido. Para hacernos clara cuenta de su profundidad
debemos estudiar detenidamente su historia, que es fascinante. Nace con Grecia
y nos acompaña desde entonces, cambiando y modulándose sin descanso, con unas
teorías subiendo sobre otras hasta componer un edificio asombroso al que
conocemos por el nombre de pensamiento. Porque no es cierto que la filosofía
enseñe a pensar. A pensar nos entrena, pero nos enseña sobre todo, lo pensado,
lo que ha sido pensado y su porqué. En un enorme flujo de ideas y
argumentaciones que, en volandas, nos ha traído hasta nuestro presente. En
realidad navegamos sobre él. En la cabeza de cualquier persona culta bullen
pensamientos que alguna vez se sumaron a ese río enorme. Los tomamos por
nuestros, y lo son, pero nos los proporcionaron quienes nos precedieron. Todos
estos pensamientos están, además, vivos, y mantienen entre ellos los amores y
aversiones con que salieron de sus primeras fábricas. Disputan.
A veces lo peculiar
de nuestra tradición nos sorprende: parece un enorme e insensato derroche de
inteligencia. Pero luego nos damos cuenta de que, con toda esa masa, hemos
hecho cosas. No son solamente ideas, sino instituciones, comportamientos,
reglas y costumbres. Parte de nuestra política se la debemos a Locke, de
nuestro sentido del humor a Voltaire, de nuestra manera de tratar a los demás a
Kant, de lo que entendemos por vivir bien a Epicuro. Eso nos sucede porque ese
saber está intrínsecamente vinculado a lo que somos, nos ha moldeado en realidad.
Para confesarlo todo, hay que decir que somos la primera humanidad producto de
un diseño del cual las ideas filosóficas fueron las principales autoras. Somos
una “humanidad pensada”, el resultado de la imaginación ética y política de
quienes dieron el gran salto que nos separó del mero sucederse natural. Nuestra
concepción se realizó en las poderosas mentes que dieron camino a la
Modernidad. Y sabemos lo que es la Modernidad porque nos hemos hecho cargo de
ese enorme monto reflexivo en que consistimos.
La historia de las
ideas, la historia de la filosofía, es la historia de lo que somos y de por qué
lo somos. Está todo ahí. De Spinoza a Darwin; de Hegel a Freud. De Tocqueville
a Beauvoir. En el pensamiento casi ningún camino es imposible. La filosofía no
sólo forma parte del núcleo duro de las Humanidades, sino que es la raíz misma
de aquello en que nuestra civilización consiste. Su historia es nuestra
historia. Cuando nos narramos, cuando queremos saber y decir quiénes somos,
debemos invocarnos como progenie de Sócrates, de Platón, de Hume, de
Montesquieu, en fin, de cuantas innovaciones conceptuales, institucionales y
morales nos han traído al momento presente.
Por esa persistente
peculiaridad, la filosofía y su historia forman parte del saber de una persona
que haya recibido un cierto monto de educación, como lo vemos aquí y en nuestro
entorno. No siempre las entendemos al completo, pero sabemos que nos hablan de
asuntos profundos que debemos guardar y transmitir. Venimos de ahí; somos lo
que somos por ese origen. No somos súbditos ni adoradores, aunque obedezcamos y
quizás oremos, sino gentes de las ideas. Ellas son nuestros muros firmes.
Descartes nos puso de pie. Y así, como nos puso, debe ser contemplado el mundo.
Eso lo tenemos que seguir sabiendo y trasmitiendo. Que Descartes no es lo que
sobra cuando queremos prescindir utilitariamente de algo, sino el filósofo que,
fiado solo en la razón, nos puso en el mundo de pie.
Y no puede llega a
ocurrir que ante la mención de su nombre, u otro cualquiera de los grandes
nombres de esa espléndida historia, alguien rezongue o responda “¿Quién?...
¿mande?”.
A. VALCÁRCEL, EL
PAIS, 7/VI/2013
¿Mejor sin la filosofía?
EL INICIO DE LA BARBARIE Y EL FIN DE LA FILOSOFÍA
Quiero sostener aquí que existe una relación necesaria
entre la barbarie y el fin del pensamiento o de la filosofía. Y quiero decir
que nuestra crisis económica, ya larga, tiene sus orígenes más lejos todavía,
hace unas décadas y que hace cuatro décadas se tomó como decisión seguir un
modo de pensamiento que después, con el tiempo, se ha ido perfeccionando. Y que
ese modo de pensamiento llevaba aparejado el fin del mismo pensamiento. Y eso
es en lo que nos encontramos ahora. La crisis europea es una crisis del
pensamiento, de la filosofía que sostiene y estructura nuestra visión del mundo
y le otorga valores a través de los cuáles se producen y vertebran nuestras
relaciones con los demás y con el propio mundo. Por tanto es una crisis
filosófica y ética. Pero que en el fondo obedecen a una falsa filosofía y a una
falsa ética que nos llevan a la barbarie. Y la barbarie son los totalitarismos,
el fascismo y la ausencia del pensamiento. Es decir la pérdida de la
ciudadanía, la libertad, los derechos y la caída en la sumisión y el vasallaje.
Es eso lo que se ha iniciado hace unos años y es esto lo que se refleja en la
eliminación de la filosofía y la ética en los planes de estudio de la nueva ley
educativa que se quiere promover. La ley es una consecuencia directa de esa
falsa filosofía, la filosofía del mercado y de la reducción de los valores a
los del consumo, el éxito, la fama, el tener, el hedonismo superfluo, el
egoísmo ramplón y la inconsciencia de pertenecer a la polis, al estado. Es
decir, la falta de pensamiento y de ética.
El pensamiento es la gran apuesta de occidente, el
gran invento griego. El pensamiento, el logos, nació como la capacidad que el
hombre tiene por medio de su razón y su crítica de entender el mundo y ordenar
el estado. Es el milagro griego. Es el origen de la civilización frente a la
barbarie. Porque el logos, la razón, el pensamiento, sustituyen al poder de la
superstición, al poder del más fuerte, a la tiranía,… El logos nos permitió
entender el mundo, explicarlo desde la razón, comprender las fuerzas que lo
gobiernan. Y ello nos hizo libres, tanto de la tiranía del mundo, como de la
tiranía política de aquellos que utilizaban la ignorancia del mundo para
inventar mitos y supersticiones que no tienen otro objetivo que el dominio y la
explotación del hombre.
Por eso, la filosofía nos ayuda a comprender el mundo,
es la madre de las ciencias y su guía. Porque la filosofía es cosmovisión, te
ayuda a tener una visión global e integradora del saber. Es una disciplina
absolutamente necesaria en el mundo de hiperespecialización en el que vivimos.
Nos aporta una luz general y un poco de orden y de sentido común que nos
permiten no perdernos en el marasmo de la especialización y del saber hacer,
frente al mero saber por el hecho de saber. La filosofía también nos ayuda a
entender la ciencia, a plantearnos sus relaciones con otros ámbitos de la
sociedad, porque la ciencia no es neutral, la ciencia actúa dentro de un
complejo industrial, político, social y militar. Y la ciencia, tampoco está
exenta de valores. Y los valores son un objeto propio de estudio filosófico,
concretamente la ética. La ciencia nos enseña cómo es el mundo y su aplicación,
que tiene mucho que ver con lo político, con lo empresarial y económico, y con
lo militar, nos permite gobernarlo y aprovecharlo. La filosofía nos permite
entender este fenómeno. Y la ética, como saber normativo que es, nos permite
valorar el saber tecnocientífico. Lo cual es algo importante porque de esta
manera la ética es una guía sobre el deber ser de la ciencia, ya que la ciencia
no puede estar en manos sólo de la política económica y del mercado. De esta
forma la tecnociencia se convierte en un instrumento del poder que aliena al
hombre y le sirve al propio poder para tratar al hombre como un instrumento y a
la naturaleza como objeto meramente de explotación. La filosofía es un saber
que nos hace pensar sobre todo esto y que nos sirve para entender mejor la
ciencia y con ello entender mejor a la sociedad y evitar los males, por un
lado, de los aprendices de brujo y, por otro, de la ambición de los poderosos y
de los ricos. La filosofía nos da una visión integradora de la ciencia en tanto
que es conocimiento del mundo y también acción sobre el mundo. También nos
ofrece una visión integradora del mundo porque la filosofía es un discurso de
segundo orden que, partiendo de las ciencias, nos ofrece una visión global y
unitaria del mundo. Le otorga un sentido que la ciencia, como saber sólo
teórico y absolutamente especializado, no le da. Pero sí la filosofía, porque ésta
en tanto que ética se permite valorar. Por eso la filosofía es un saber
necesario que nos permite una unificación del hombre y el mundo, que nos aporta
un sentido dentro del mundo y la sociedad. Pero un sentido racional que excede
la opinión, la creencia y la superstición. Un saber que va más allá de lo
obvio, de las apariencias y de las meras opiniones. Por eso la filosofía es un
saber civilizador que nos hizo salir de la barbarie en la que triunfa la
fuerza, el desorden, el caos, la superstición. Un mundo -el de la barbarie- en
el que no existe el pensamiento, sino la fuerza, un mundo oscuro, una caverna
llena de sombras y temores. Un mundo gobernado por el miedo y el pavor. De ese
mundo salimos y nos sacó la filosofía. Y a ese mundo nos hemos empezado a
dirigir en las postrimerías del siglo XX y los inicios del XXI. Por eso el
inicio de la barbarie es el anuncio de la muerte de la filosofía. Y por eso
nuestra crisis es filosófica y de ahí que sea absolutamente urgente su
recuperación. Porque la filosofía es libertad y lucha contra la tiranía de
cualquier orden.
Y de ahí que la filosofía esté causalmente vinculada a
la democracia. No hay democracia sin filosofía, ni filosofía sin democracia.
Por eso no ha de extrañar que sea en un momento de déficit absoluto de la
democracia cuando se plantea la eliminación de la filosofía. Hay que eliminar
ese rescoldo de pensamiento para que no renazca una democracia sana que no esté
secuestrada por los poderes económicos, mediáticos, políticos… La democracia
aparece en Grecia de la mano de la filosofía y la filosofía se desarrolla en
Grecia dentro del ámbito político de la democracia. Democracia es diálogo. Que
el logos, la razón es común, no relativo. El relativismo es otra forma de
muerte de la democracia, si todas las opiniones son iguales, si todas son
equivalentes, al final la opinión que sirve es la del más fuerte, he aquí el
fascismo emergiendo de la propia democracia. Y eso es hoy en día lo que ha
ocurrido cuando se ha establecido la equivalencia de las opiniones. Se ha
eliminado el pensamiento y con él la filosofía. Se ha eliminado, en definitiva,
la democracia. Se nos ha confundido por parte del poder político y se nos ha
hecho pensar en una equivalencia que no es tal, la supuesta equivalencia entre
la libertad de expresión y el respeto de las opiniones. Pues no, una cosa es la
isegoría, la libertad de expresión, y otra el respeto a cualquier opinión. Lo
que la democracia y la filosofía que la sustentan nos dicen es que lo
respetable son las personas y que las opiniones son para debatirlas. El respeto
a las opiniones por ser tales es la pérdida del diálogo, el pensamiento y, con
ello, abrir la puerta a la opinión del más fuerte. Es decir, a la tiranía. Es
abandonar la civilización para caer en la barbarie. Barbarie tecnocrática,
precisamente, que es en la que nos encontramos por el engaño del poder que nos
ha hecho abandonar el pensamiento. Y por eso defendemos aquí la vinculación
causal de democracia y filosofía. Sin filosofía no hay democracia y sin ésta lo
que hay es barbarie: fascismo, totalitarismo, tiranía, absolutismo, fanatismo,
violencia…hoy en día nos encontramos en una barbarie tecnocrática y un fascismo
del mercado, una ausencia de valores y de ética y una democracia de papel.
Y otra de las características, por último, de la
democracia, por la cual nos civilizamos, es la isonomía. La igualdad ante la
ley. Todos somos iguales ante la ley y la ley tiene su origen en el pueblo. La
ley no es arbitraria, no depende del poder del más fuerte, ni del más rico, ni
del clero. La ley emana del pueblo y nadie está por encima de la ley. Esto es
lo que nos enseña la democracia y ésta es la conquista filosófica, que tiene
como modelo ejemplar a Sócrates, “a las leyes, o se las convence, o se las
obedece” que nos saca de la barbarie. Pero hoy vemos que comienza a triunfar la
barbarie. Que las leyes no son igual para todos. Que las leyes se hacen con una
intencionalidad que no es la del pueblo, sino la de distintos poderes, el
político y sobre todo el económico. Estamos en el filo de la barbarie. Estamos
al borde del abismo que es el fascismo y la tiranía que emergen del estado de
barbarie, la oscuridad de la sinrazón. De ahí la necesidad absoluta del saber
filosófico, de la ética, los únicos saberes que pueden revitalizar la
democracia. Y de ahí que nuestra crisis sea ética y filosófica. Más aún, es una
crisis de nuestra civilización, es el fin del pensamiento y el comienzo de la
barbarie.
J.P. VIÑUELA
El filósofo que nos recuerda el camino
La palabra griega filósofo (philosophós) se formó
en oposición a sophós. Se trata del amante del conocimiento, del saber, a
diferencia de aquel que estando en posesión del conocimiento se llamaba
sapiente o sabio. Este sentido de la palabra ha persistido hasta hoy: la busca
de la verdad, no la posesión de ella, es la esencia de la filosofía. (…)
Filosofía quiere decir, ir de camino. Sus preguntas son más esenciales que sus
respuestas, y toda respuesta se convierte en una nueva pregunta.
K. JASPERS, La filosofía
y un fragmento de documental, un AUTORRETRATO
K. JASPERS, La filosofía
La monstruosidad de la filosofía
Antes de lanzarme a las inmensas profundidades de la filosofía que yacen ante mí, me siento inclinado a detenerme por un momento en mi situación presente, y a sopesar el viaje emprendido, que requiere sin duda el máximo de arte y aplicación para ser llevado a feliz término. Me siento como alguien que, habiendo embarrancado en los escollos y escapado con grandes apuros del naufragio gracias a haber logrado atravesar un angosto y difícil paso, tiene sin embargo la temeridad de lanzarse al mar en la misma embarcación agrietada y batida por las olas, y lleva además tan lejos su ambición que piensa dar la vuelta al mundo bajo estas poco ventajosas circunstancias. Mi memoria de los errores y perplejidades pasadas me hace desconfiado para el futuro.
La mezquina condición, debilidad y desorden de las facultades que debo emplear en mis investigaciones aumentan mi aprensión. Y la imposibilidad de enmendar o corregir estas facultades me reduce casi a la desesperación, y me induce más a quedarme a morir en la estéril roca en que ahora me encuentro que a aventurarme por ese océano ilimitado que se pierde en la inmensidad. Esta repentina visión del peligro me llena de melancolía; y como a esta pasión le es habitual, por encima de todas las demás, gozarse en su propia desventura, no puedo dejar de alimentar mi desesperación con todas esas desesperadas reflexiones que el asunto presente me ofrece con tanta abundancia.
En primer lugar, me siento asustado y confundido por la desamparada soledad en que me encuentro con mi filosofía; me figuro ser algún extraño monstruo salvaje que, incapaz de mezclarse con los demás y unirse a la sociedad, ha sido expulsado de todo contacto con los hombres, y dejado en absoluto abandono y desconsuelo. De buena gana correría hacia la multitud en busca de refugio y calor, pero no puedo atreverme a mezclarme entre los hombres teniendo tanta deformidad.
Llamo a otros para que se me unan y nos hagamos compañía aparte de los demás, pero nadie me escucha. Todo el mundo permanece a distancia, temiendo la tormenta que cae sobre mí por todas partes. Me he expuesto a la enemistad de todos los metafísicos, lógicos, matemáticos y teólogos: ¿podría extrañarme entonces de los insultos que debo recibir? He dicho que desaprobaba sus sistemas: ¿deberé extrañarme entonces que ellos odien el mío y también a mi persona? Cuando miro a mi alrededor presiento por todas partes disputas, contradicciones, ira, calumnia y difamación. Cuando dirijo la vista a mi interior, no encuentro sino duda e ignorancia.
El mundo entero conspira para oponerse a mí y contradecirme, a pesar de que mi debilidad sea tan grande que sienta que todas mis opiniones se desvanecen y cae cuando no están sostenidas por la aprobación de los demás. Cada paso que doy lo hago dudando, y cada nueva reflexión me hace temer un error y un absurdo en mi razonamiento
En efecto, ¿con qué confianza puedo aventurarme a tan audaces empresas, cuando además de estas innúmeras debilidades que me son propias encuentro muchas otras comunes a la naturaleza humana? ¿Cómo puedo estar seguro de que al abandonar todas las opiniones establecidas estoy siguiendo la verdad, y con qué criterio la distinguiré aun si se diera el caso de que la fortuna me pusiera tras sus pasos? Después de haber realizado el más preciso y exacto de mis razonamientos, soy incapaz de dar razón alguna por la que debiera aprobar dicho razonamiento: lo único que siento es una intensa inclinación a considerar intensamente a los objetos desde la perspectiva en que se me muestran.
(…) El examen intenso de estas contradicciones e imperfecciones múltiples de la razón humana me ha excitado, y ha calentado mi cabeza de tal modo, que estoy dispuesto a rechazar toda creencia y razonamiento, y no puedo considerar ninguna opinión ni siquiera como más probable o verosímil que otra. ¿Dónde estoy, o qué soy? ¿A qué causas debo mi existencia y a qué condición retornaré? ¿Qué favores buscaré, y a qué furores debo temer? ¿Qué seres me rodean; sobre cuál tengo influencia, o cuál la tiene sobre mí? Todas estas preguntas me confunden, y comienzo a verme en la condición más deplorable que imaginarse pueda, privada absolutamente del uso de sus miembros y facultades.
Pero por fortuna sucede que, aunque la razón sea incapaz de disipar estas nubes, la naturaleza misma se basta para este propósito, y me cura de esa melancolía y de este delirio filosófico, bien relajando mi concentración mental o bien por medio de alguna distracción: una impresión vivaz de mis sentidos, por ejemplo, que me hace olvidar todas estas quimeras. Yo como, juego una partida de ajedrez, charlo y soy feliz con mis amigos; y cuando retorno a estas especulaciones después de tres o cuatro horas de esparcimiento, me parecen tan frías y ridículas que no me siento con ganas de profundizar más en ellas.
He aquí, pues, que me veo absoluta y necesariamente obligado a vivir, hablar y actuar como las demás personas en los quehaceres cotidianos. Pero, a pesar de mi inclinación natural y de que el curso de mis espíritus animales y mis pasiones me reduzcan a esta pasiva creencia en las máximas generales del mundo, sigo sintiendo tantos vestigios de mi anterior disposición que estoy dispuesto a tirar todos mis libros y papeles al fuego, y decidido a no renunciar nunca más a los placeres de la vida en nombre del razonamiento y la filosofía, pues así son mis sentimientos en este instante de humor sombrío que ahora me domina. Puedo aceptar, es más, debo aceptar la corriente de la naturaleza, y someter a ella mis sentidos y mi entendimiento. Y es en esta sumisión ciega donde muestro a la perfección mi disposición y mis principios escépticos.
D. HUME, Tratado de la naturaleza humana, libro 1, sección VII
En PARA SABER aún MÁS, el capítulo completo.
La vida buena, el objetivo de la filosofía
…sin filosofía no se puede entender nada del mundo en que vivimos. Es el tipo de formación más clarificadora que existe, bastante más que la que proporcionan las ciencias históricas. ¿Por qué? Simplemente porque la práctica totalidad de nuestros pensamientos, de nuestras convicciones, pero también de nuestros valores, se inscriben, sin que nosotros seamos conscientes en todo momento, en el marco de alguna de las grandes visiones del mundo elaboradas y estructuradas por el hilo que recorre la historia de las ideas. Resulta indispensable comprenderlas para poder hacerse con su lógica, tener amplitud de miras, entender lo que está en juego, etcétera.
Algunas personas pasan gran parte de su vida anticipando las desgracias, preparándose para la catástrofe (la pérdida de un empleo, un accidente, una enfermedad, la muerte de un ser querido…). Otras, por el contrario, viven aparentemente en la despreocupación más absoluta. Pero tanto unos como otros consideran que las cuestiones de este tipo no deben gozar de derecho de ciudadanía en la existencia cotidiana, que proceden de un gusto por el morbo que conviene calificar de patológico. ¿Acaso saben, tanto unos como otros, que estas actitudes hunden sus raíces en visiones del mundo cuyos defensores y detractores ya las han explorado con una profundidad inaudita desde los tiempos de los filósofos de la Grecia antigua?
La opción por una ética igualitaria y no aristocrática, la elección de una estética romántica en vez de una clásica, el apego o el desapego hacia las cosas y los seres teniendo en cuenta el hecho de la muerte, la adhesión a ideologías políticas autoritarias o liberales, amar la naturaleza y los animales más que a los hombres, al mundo salvaje más que a la civilización, todas estas opciones y muchas más formaron parte de grandes construcciones metafísicas antes de convertirse en opiniones que se ofrecen, como si de un gran mercado se tratase, al consumo de los ciudadanos. Los desacuerdos, los conflictos, las posturas que se adoptaron en los orígenes, siguen estando en la base, lo sepamos o no, de nuestras reflexiones y nuestros propósitos. Estudiarlos hasta el límite que esté a nuestro alcance, captar sus fuentes más profundas, supone dotarse de los medios no sólo para ser más inteligentes, sino también más libres. No veo en nombre de qué deberíamos privarnos de esta posibilidad.
Pero, a la vez que ganamos en comprensión, en inteligencia respecto a nosotros mismos y a los demás a través del estudio de las grandes obras de nuestra tradición, debemos tener presente que de lo que se trata, simplemente, es de que pueden ayudarnos a vivir mejor, con más libertad. Muchos pensadores contemporáneos lo dicen hoy, cada cual a su manera. En ocasiones uno no filosofa para divertirse; tampoco únicamente para comprender el mundo o entenderse a sí mismo, sino «para salvar el pellejo ». A través de la filosofía podemos vencer los miedos que paralizan nuestra vida, y es un error creer que la psicología podría sustituirla hoy en esta tarea. Aprender a vivir, a dejar de temer en vano los diversos rostros de la muerte o, simplemente, aprender a superar la banalidad de la vida cotidiana, el aburrimiento y el tiempo que pasa, éste fue el primer objetivo que se fijaron las escuelas de la Antigüedad griega. Merece la pena entender su mensaje porque, a diferencia de lo que sucede en el ámbito de la historia de las ciencias, las filosofías del pasado nos siguen hablando. He aquí un extremo que ya por sí solo merece que le dediquemos una reflexión.
L. FERRY, Aprender a vivir
En este enlace se puede leer el prólogo de la obra completo. Cortesía de la editorial Taurus

Si os tomáis el tiempo de echar un vistazo a las obras de síntesis, manuales escolares o diversos libros de iniciación que normalmente pretenden introducir a la filosofía, veréis que casi siempre se la define como un arte de la reflexión, un ejercicio de espíritu crítico, incluso como una iniciación a la argumentación.
(…) Se ha extendido la convicción de que esta disciplina, esencialmente crítica radicaría en primer lugar y ante todo en la facultad de sorprenderse, de ponerse en cuestión a sí mismo y a los demás, de manera que, sería más bien el arte de las preguntas que el de las respuestas…Me temo que esta manera de ver las cosas corre el peligro de induciros al error.
La filosofía no tiene nada que ver con ese arte de la reflexión crítica al que tantas veces se la ha querido reducir. No es que, entiéndase bien, no recurra a él. Está claro que siempre es preferible reflexionar, argumentar y pensar por uno mismo más que como un papagayo. Pero es igualmente verdad en todas las demás disciplinas de la vida del espíritu: ¿quién se atrevería a sostener de veras que un matemático, un biólogo, un artista, un escrito, y también una madre de familia, un periodista, e incluso un político, no reflexionan ni argumentan, y a ser posible por sí mismos? Nada de eso es específico de la filosofía. Todo el mundo reflexiona y argumenta como todo el mundo dice I love you. Pretender que la filosofía tuviera en ello cualquier tipo de monopolio es simplemente ridículo.
La filosofía, todas las grandes visiones filosóficas desde Platón hasta Nietzsche, son grandiosas tentativas de ayudar a los humanos a acceder a una buena vida, superándolos miedos y las pasiones tristes que les impiden vivir bien, ser libres, lúcidos y, en la medida de lo posible, serenos, amantes y generosos. Si se designa con la palabra salvación el hecho de ser salvado (es la misma etimología) de un gran peligro o de una gran desgracia, entonces las grandes visiones filosóficas del mundo son ante todo y sobre todo doctrinas de salvación. Ésta se hace por medio de la razón –y no de la fe, como las religiones-. Su objetivo es ayudarnos a superar los miedos que impiden a los seres humanos vivir bien, libres, capaces de pensar y amar.
Sin duda me diréis que esto suena demasiado religioso para ser sincero y que al querer definir así la filosofía se corre el riesgo de no ver la diferencia con las religiones.
(…) Es verdad que las grandes religiones también nos prometen que podremos superar nuestros miedos más profundos y lograr así una buena vida gracias a ellas. No obstante, lo hacen con una condición muy clara: que para ello nos entreguemos enteramente y sin reserva a un Dios trascendente en el que debemos tener fe y confianza (no en vano la palabra latina fides designa por sí sola los dos componentes de la creencia religiosa). Para ser salvado hay que pasar por la fe y por Otro. La filosofía nos promete lo mismo pero nos asegura que podemos conseguirlo por la razón y por nosotros mismos. Diferencia abismal…
L. FERRY, Vencer los miedos
A vueltas con Sócrates ... La filosofía como defensa
«Sólo sé que no sé nada», comenta Sócrates, y se trata de una afirmación que hay que tomar -a partir de lo que Platón y Jenofonte contaron acerca de quien la profirió- de modo irónico, «Sólo sé que no sé nada» debe entenderse como: «No me satisfacen ninguno de los saberes de los que vosotros estáis tan contentos. Si saber consiste en eso, yo no debo saber nada porque veo objeciones y falta de fundamento en vuestras certezas. Pero por lo menos sé que no sé, es decir que encuentro argumentos para no fiarme de lo que comúnmente se llama saber. Quizá vosotros sepáis verdaderamente tantas cosas como parece y, si es así, deberíais ser capaces de responder mis preguntas y aclarar mis dudas. Examinemos juntos lo que suele llamarse saber y desechemos cuanto los supuestos expertos no puedan resguardar del vendaval de mis interrogaciones. No es lo mismo saber de veras que limitarse a repetir lo que comúnmente se tiene por sabido. Saber que no se sabe es preferible a considerar como sabido lo que no hemos pensado a fondo nosotros mismos. Una vida sin examen, es decir la vida de quien no sopesa las respuestas que se le ofrecen para las preguntas esenciales ni trata de responderlas personalmente, no merece la pena de vivirse». O sea que la filosofía, antes de proponer teorías que resuelvan nuestras perplejidades, debe quedarse perpleja. Antes de ofrecer las respuestas verdaderas, debe dejar claro por qué no le convencen las respuestas falsas. Una cosa es saber después de haber pensado y discutido, otra muy distinta es adoptar los saberes que nadie discute para no tener que pensar. Antes de llegar a saber, filosofar es defenderse de quienes creen saber y no hacen sino repetir errores ajenos. Aún más importante que establecer conocimientos es ser capaz de criticar lo que conocemos mal o no conocemos aunque creamos conocerlo: antes de saber por qué afirma lo que afirma, el filósofo debe saber al menos por qué duda de lo que afirman los demás o por qué no se decide a afirmar a su vez. Y esta función negativa, defensiva, crítica, ya tiene un valor en sí misma, aunque no vayamos más allá y aunque en el mundo de los que creen que saben el filósofo sea el único que acepta no saber pero conoce al menos su ignorancia.
F. SAVATER, Las preguntas de la vida
Manifiesto de profesores y estudiantes de Filosofía en apoyo a las movilizaciones sociales del 15 de Mayo
Transcurrido más de un mes del movimiento 15-M y después de la cobertura interesada que los medios de comunicación dieron en un principio al acontecimiento en función de sus respectivos cálculos electorales, se ha puesto de manifiesto en algunos de ellos una creciente labor de desinformación y simplificación. Estas malas prácticas no sólo se desarrollan desde una aproximación sesgada que reduce cualquier testimonio de su realidad plural a sus anécdotas, sino por medio de caricaturas orientadas a desfigurar la dimensión sociopolítica y genuinamente democrática del fenómeno.
Puesto que creemos que el pensamiento filosófico, más allá de las corrientes que integra y por coherencia con su larga tradición, tiene un compromiso ineludible con su presente, no podemos sino saludar con entusiasmo un proceso colectivo que ha sacudido la atmósfera de cinismo y apatía generalizados que imperaban en nuestras sociedades, contribuyendo a intensificar la reflexión sobre la dignidad humana, la conciencia crítica y el espíritu cívico.
Más allá de los reduccionismos generacionales, doctrinarios e incluso higiénicos bajo los que el movimiento se intenta presentar en determinados medios, los aquí firmantes apoyan el modo en que el 15-M ha ampliado el radio de acción desde el que muchos hombres y mujeres hoy comienzan a plantear preguntas en torno a sus derechos y deberes. Fue esta inesperada y esperanzadora irrupción de la ciudadanía en la vida política española lo que eclipsó la campaña electoral y obtuvo la simpatía de grandes sectores de la población nacional e internacional.
En este sentido, y frente a aquellas fuerzas que desean minimizar el alcance reivindicativo de los recientes acontecimientos, manifestamos que el significado de las protestas rebasa con creces el contexto específico de la crisis política española. La indignación que se expresa en las calles y plazas de este rincón del mundo no puede ser amordazada en una coyuntura tan estrecha: está exigiendo una reflexión de alcance global sobre el curso del presente europeo y mundial, pues se enfrenta a fenómenos universales, tales como la presión del poder económico-financiero sobre nuestras opciones legítimas de decisión, la cínica indolencia ante la miseria y la injusticia en otros lugares del planeta o la conversión progresiva del ser humano en mercancía.
Desacreditar perezosamente este malestar como un gesto antisistema significa no sólo ignorar el civismo responsable que está desarrollándose en los grupos de trabajo, asambleas y plazas de toda España, sino que sólo sirve como coartada para impedir una necesaria reflexión sobre el imparable adelgazamiento de las instituciones públicas en las últimas décadas y, más en general, sobre el vacío que amenaza nuestro modo de vida basado en la democracia de competencia entre partidos distorsionados por oligarquías, un capitalismo que no respeta ningún pacto social que no aumente sus beneficios y la reducción de la existencia cotidiana a una pugna por ascender en jerarquías que se multiplican en todos los órdenes.
La recuperación del tejido político representada por el movimiento, su crítica a la “dictadura de los mercados”, va unida a una reivindicación de una moral, personal y ciudadana, que trasciende las coyunturas políticas y económicas presentes. Cualquier profesional de la filosofía debe discutir críticamente este movimiento, pero a condición de escucharlo con respeto y de reconocer en él elementos impresionantes de progreso de la ilustración política y de aumento de la autenticidad existencial. Asimismo, como lamentablemente ha puesto de manifiesto el “Plan Bolonia”, el futuro de las instituciones educativas no puede deslindarse de este debate.
No estaría el pensamiento a la altura de su función si esta apuesta social por la creatividad y la imaginación políticas quedara en segundo plano tras labores exclusivamente académicas; si toda esta generosidad colectiva sólo encontrara indiferencia por parte de nuestra comunidad; si, por último, todo este aprendizaje cívico fuera ninguneado en nuestras aulas y seminarios, universitarios o escolares.
Por ello, toda movilización social que ponga en práctica tales capacidades y que genere esperanzas para una sociedad más participativa y justa merece nuestro incondicional apoyo.
Jacobo Muñoz Veiga (Catedrático de Filosofía);
Francisco Vázquez García (Catedrático de Filosofía, Universidad de Cádiz);
Miguel Morey Farré (Catedrático emérito de Filosofía, Universidad de Barcelona)
Manuel Cruz (Catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona
Antoni Domènech (Catedrático de Filosofía del Derecho, Moral y Política, UB
Antonio Campillo Meseguer (Catedrático de Filosofía y Decano de la Facultad de Filosofía. Universidad de Murcia).
Julián Sauquillo (Catedrático de Filosofía del Derecho, UAM)
Víctor Gómez Pin (Catedrático de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona )
José María Ripalda Crespo (Catedrático de Filosofía de la UNED)
y más cien firmas más a 2 de julio.
Para buscarlo y encontrarlo:
http://filosofiaconel15m.wordpress.com/
El hombre que dice no.
Pero negar no es renunciar: es también un hombre que dice sí desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes durante toda su vida, juzga de pronto inaceptable una nueva orden. ¿Cuál es el contenido de ese ‘no’? Significa, por ejemplo, ‘las cosas han durado ya demasiado’, ‘hasta ahora, sí; en adelante, no’ ‘vais demasiado lejos’ y también ‘hay un límite que no pasaréis’ en suma, ese no afirma la existencia de un frontera. Vuelve a encontrarse la misma idea de límite en ese sentimiento del rebelde de que el otro ‘exagera’, de que extiende su derecho más allá de una frontera a partir de la cual otro derecho le hace frente y lo limita. Así, el movimiento de rebelión se apoya, al mismo tiempo, en el rechazo categórico de una intrusión juzgada intolerable y en la certidumbre confusa de un buen derecho; más exactamente, en la impresión del rebelde de que ‘tiene derecho a…’ La rebelión va acompañada de la idea de tener uno mismo, de alguna manera y en alguna parte, razón. En esto es en lo que el esclavo rebelado dice al mismo tiempo sí y no. Afirma, al mismo tiempo que la frontera, todo lo que sospecha y quiere preservar más acá de la frontera. Demuestra con obstinación, que hay en él algo que ‘vale la pena de…’, que exige vigilancia. De cierta manera opone al orden que lo oprime una especie de derecho a no ser oprimido más allá de lo que puede admitir. (...)
Lo que era al principio una resistencia irreductible del hombre, se convierte en el hombre entero que se identifica con ella y se resume en ella. Esa parte de sí mismo que quería hacer respetar la pone entonces por encima de lo demás y la proclama preferible a todo, inclusive a la vida. Se convierte para él en el bien supremo. Instalado anteriormente en un convenio, el esclavo se arroja de un golpe ("puesto que es así...") al Todo o Nada. La conciencia nace con la rebelión. Pero se ve que es conciencia, al mismo tiempo, de un "todo" todavía bastante oscuro y de una "nada" que anuncia la posibilidad de que se sacrifique el hombre a ese todo. El rebelde quiere serlo todo, identificarse totalmente con ese bien del que ha adquirido conciencia de pronto y que quiere que sea, en su persona, reconocido y saludado; o nada, es decir, encontrarse definitivamente caído por la fuerza que le domina. Cuando no puede más, acepta la última pérdida, que le supone la muerte, si debe ser privado de esa consagración exclusiva que llamará, por ejemplo, su libertad. Antes morir de pie que vivir de rodillas.. (...)
Pero, para terminar, ¿esta rebelión y el valor que contiene no son relativos? En efecto, con las épocas y las civilizaciones parecen cambiar las razones por las cuales el hombre se subleva. Es evidente que un paria hindú, un guerrero del imperio Inca, un primitivo del África Central, o un miembro de las primeras comunidades cristianas, no tenían la misma idea de la rebelión. Se podría afirmar también, con una probabilidad extremadamente grande, que la idea de rebelión no tiene sentido en estos casos precisos. Sin embargo, un esclavo griego, un siervo, un condotiero del Renacimiento, un burgués parisiense de la Regencia, un intelectual ruso de la primera década de 1900 y un obrero contemporáneo, si bien podrían diferir con respecto a las razones de la rebelión, estarían de acuerdo, sin duda alguna, en cuanto a su legitimidad. Dicho de otro modo, el problema de la rebelión parece no adquirir un sentido preciso sino dentro del pensamiento occidental. (...)
Advirtámoslo antes de proseguir, el fundamento de ese valor es la rebelión misma. La solidaridad de los hombres se funda en el movimiento de rebelión y éste, a su vez, no encuentra justificación sino en esa complicidad. Tendremos, por lo tanto, derecho a decir que toda rebelión que se autoriza a negar o a destruir esta solidaridad pierde por ello el nombre de rebelión y coincide en realidad con un consentimiento homicida. Del mismo modo esta solidaridad fuera de lo sagrado sólo adquiere vida al nivel de la rebelión. Para ser, el hombre debe sublevarse pero su rebelión debe respetar el límite que descubre ella misma, allí donde los hombres, al juntarse, comienzan a ser. El pensamiento rebelde no puede, por lo tanto, prescindir de la memoria: es una tensión perpetua. Al seguirlo en sus obras y sus actos tendremos que decir siempre si permanece fiel a su nobleza primera o si, por cansancio y locura, la olvida contrariamente, en una embriaguez de tiranía o de servidumbre.
Entre tanto, he aquí el primer progreso que el espíritu de rebelión hace realizar a una reflexión anteriormente imbuida de la absurdidad y de la aparente esterilidad del mundo. En la experiencia absurda el sufrimiento es individual. A partir del movimiento de rebelión, tiene conciencia de ser colectivo, es la aventura de todos. El primer progreso de un espíritu extrañado consiste, por lo tanto, en reconocer que comparte esa extrañeza con todos los hombres y que la realidad humana, en su totalidad, sufre a causa de esa distancia en relación con ella y con el mundo. El mal que experimentaba un solo hombre se convierte en una peste colectiva. En nuestra prueba cotidiana la rebelión desempeña el mismo papel que el "cogito" en el orden del pensamiento: es la primera evidencia. Pero esta evidencia saca al individuo de su soledad. Es un lazo común que funda en todos los hombres el primer valor. Yo me rebelo, luego nosotros somos.
A. CAMUS, El hombre rebelde
Aquí mismo, se puede leer más:
A. Camus, El hombre rebelde (selección)Pensar la vida
Las preguntas de la filosofía no son preguntas que tengan una respuesta instrumental. Lo que tienen son respuestas parciales que sirven para profundizar en las mismas preguntas. Cada vez que termino de leer un libro sobre la libertad, por ejemplo, no tengo resuelto ni cancelado ese problema. No es que el problema de la libertad deje ya de interesarme y abandone totalmente la cuestión. Al contrario, con las respuestas que pueda haber obtenido profundizaré en mi pregunta sobre la libertad.
Las respuestas de la filosofía son de tal clase que, en lugar de cancelar las preguntas, las ahondan. Yo muchas veces he dicho que la filosofía no es para salir de dudas sino para entrar en dudas. Precisamente, la filosofía es lo que nos permite entrar en dudas, profundizarlas, estilizarlas, enriquecerlas. Es decir, la filosofía quizás no sea propiamente una sabiduría, sino una ignorancia enriquecida, una ignorancia de alguna forma vitalizada, una ignorancia consciente de lo que no sabe. Porque hay dos puntos fundamentales a los que se atiene el filósofo.
Por un lado, admitir que es mejor saber que no saber. En este sentido, el filósofo se enfrenta al místico, se enfrenta al visionario, se enfrenta a toda forma de irracionalismo. La filosofía cree que es mejor saber, en el sentido humano, racional y experimental del término, que no saber.
Por otro lado, es mejor saber que no se sabe que creer que se sabe sin saber. Es decir, resulta mejor que conozcamos los límites de nuestro conocimiento. Es mejor que sepamos que ciertas cosas que damos por sabidas en realidad no las sabemos. Y esta es también la tarea de la filosofía. El método socrático no consistía en ir dando lecciones a los demás, sino en ir despertándoles al desconocimiento de cosas que creían saber.
La persona común cree que conoce por dónde se mueve y qué es el mundo en que se encuentra, pero en realidad no tiene las claves de ese mundo, quizás porque no las podamos tener o quizás porque el conocimiento de esas claves nos lleve toda la vida. Y tal vez porque saber qué es la libertad, el tiempo, la muerte, la belleza, y todo lo demás, sea, en el fondo, nuestra tarea, nuestra tarea de ir enriqueciendo nuestra experiencia, nuestra autopercepción como seres humanos.
Hegel llamó en una de sus obras a "pensar la vida". Esa es la tarea: pensar la vida, pensar qué significa estar con vida para un ser humano que se sabe mortal. Todos sabemos, más o menos, qué es la vida. A un cierto nivel, todos sabemos lo que es engendrar, lo que es enfermar, lo que es trabajar, lo que es ganar dinero o morir. Todos tenemos unas ciertas nociones suficientes, quizás, para un nivel empírico, sobre todas esas cosas. Pero lo que dice Hegel se refiere a qué podemos pensar de todo eso. Si yo sé que me pasan cosas como nacer, envejecer, enamorarme, desenamorarme, trabajar, quizás me pasará también morir, por improbable que parezca, pero ¿qué tengo yo que pensar de todas esas cosas?
Esa es la pregunta que hace la filosofía. Por ejemplo, sabemos lo que es vivir, porque de hecho estamos ya viviendo, pero ¿qué significa realmente vivir?
F. SAVATER, Necesidad de la filosofía en un mundo globalizado
De una conferencia del autor en Chile.
La conferencia completa:
Necesidad de La Filosofia en Un Mundo Globalizado
ATRÉVETE A SABER
La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. El mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración. La mayoría de los hombres, a pesar de que la naturaleza los ha librado desde tiempo atrás de conducción ajena, permanecen con gusto bajo ella a lo largo de la vida, debido a la pereza y la cobardía. Por eso les es muy fácil a los otros erigirse en tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza m
i conciencia moral, un médico que juzga acerca de mi dieta, y así sucesivamente, no necesitaré del propio esfuerzo. Con sólo poder pagar, no tengo necesidad de pensar: otro tomará mi puesto en tan fastidiosa tarea. Como la mayoría de los hombres (y entre ellos la totalidad del bello sexo) tienen por muy peligroso el paso a la mayoría de edad, fuera de ser penoso, aquellos tutores ya se han cuidado muy amablemente de tomar sobre sí semejante superintendencia. Después de haber atontado sus reses domesticadas, de modo que estas pacíficas criaturas no osan dar un solo paso fuera de las andaderas en que están metidas, les mostraron el riesgo que las amenaza si intentan marchar solas. Lo cierto es que ese riesgo no es tan grande, pues después de algunas caídas habrían aprendido a caminar; pero los ejemplos de esos accidentes por lo común producen timidez y espanto, y alejan todo ulterior intento de rehacer semejante experiencia. (...) Sin embargo, para esa ilustración sólo se exige libertad y, por cierto, la más inofensiva de todas las que llevan tal nombre, a saber, la libertad de hacer un uso público de la propia razón, en cualquier dominio. Pero oigo exclamar por doquier: ¡no razones! El oficial dice: ¡no razones, adiéstrate! El financista: ¡no razones y paga! El pastor: ¡no razones, ten fe! (Un único señor dice en el mundo: ¡razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced!) Por todos lados, pues, encontramos limitaciones de la libertad. Pero ¿cuál de ellas impide la ilustración y cuáles, por el contrario, la fomentan? He aquí mi respuesta: el uso público de la razón siempre debe ser libre, y es el único que puede producir la ilustración de los hombres. El uso privado, en cambio, ha de ser con frecuencia severamente limitado, sin que se obstaculice de un modo particular el progreso de la ilustración.
i conciencia moral, un médico que juzga acerca de mi dieta, y así sucesivamente, no necesitaré del propio esfuerzo. Con sólo poder pagar, no tengo necesidad de pensar: otro tomará mi puesto en tan fastidiosa tarea. Como la mayoría de los hombres (y entre ellos la totalidad del bello sexo) tienen por muy peligroso el paso a la mayoría de edad, fuera de ser penoso, aquellos tutores ya se han cuidado muy amablemente de tomar sobre sí semejante superintendencia. Después de haber atontado sus reses domesticadas, de modo que estas pacíficas criaturas no osan dar un solo paso fuera de las andaderas en que están metidas, les mostraron el riesgo que las amenaza si intentan marchar solas. Lo cierto es que ese riesgo no es tan grande, pues después de algunas caídas habrían aprendido a caminar; pero los ejemplos de esos accidentes por lo común producen timidez y espanto, y alejan todo ulterior intento de rehacer semejante experiencia. (...) Sin embargo, para esa ilustración sólo se exige libertad y, por cierto, la más inofensiva de todas las que llevan tal nombre, a saber, la libertad de hacer un uso público de la propia razón, en cualquier dominio. Pero oigo exclamar por doquier: ¡no razones! El oficial dice: ¡no razones, adiéstrate! El financista: ¡no razones y paga! El pastor: ¡no razones, ten fe! (Un único señor dice en el mundo: ¡razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced!) Por todos lados, pues, encontramos limitaciones de la libertad. Pero ¿cuál de ellas impide la ilustración y cuáles, por el contrario, la fomentan? He aquí mi respuesta: el uso público de la razón siempre debe ser libre, y es el único que puede producir la ilustración de los hombres. El uso privado, en cambio, ha de ser con frecuencia severamente limitado, sin que se obstaculice de un modo particular el progreso de la ilustración. I. KANT, ¿Que es la Ilustración? (1784)
El texto completo, aquí mismo, en PARA SABER aún MAS
La botella, la red, el LABERINTO
Wittgenstein ha escrito que la tarea de la filosofía es la de enseñar a la mosca a salir de la botella. Esta imagen elevada a representación global de la vida humana, refleja solo una de las posibles situaciones existenciales del hombre, y no la más desfavorable, es la situación en que existe una vía da salida; por otra parte, fuera de la botella hay alguien, un espectador, el filósofo, que ve claramente dónde está.
Pero ¿qué pasa si en lugar de la imagen de la mosca en la botella consideramos la del pez en la red? También el pez se debate en la red para salir de ella, con una diferencia: cree que hay un camino de salida, pero éste no existe. Cuando la red se abra (no por obra suya) la salida no será una liberación, es decir, un principio, sino la muerte, o sea el fin. En esta situación, la tarea del filósofo, del espectador externo que ve no solo el esfuerzo sino también la meta, no puede ser la ya descrita por Wittgenstein. Con toda probabilidad predicará la vanidad de la cura, de agitarse sin un objetivo, la renuncia a los bienes cuya posesión no es segura y en cualquier forma ya no depende de nosotros, la abstinencia, la resignación, la imperturbabilidad. Nos invitará a contentarnos con el breve tiempo de vida que aún no es dado vivir, a esperar la muerte con serenidad y tal vez a cultivar nuestro jardín.
(…) Pero nosotros, los hombres, ¿somos, moscas en la botella o peces en la red?
Tal vez ni una cosa ni otra. Tal vez la condición humana puede representarse globalmente de manera más apropiada con una tercera imagen: el camino de salida existe pero no hay afuera ningún espectador que conozca de antemano el recorrido. Estamos todos dentro de la botella. Sabemos que la vía de salida existe pero sin saber exactamente dónde se halla procedemos por tentativas, por aproximaciones sucesivas. En este caso, la tarea del filósofo es más modesta en relación con la primera situación y menos sublime en relación con la segunda: enseña a coordinar los esfuerzos, a no arrojarse de cabeza a la acción, y al mismo tiempo a no demorarse en la inacción, a hacer elecciones razonadas, a proponerse a título de hipótesis, metas intermedias, corrigiendo el itinerario durante el trayecto si es necesario, a adaptar los medios al fin, a reconocer los caminos equivocados y abandonarlos una vez reconocidos como tales. Para esta situación nos puede ser útil otra imagen, la del laberinto: quien entra en un laberinto sabe que existe una vía de salida, pero no sabe cuál de los muchos caminos que se abren ante él a medida que marcha conduce a ella. Avanza a tientas. Cuando se encuentra bloqueado un camino vuelve atrás y sigue otro. A veces el que parece más fácil no es el más acertado; otras veces, cuando cree estar más próximo a su meta, se halla en realidad más alejado, y basta un paso en falso para volver al punto de partida. Se requiere mucha paciencia, no dejarse confundir nunca por las apariencias, dar (como suele decirse) un paso cada vez, y en las encrucijadas, cuando no nos es posible calcular la razón de la elección y nos vemos obligados a correr el riesgo, estar siempre listos para retroceder. La característica de la situación del laberinto es que ninguna boca de salida está asegurada del todo, y cuando el recorrido es justo, es decir, conduce a una salida, no se trata nunca de la salida final. La única cosa que el hombre del laberinto ha aprendido de la experiencia (supuesto que haya llegado a la madurez mental de aprender la lección de la experiencia) es que hay calles sin salida: la única lección de laberinto es la de la calle bloqueada.
Pero ¿qué pasa si en lugar de la imagen de la mosca en la botella consideramos la del pez en la red? También el pez se debate en la red para salir de ella, con una diferencia: cree que hay un camino de salida, pero éste no existe. Cuando la red se abra (no por obra suya) la salida no será una liberación, es decir, un principio, sino la muerte, o sea el fin. En esta situación, la tarea del filósofo, del espectador externo que ve no solo el esfuerzo sino también la meta, no puede ser la ya descrita por Wittgenstein. Con toda probabilidad predicará la vanidad de la cura, de agitarse sin un objetivo, la renuncia a los bienes cuya posesión no es segura y en cualquier forma ya no depende de nosotros, la abstinencia, la resignación, la imperturbabilidad. Nos invitará a contentarnos con el breve tiempo de vida que aún no es dado vivir, a esperar la muerte con serenidad y tal vez a cultivar nuestro jardín.
(…) Pero nosotros, los hombres, ¿somos, moscas en la botella o peces en la red?
Tal vez ni una cosa ni otra. Tal vez la condición humana puede representarse globalmente de manera más apropiada con una tercera imagen: el camino de salida existe pero no hay afuera ningún espectador que conozca de antemano el recorrido. Estamos todos dentro de la botella. Sabemos que la vía de salida existe pero sin saber exactamente dónde se halla procedemos por tentativas, por aproximaciones sucesivas. En este caso, la tarea del filósofo es más modesta en relación con la primera situación y menos sublime en relación con la segunda: enseña a coordinar los esfuerzos, a no arrojarse de cabeza a la acción, y al mismo tiempo a no demorarse en la inacción, a hacer elecciones razonadas, a proponerse a título de hipótesis, metas intermedias, corrigiendo el itinerario durante el trayecto si es necesario, a adaptar los medios al fin, a reconocer los caminos equivocados y abandonarlos una vez reconocidos como tales. Para esta situación nos puede ser útil otra imagen, la del laberinto: quien entra en un laberinto sabe que existe una vía de salida, pero no sabe cuál de los muchos caminos que se abren ante él a medida que marcha conduce a ella. Avanza a tientas. Cuando se encuentra bloqueado un camino vuelve atrás y sigue otro. A veces el que parece más fácil no es el más acertado; otras veces, cuando cree estar más próximo a su meta, se halla en realidad más alejado, y basta un paso en falso para volver al punto de partida. Se requiere mucha paciencia, no dejarse confundir nunca por las apariencias, dar (como suele decirse) un paso cada vez, y en las encrucijadas, cuando no nos es posible calcular la razón de la elección y nos vemos obligados a correr el riesgo, estar siempre listos para retroceder. La característica de la situación del laberinto es que ninguna boca de salida está asegurada del todo, y cuando el recorrido es justo, es decir, conduce a una salida, no se trata nunca de la salida final. La única cosa que el hombre del laberinto ha aprendido de la experiencia (supuesto que haya llegado a la madurez mental de aprender la lección de la experiencia) es que hay calles sin salida: la única lección de laberinto es la de la calle bloqueada.
N. BOBBIO, El problema de la guerra y las vías de la paz.

EN EL LABERINTO, entonces.
ELOGIO DEL FILÓSOFO
Cuando la vida humana yacía a la vista de todos torpemente postrada en tierra, abrumada por el peso de una religión, cuya cabeza asomaba en las regiones celestes amenazando con una horrible mueca caer sobre los mortales, un griego osó el primero elevar hacia ella sus perecederos ojos y rebelarse contra ella. No le detuvieron ni las fábulas de los dioses, ni los rayos, ni el cielo con un amenazante bramido, sino que aún más excitaron el ardor de su ánimo y su deseo de ser el primero en forzar los apretados cerrojos que guarnecen las puertas de la Naturaleza. Su vigoroso espíritu triunfó y avanzó lejos, más allá del llameante recinto del mundo, y recorrió el todo infinito con su mente y ánimo. De allí nos trae, botín de su victoria, el conocimiento de lo que puede nacer y de lo que no puede, las leyes, en fin, que a cada cosa delimitan su poder y sus mojones hincados hondamente. Con lo que la religión, a su vez sometida, yace a nuestros pies; a nosotros la victoria nos exalta hasta el cielo.
(…)
Atenas, de nombre glorioso, fue la primera que un día repartió la semilla productora de trigo a los míseros mortales, dio una nueva forma de vida y estableció leyes; fue también la primera en procurarles los dulces consuelos de la vida cuando dio a luz a este hombre de genio tan grande, de cuyos labios verídicos fluyó toda la sabiduría; aún después de extinto, sus divinos hallazgos han exaltado hasta el suelo su gloria, ya difundida de antiguo.
Pues cuando vio que casi todo lo necesario al sustento está ya aquí al alcance de los mortales, y que su existencia está, en lo posible, a resguardo de peligro; que los hombres, poderosos en gloria y honores, nadaban en riquezas y eran exaltados por la fama de sus hijos, y que, sin embargo, en su intimidad, cada uno sentía su corazón presa de una angustia que, a despecho del ánimo, atormentaba su vida sin pausa ninguna y les forzaba a alterarse en quejas amargas, comprendió entonces que todo el mal venía del vaso mismo, y por culpa de éste se corrompía en su interior todo lo que desde fuera se aportaba, incluso los bienes; en parte, porque lo veía roto y agrietado y no podía colmarse jamás por ningún medio; en parte porque infectaba con su repugnante sabor todo lo que en su interior recibía.
Así pues con sus palabras de verdad limpió los corazones, fijó un término a la ambición y al temor, expuso en qué consiste el sumo bien al que todos tendemos y nos mostró el camino, el atajo más breve y directo que nos puede conducir a él; y expuso los males que infestan las cosas mortales y se ciernen sobre ellas por causas naturales, o por azar o por fuerza, pues así lo ha dispuesto la Naturaleza; enseñó por qué puertas hay que salir al encuentro de cada uno; demostró que las más veces son vanas las olas de angustia que en sus pechos revuelven los hombres. Pues tal como los niños tiemblan y de todo se espantan en las ciegas tinieblas, así muchas veces nosotros en la luz tememos cosas que en nada son más espantables que las que en lo oscuro temen los niños. Preciso es, pues, este temor y tinieblas del ánimo disiparlos no con los rayos del sol y los lúcidos dardos del día, sino con la contemplación de la Naturaleza y la ciencia.
(…)
Atenas, de nombre glorioso, fue la primera que un día repartió la semilla productora de trigo a los míseros mortales, dio una nueva forma de vida y estableció leyes; fue también la primera en procurarles los dulces consuelos de la vida cuando dio a luz a este hombre de genio tan grande, de cuyos labios verídicos fluyó toda la sabiduría; aún después de extinto, sus divinos hallazgos han exaltado hasta el suelo su gloria, ya difundida de antiguo.
Pues cuando vio que casi todo lo necesario al sustento está ya aquí al alcance de los mortales, y que su existencia está, en lo posible, a resguardo de peligro; que los hombres, poderosos en gloria y honores, nadaban en riquezas y eran exaltados por la fama de sus hijos, y que, sin embargo, en su intimidad, cada uno sentía su corazón presa de una angustia que, a despecho del ánimo, atormentaba su vida sin pausa ninguna y les forzaba a alterarse en quejas amargas, comprendió entonces que todo el mal venía del vaso mismo, y por culpa de éste se corrompía en su interior todo lo que desde fuera se aportaba, incluso los bienes; en parte, porque lo veía roto y agrietado y no podía colmarse jamás por ningún medio; en parte porque infectaba con su repugnante sabor todo lo que en su interior recibía.
Así pues con sus palabras de verdad limpió los corazones, fijó un término a la ambición y al temor, expuso en qué consiste el sumo bien al que todos tendemos y nos mostró el camino, el atajo más breve y directo que nos puede conducir a él; y expuso los males que infestan las cosas mortales y se ciernen sobre ellas por causas naturales, o por azar o por fuerza, pues así lo ha dispuesto la Naturaleza; enseñó por qué puertas hay que salir al encuentro de cada uno; demostró que las más veces son vanas las olas de angustia que en sus pechos revuelven los hombres. Pues tal como los niños tiemblan y de todo se espantan en las ciegas tinieblas, así muchas veces nosotros en la luz tememos cosas que en nada son más espantables que las que en lo oscuro temen los niños. Preciso es, pues, este temor y tinieblas del ánimo disiparlos no con los rayos del sol y los lúcidos dardos del día, sino con la contemplación de la Naturaleza y la ciencia.
Tito LUCRECIO Caro, De la naturaleza de las cosas
Pocas veces palabras tan elogiosas se han pronunciado sobre filósofo alguno.
¿A quién van dirigidas? Al autor de la siguiente exigencia planteada a la filosofía:
Vana es la palabra del filósofo que no cura los sufrimientos del hombre. Pues de la misma manera que no es útil la medicina si no cura las enfermedades del cuerpo, tampoco lo es la filosofía si no sirve para suprimir las enfermedades del alma.
Naturalmente que merece la pena saber quién es, y más aún, conocerlo. Y por ello tiene en el LIBRO DE VISITAS un lugar destacado, especial, como corresponde a uno de nuestros más ilustres visitantes.
LOS ÍDOLOS
Cuatro son las clases de ídolos que tienen posesión del entendimiento humano. Para mejor distinguirlas les he puesto nombre:
Los ídolos de la tribu tienen su fundamento en la misma naturaleza del hombre, y en la tribu o el género humano.[...] El entendimiento humano es como un espejo infiel, que, recibiendo sus rayos, mezcla su propia naturaleza a la de ellos, y de esta suerte los desvía y corrompe.
Los ídolos de la caverna tienen su fundamento en la naturaleza individual de cada uno; pues todo hombre independientemente de los errores comunes a todo el género humano, lleva en sí cierta caverna en que la luz de la naturaleza se quiebra y es corrompida, sea a causa de disposiciones naturales particulares de cada uno, sea en virtud de la educación y del comercio con los otros hombres, sea a consecuencia de las lecturas y de la autoridad de aquellos a quienes cada uno reverencia y admira [...]
Existen también ídolos que provienen de la reunión y de la sociedad de los hombres, a los que designamos con el nombre de ídolos del foro, [...] Los hombres se comunican entre sí por el lenguaje; pero el sentido de las palabras se regula por el concepto del vulgo.[...] ....las palabras hacen violencia al espíritu y lo turban todo, y los hombres se ven lanzados por las palabras a controversias e imaginaciones innumerables y vanas.
Hay, finalmente, ídolos introducidos en el espíritu por los diversos sistemas de los filósofos y los malos métodos de demostración; les llamamos ídolos del teatro...[...]... no sólo queremos hablar aquí de los sistemas de filosofía universal, sino también de los principios y de los axiomas de las diversas ciencias, a los que la tradición, una fe ciega y la irreflexión, han dado toda la autoridad.
Los ídolos de la caverna tienen su fundamento en la naturaleza individual de cada uno; pues todo hombre independientemente de los errores comunes a todo el género humano, lleva en sí cierta caverna en que la luz de la naturaleza se quiebra y es corrompida, sea a causa de disposiciones naturales particulares de cada uno, sea en virtud de la educación y del comercio con los otros hombres, sea a consecuencia de las lecturas y de la autoridad de aquellos a quienes cada uno reverencia y admira [...]
Existen también ídolos que provienen de la reunión y de la sociedad de los hombres, a los que designamos con el nombre de ídolos del foro, [...] Los hombres se comunican entre sí por el lenguaje; pero el sentido de las palabras se regula por el concepto del vulgo.[...] ....las palabras hacen violencia al espíritu y lo turban todo, y los hombres se ven lanzados por las palabras a controversias e imaginaciones innumerables y vanas.
Hay, finalmente, ídolos introducidos en el espíritu por los diversos sistemas de los filósofos y los malos métodos de demostración; les llamamos ídolos del teatro...[...]... no sólo queremos hablar aquí de los sistemas de filosofía universal, sino también de los principios y de los axiomas de las diversas ciencias, a los que la tradición, una fe ciega y la irreflexión, han dado toda la autoridad.
F. BACON, Novum Organum
LA MEDICINA DEL ALMA
Pero es hora de la medicina –dijo la mujer aparecida- más que de lamentos. Y fijando en mí sus fúlgidos ojos:, añadió: “¿No eres tú acaso el que en otro tiempo te alimentaste con mi propia leche y educado bajo mis solícitos cuidados, te habías desarrollado hasta adquirir la energía de un hombre? Yo te proporcioné armas que, de haberlas conservado, te hubieran permitido defenderte con invicta firmeza. ¿No me conoces? ¿Por qué callas? ¿Es la vergüenza o es el estupor lo que te hace callar? ¡Ojalá fuese la vergüenza! Pero no, te veo preso del estupor. Y viéndome no sólo callado, sino en verdad mudo y aturdido, acercó dulcemente su mano a mi pecho y dijo: No hay peligro; es sólo un letargo lo que sufre, la enfermedad de todos los desengañados. Te has olvidado por un momento de ti mismo. Pero te acordarás fácilmente si antes puedes reconocerme. Para que te sea más fácil, correré un poco de tus ojos la nube cegadora de las cosas mundanas que los empañan.
(…)
De la misma manera, ahuyentadas las nubes que me ensombrecían de tristeza, miré con avidez la luz del cielo; y recobrados mis sentidos, pude reconocer el rostro de aquella que me curaba. Así, pues, volví mis ojos para fijarme en ella, y vi que no era otra sino mi antigua nodriza, la que desde mi juventud me había recibido en su casa, la misma Filosofía.
(…)
De la misma manera, ahuyentadas las nubes que me ensombrecían de tristeza, miré con avidez la luz del cielo; y recobrados mis sentidos, pude reconocer el rostro de aquella que me curaba. Así, pues, volví mis ojos para fijarme en ella, y vi que no era otra sino mi antigua nodriza, la que desde mi juventud me había recibido en su casa, la misma Filosofía.
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¿Podría yo —me respondió— dejarte solo a ti que eres mi hijo, sin participar en tus dolores, sin ayudarte a llevar la carga que la envidia por odio de mi nombre ha acumulado sobre tus débiles hombros? No, la Filosofía no podía consentir que quedara solo en su camino el inocente; ¿iba yo a temer ser acusada?; ¿iba yo a temblar de espanto, como si hubiera de suceder lo nunca visto? ¿Crees que sea ésta la primera vez que una sociedad depravada pone a prueba la sabiduría?
BOECIO, La consolación de la filosofía
¿Y si un día recibiéramos una visita como ésta?
Mientras en silencio daba vueltas en mi interior a estos pensamientos y lanzaba al viento mi llanto con la ayuda de mi pluma, pude advertir que sobre mi cabeza se erguía la figura de una mujer de sereno y majestuoso rostro, de ojos de fuego, penetrantes como jamás los viera en ser humano, de color sonrosado, llena de vida, de inagotadas energías, a pesar de que sus muchos años podían hacer creer que no pertenecía a nuestra generación. Su porte, impreciso, nada más me dio a entender, pues ya se reducía y abatiéndose se asemejaba a uno de tantos mortales, ya por el contrario se encumbraba hasta tocar el cielo con su frente, y en él penetraba su cabeza, quedando inaccesible a las miradas humanas.
Su vestido lo formaban finísimos hilos de materia inalterable, con exquisito primor entretejidos; ella misma lo había hecho con sus manos, según más adelante me hizo saber. Y, a semejanza de un cuadro difuminado, ofrecía, envuelto como en tenue sombra, el aspecto desaliñado de cosa antigua. En su parte inferior veíase bordada la letra griega pi y en lo más alto, la letra thau y enlazando las dos letras había unas franjas que, a modo de peldaños de una escalera, permitían subir desde aquel símbolo de lo inferior al emblema de lo superior.
Sin embargo, iba maltrecho aquel vestido: manos violentas lo habían destrozado, arrancando de él cuantos pedazos les fuera posible llevarse entre los dedos. La mayestática figura traía en su diestra mano unos libros; su mano izquierda empuñaba un cetro.
Cuando la dama vio a mi cabecera a las Musas de la poesía, dictando las palabras propias de mi llanto, se irritó un tanto e indignada, exclamó con fulminante mirada:
-¿Quién ha dejado acercarse hasta mi enfermo a estas despreciables cortesanas de teatro, que no solamente no pueden traerle el más ligero alivio para sus males, sino que antes bien le propinarán endulzado veneno? Sí; con las estériles espinas de las pasiones, ellas ahogan la cosecha fecunda de la razón; son ellas las que adormecen a la humana inteligencia en el mal, en vez de libertarla. ¡Ah! Si vuestras caricias me arrebataran a un profano, como sucede con frecuencia, el mal seria menos grave, porque en él mi labor no se vería frustrada; pero ¿es que ahora queréis quitarme a este hombre alimentado con las filosofías eleática y académica? Marchad, alejaos más bien de este lugar, Sirenas que fingís dulzura para acarrear la muerte; dejadme a este enfermo, al cual yo cuidaré con mis musas, hasta devolverle la salud y el bienestar
Ante tales increpaciones, las musas que me asistían bajaron los ojos; y, cubiertos los rostros con el rubor de la vergüenza, transpusieron el umbral de mi casa.
Yo, que con la vista turbada por las lágrimas no podía distinguir quién fuese aquella mujer de tan soberana autoridad, sobrecogido de estupor, fijos los ojos en tierra, aguardé en silencio lo que ella hiciera.
Entonces ella, acercándose más, se sentó al borde de mi lecho; y clavó sus ojos en mi rostro, atravesado por el dolor y sumido en la tristeza. ..
Su vestido lo formaban finísimos hilos de materia inalterable, con exquisito primor entretejidos; ella misma lo había hecho con sus manos, según más adelante me hizo saber. Y, a semejanza de un cuadro difuminado, ofrecía, envuelto como en tenue sombra, el aspecto desaliñado de cosa antigua. En su parte inferior veíase bordada la letra griega pi y en lo más alto, la letra thau y enlazando las dos letras había unas franjas que, a modo de peldaños de una escalera, permitían subir desde aquel símbolo de lo inferior al emblema de lo superior.
Sin embargo, iba maltrecho aquel vestido: manos violentas lo habían destrozado, arrancando de él cuantos pedazos les fuera posible llevarse entre los dedos. La mayestática figura traía en su diestra mano unos libros; su mano izquierda empuñaba un cetro.
Cuando la dama vio a mi cabecera a las Musas de la poesía, dictando las palabras propias de mi llanto, se irritó un tanto e indignada, exclamó con fulminante mirada:
-¿Quién ha dejado acercarse hasta mi enfermo a estas despreciables cortesanas de teatro, que no solamente no pueden traerle el más ligero alivio para sus males, sino que antes bien le propinarán endulzado veneno? Sí; con las estériles espinas de las pasiones, ellas ahogan la cosecha fecunda de la razón; son ellas las que adormecen a la humana inteligencia en el mal, en vez de libertarla. ¡Ah! Si vuestras caricias me arrebataran a un profano, como sucede con frecuencia, el mal seria menos grave, porque en él mi labor no se vería frustrada; pero ¿es que ahora queréis quitarme a este hombre alimentado con las filosofías eleática y académica? Marchad, alejaos más bien de este lugar, Sirenas que fingís dulzura para acarrear la muerte; dejadme a este enfermo, al cual yo cuidaré con mis musas, hasta devolverle la salud y el bienestar
Ante tales increpaciones, las musas que me asistían bajaron los ojos; y, cubiertos los rostros con el rubor de la vergüenza, transpusieron el umbral de mi casa.
Yo, que con la vista turbada por las lágrimas no podía distinguir quién fuese aquella mujer de tan soberana autoridad, sobrecogido de estupor, fijos los ojos en tierra, aguardé en silencio lo que ella hiciera.
Entonces ella, acercándose más, se sentó al borde de mi lecho; y clavó sus ojos en mi rostro, atravesado por el dolor y sumido en la tristeza. ..
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